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Cerró la puerta.

—¿Qué pasa? —dijo en voz baja.

—¿No dejaste que se te escapara?

—No, por supuesto que no, cuando la situación es tan difícil.

Ella intentó hablar pero no pudo.

—¿Tienen que venir más personas a esta reunión? —preguntó Reymont.

Ella negó con la cabeza. Él se acercó a ella, se sujetó con una pierna a una barra y con el otro pie se apuntaló en el suelo, y la recibió en los brazos. Ella lo agarró tan fuerte como lo había hecho en su única noche robada.

—No —dijo contra su pecho—. Elof y… Auguste Boudreau… me lo dijeron. Además de ellos, sólo lo saben Malcolm y Mohandas. Me pidieron que se lo dijese… al jefe. Ellos no se atreven. No saben cómo. Yo tampoco. Cómo decírselo a nadie. —Sus uñas atravesaron la túnica—. Carl, ¿qué podemos hacer?

Él acarició su pelo, mirando más allá de su cabeza y sintió los latidos rápidos e irregulares de su corazón. Una vez más la nave resonó y saltó; y de nuevo otra vez. Las notas que la recorrían tenían un tono más alto que antes.

El aire de la ventilación estaba frío. El metal que le rodeaba parecía hundirse.

—Sigue —dijo finalmente—. Cuéntamelo, ülskling.

—El universo, todo el universo, se muere.

Reymont no pudo contener un ruido en la garganta.

Por lo demás, esperó.

Al final ella pudo echarse atrás lo suficiente para mirarle a los ojos. Se lo contó todo con voz torpe y apresurada:

—Hemos avanzado más de lo que suponíamos. En el espacio y el tiempo. Más de cien mil millones de años. Los astrónomos empezaron a sospecharlo… no sé. Sólo sé lo que me han contado. Todos han oído que las galaxias que vemos se hacen más oscuras. Las viejas estrellas se marchitan y no nacen otras nuevas. No pensábamos que nos afectase. Todo lo que buscábamos era un pequeño sol no demasiado diferente de nuestro Sol. Debería haber muchos. Las galaxias tienen vidas largas. Pero ahora…

»Los hombres no estaban seguros. Las observaciones son difíciles de hacer. Pero empezaron a preguntarse… si no habíamos infravalorado la distancia recorrida. Comprobaron el corrimiento Doppler con mayor cuidado. Especialmente ahora, cuando parece que atravesamos más y más galaxias y el gas entre ellas parece que se hace más denso.

—Descubrieron que lo que observamos no puede explicarse por completo por ninguna tau que podamos tener. Debía haber otros factores. Las galaxias se están aproximando. El gas está siendo comprimido. El espacio ha dejado de expandirse. Alcanzó el límite y vuelve a contraerse. Elof dice que el colapso continuará. Y continuará. Hasta el final.

—¿Y nosotros? —preguntó Reymont.

—¿Quién sabe? Excepto que los cálculos indican que no podemos detenernos. Es decir, podríamos, pero para cuando lo hiciésemos no quedaría nada… excepto la oscuridad, soles quemados, cero absoluto, muerte y muerte. Nada.

—No es eso lo que queremos —dijo él estúpidamente.

—No. ¿Qué queremos? —Curiosamente no lloraba—. Creo… Carl, ¿no deberíamos decir buenas noches? ¿Todos nosotros a todos los demás? Una última fiesta, con vino y velas. Y después ir a los camarotes. Tú y yo en el nuestro. Y amarnos, si podemos, y decirnos buenas noches. Tenemos morfina para todos. Y oh, Carl, estamos tan cansados. Será agradable dormir.

Reymont volvió a acercarla hacia él.

—¿Leíste alguna vez Moby Dick? —murmuró ella—. Así somos nosotros. Hemos perseguido a la Ballena Blanca. Hasta el final del tiempo. Y ahora… la pregunta. ¿Qué es el hombre, que debería sobrevivir a su Dios?

Reymont la apartó cuidadosamente de él, y buscó el visor. Mirando al frente vio, por un momento, pasar una galaxia. Debía estar sólo a unos diez mil parsecs de distancia, porque la vio grande y clara sobre la oscuridad. La forma era caótica. Cualquier estructura que una vez tuviera se había desintegrado. Era de un rojo vago y apagado, haciéndose hacia los bordes del tono de la sangre coagulada.

