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– Por supuesto. Pero ¡venir a este pueblo!

– Tú empuja el cochecito y calla.

– Un momento… -Vikki siguió cepillándose el pelo. Tatiana la miró enfadada-. De acuerdo, ya paro.

– Vamos a preguntar dónde está la calle Maple.

En el quiosco les dijeron que estaba a unas pocas manzanas, y las dos echaron a andar bajo la lluvia.

– Acabo de darme cuenta de que este pueblo tiene tu mismo nombre: Barrington -observó Vikki-. ¿Es casualidad?

– ¿No te habías dado cuenta hasta ahora? Para, es aquí.

Se detuvieron frente a una mansión de estilo colonial rodeada de un jardín en el que crecían vetustos arces. Recorrieron la vereda que llevaba a la casa, subieron los tres escalones de la entrada y se pararon frente a la campanilla de la puerta.

– ¿Qué hacemos?

Tatiana no se atrevía a llamar.

– Quizá deberíamos irnos -dijo.

– ¿Estás de broma? ¿Hacer todo este viaje para marcharnos ahora?

Vikki tiró de la campanilla. Tatiana había dejado el cochecito al pie de los escalones y llevaba al niño en brazos.

Les abrió la puerta una mujer mayor de expresión adusta, elegantemente vestida e impecablemente peinada.

– ¿Sí? -preguntó en tono brusco-. ¿Vienen a pedir? Esperen, voy a buscar el monedero.

– No venimos a pedir -respondió de inmediato Tatiana-. Venimos… Quiero hablar con Esther Barrington.

– Soy yo-dijo Esther-. ¿Quiénes son ustedes?

– Pues… -Tatiana vaciló un momento y señaló al niño-. Éste es Anthony Alexander Barrington, el hijo de Alexander.

A Esther se le cayó al suelo el manojo de llaves.

– Pero ¿usted quién es?

– La mujer de Alexander -explicó Tatiana.

– Y él dónde está?

– No lo sé.

– Caramba, no me sorprende -dijo Esther, sonrojada-. ¡Y ha tenido el descaro de venir hasta mi casa! ¿Quién se cree que es?

– Soy la mujer de Alexander…

– ¡Me da igual! No me refriegue al niño por la cara como si de repente tuviera que ocuparme de él. Lo siento por usted… -Su voz era tan severa como su mirada-. Lo siento mucho, pero su vida no es asunto mío.

– Tiene razón, disculpe -dijo Tatiana, apartándose un paso-. Sólo quería que…

– ¡Está claro lo que quería! ¡Enseñarme a su hijo ilegítimo! ¿Y qué? ¿Acaso eso va a mejorar las cosas?

– ¿Qué tiene que mejorar? -dijo Vikki.

Sin hacerle caso, Esther continuó gritando:

– ¿Sabe qué me dijo el padre de Alexander cuando salió de mi casa por última vez hace catorce años? «No me des más el coñazo: mi hijo no es asunto tuyo.» ¡Eso fue lo que me dijo! Mi sobrino carnal, mi querido Alexander, no era asunto mío. Yo sólo quería ayudarlos, me ofrecí a cuidar al niño mientras mi hermano y su mujer se iban a arruinar su vida en la Unión Soviética, y él se burló de mi ofrecimiento y me dijo que no quería saber nada de mí ni de nuestra familia. Nunca ha escrito, nunca ha enviado un telegrama… No he vuelto a saber nada de él. -Esther se interrumpió, respiró entrecortadamente y al cabo de un momento añadió-: Por cierto, ¿cómo le va a ese cabrón?

– Falleció -dijo Tatiana con una voz muy débil.

Esther ni siquiera pudo emitir un «¡ah!». Dio un paso tambaleante hacia el interior de la casa, aferrada al pomo de la puerta.

– Mire, me da igual quién sea usted, no la conozco de nada y no tiene derecho a presentarse aquí con un bebé al que tampoco había visto nunca para pedirme que me ocupe de él.

Esther empujó la puerta con un gesto tembloroso y dio un gran portazo, dejando a Vikki y a Tatiana en el porche.

– Vaya… -dijo Vikki-. ¿Cómo te habías imaginado que iría?

Tatiana, luchando por contener las lágrimas, dio media vuelta y bajó los escalones de la entrada.

– Mejor, supongo.

¿Qué se había imaginado? Ignoraba que la tía y el padre de Alexander se llevaran tan mal antes de que el matrimonio Barrington se fuera de Estados Unidos, pero por la reacción de Esther le había quedado clara una cosa: la mujer no había tenido ninguna noticia de la familia después de su traslado a la Unión Soviética. Y el único motivo del viaje de Tatiana era averiguar cualquier dato que pudiera proporcionarle Esther. Se sintió exhausta. La esperanza de un remoto vínculo familiar había quedado reducida a una entelequia intangible justo cuando su única obsesión era averiguar qué le había sucedido a Alexander

Colocó a Anthony en el cochecito y atravesó el jardín con Vikki

– ¡Catorce años! -exclamó Vikki-. Debería haberlo superado. Hay gente que tiene mucha memoria.

– Sí, para el rencor -dijo Tatiana.

Una vez en la calle, tomaron lentamente el camino de vuelta.

– Oye, ¿qué palabra dice que usó el padre de Alexander antes de marcharse? -preguntó Tatiana.

– Olvídalo, las señoras no usan ese vocabulario. Esa tal Esther es un poco malhablada. Un día de éstos te enseñaré palabrotas en inglés…

– Ya sé palabrotas en inglés -explicó Tatiana. Y en voz baja, añadió-: Pero ésta no la conocía.

– Ah, ¿y cómo es que sabes palabrotas? -le preguntó Vikki-. No salen en las guías de conversación ni en los diccionarios. Al menos, no en los que yo he visto.

– En otro tiempo tuve buen maestro -explicó Tatiana.

Cuando ya estaban en la calle principal, se les acercó un coche y se detuvo junto a la acera. Esther, con los ojos enrojecidos, los parpados manchados de rímel y la melena despeinada, bajó y se planto frente a Tatiana.

– Lo siento, me ha desconcertado mucho su visita -se disculpó-. Mi hermano no ha vuelto a ponerse en contacto conmigo desde que se marcharon y yo no tenía ni idea de qué había sido de ellos. En el Departamento de Estado no nos informan de nada.

De nuevo en la casa, Esther les preparó bocadillos de jamón y consomé, les sirvió café y dejó que Anthony durmiera un rato en una cama del piso superior, parapetado entre dos almohadas.

Para ser una mujer que había albergado rencor a Harold desde hacía más de una década, Esther lloró como la viuda de un ahorcado cuando Tatiana le contó qué había sido de su hermano y de su familia.

Esther insistió en que se quedaran en Barrington hasta el domingo, y Tatiana y Vikki aceptaron. Tatiana pensó que la tía de Alexander era una buena mujer. No tenía hijos, y a sus sesenta y un años era la única superviviente de los Barrington. Su marido había fallecido cinco años atrás y ahora Esther vivía con Rosa, su ama de llaves desde hacía cuarenta años.

– ¿Alexander vivía en esta casa?

Tatiana clavó los ojos en Esther. No se atrevía a mirar en derredor por si encontraba algún vestigio de la infancia de su marido.

Esther meneó la cabeza.

– Su casa está a un kilómetro del pueblo -le explicó-. No tengo relación con los actuales inquilinos porque son unos estirados, pero si quieren puedo acercarlas con el coche.

– ¿Había un bosque detrás de la casa?

– Ya no existe -explicó Esther-. Ahora han construido más viviendas. Era un bosque muy bonito. Los amigos de Alexander…

– ¿Teddy, Belinda…?

– ¿Hay algo de su vida que desconozca?

– Sí -dijo Tatiana-. Su presente.

– Teddy murió en el 42, en la batalla de Midway, y Belinda es enfermera y ahora mismo está destacada en el norte de África. O en Italia, o donde sea que estén ahora nuestras tropas. ¡Pobre Alexander, pobre Teddy, pobre Harold…! -se lamentó Esther, meneando la cabeza-. Ese estúpido de Harold, echar a perder así la vida de su familia, la vida de ese muchacho increíble y espléndido… ¿Tiene alguna foto?

Tatiana negó con la cabeza.

– Seguía siendo como usted lo conoció, Esther. ¿Ha dado él alguna vez señales de vida?

– No, qué va.

– ¿Se ha puesto en contacto con usted alguien que supiera de él?