Salió del campo visual. La nave atravesó otra, fue agitada por ella, pero de ésa nada fue visible.

Reymont se arrastró de nuevo a la cubierta de mando. Los dientes le brillaban en el rostro.

—¡No! —dijo.

20

Desde la tarima, él y ella miraron a los pasajeros reunidos.

El grupo estaba sentado, sujeto con arneses a sillas cuyas patas habían sido pegadas con uniones de seguridad al suelo del gimnasio. Otra cosa hubiese sido peligrosa. No es que hubiese ingravidez continuamente. Las últimas semanas habían sido de condiciones que cambiaban con tal rapidez que aquellos que sabían no podían retrasar las explicaciones aunque lo hubieran deseado.

Entre el valor de tau que tenían ahora los átomos interestelares con respecto a la Leonora Christine; y la compresión de las longitudes en las medidas debido a esa misma tau; y el radio decreciente del cosmos: los ramjets de la nave la llevaban a sólo una buena fracción de un g por los abismos más exteriores del espacio interclan. Más y más a menudo llegaban momentos de mayor aceleración al pasar a través de galaxias. Eran demasiado rápidos para ser compensados por los campos interiores. Parecían olas; y en cada ocasión el ruido en el casco de la nave era más agónico y tormentoso.

Cuatro docenas de cuerpos reunidos podían haber significado huesos rotos o algo peor. Sin embargo dos personas, entrenadas y en alerta, podían mantenerse de pie con la ayuda de una barra para sostenerse. Y era necesario que lo hiciesen. En aquellas horas, la gente debía tener frente a sus ojos a un hombre y una mujer que se mantuviesen firmes.

Ingrid Lindgren completó su informe.

—…eso es lo que sucede. No podremos detenernos antes de la muerte del universo.

El silencio al que le había hablado pareció hacerse más profundo. Algunas mujeres gimieron, algunos hombres articularon juramentos o plegarias, pero en ningún caso hubo gritos. En la primera fila, el capitán Telander inclinó la cabeza y se cubrió la cara. La nave dio un bandazo por otra ráfaga. El ruido la recorrió, zumbando, gimiendo, silbando.

Los dedos de Lindgren agarraron momentáneamente los de Reymont.

—El condestable tiene algo que decirles —dijo.

Se adelantó. Hundidos y rojos, sus ojos parecían mirarles con tal salvajismo que ni la misma Chi-Yuen se atrevió a hacer un gesto. Llevaba una túnica de color gris lobo, y al lado de su insignia llevaba la pistola automática, el emblema definitivo. Habló, con calma pero sin la compasión de la primer oficiaclass="underline"

—Sé que piensan que éste es el final. Lo hemos intentado y hemos fracasado, y debería dejarles para que buscasen la paz consigo mismos o con Dios. Bien, no digo que no debiéramos hacerlo. No tengo ni idea de lo que va a pasar con nosotros. No creo que nadie pueda predecirlo ya. La naturaleza se vuelve demasiado extraña para eso. Honestamente, admito que nuestras posibilidades parecen muy reducidas.

»Pero tampoco creo que sean nulas. Y con eso no quiero decir que podamos sobrevivir en un universo muerto. Ésa es la meta obvia. Reducir nuestro tiempo hasta que no sea muy diferente al de fuera, mientras continuamente nos movemos lo bastante rápido para recoger hidrógeno como combustible. Pasar entonces los años que nos queden a bordo de esta nave, sin mirar nunca la oscuridad que nos rodea, sin pensar nunca en el destino de la niña que pronto va a nacer.

»Quizá sea físicamente posible, si la termodinámica del espacio en contracción no nos juega ninguna mala pasada. Sin embargo, no creo que sea psicológicamente posible. Sus rostros me indican que están de acuerdo conmigo. ¿Tengo razón?

»¿Qué podemos hacer?

»Creo que tenemos la obligación, hacia la raza que nos dio la existencia y hacia los hijos que podamos tener, de seguir intentándolo hasta el final.