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Se puso recta, lo miró de frente, sonrió y dijo con tono suave:

—Después, sí. Cuando estemos a salvo. Entonces no dejaré que te escapes.

—Puede que nunca estemos a salvo —protestó—. Las posibilidades son que no. Quiero tenerte antes de morir.

—Y yo a ti. Pero no podemos. No debemos. Dependen de nosotros. Absolutamente. Tú eres el único hombre que puede guiarnos a través de lo que se avecina. Además… Carl, nunca ha sido fácil ser rey.

Se dio la vuelta y se alejó.

Él se quedó solo durante un rato.

Alguien se acercó con una pregunta. Le hizo un gesto con la mano.

—Mañana —dijo. Saltó a la cubierta, y se acercó a Chi-Yuen, que esperaba en la puerta.

Ella habló con voz casi por completo tranquila:

—Si morimos con las últimas estrellas, Charles, aun así, al conocerte, habré tenido más de la vida de lo que jamás esperé. ¿Qué puedo hacer por ti?

Él la miró. El canto febril de la nave los aislaba del resto de la humanidad.

—Vuelve al camarote conmigo —dijo.

—¿Nada más?

—No, sólo que seas como eres. —Se pasó los dedos por los pelos ya algo encanecidos. Incómodo e inseguro, dijo—: No puedo articular frases bonitas, Ai-Ling, y no tengo experiencia con las emociones. Dime, ¿es posible amar a dos personas diferentes a la vez?

Ella lo abrazó.

—Por supuesto que sí, idiota.

La respuesta quedó apagada por su cuerpo y era menos segura que antes. Pero cuando ella le cogió la mano y se dirigieron a su habitación, sonreía.

—¿Sabes? —añadió con el tiempo—, me preguntó si la mayor sorpresa de los siguientes meses no será comprobar cuán tenaz puede ser la vida, para seguir manteniéndose viva.

21

La hija de Margarita nació por la noche. Ya no había soles visibles. La nave atravesaba vendavales y tormentas. Mientras tenía lugar el nacimiento, el padre dirigía un grupo de trabajo, y utilizaba sus propios músculos para reforzar el casco. El primer llanto del bebé respondió al ruido de los mundos que caían sobre sí mismos.

Las cosas se calmaron después durante un rato. Los científicos habían hecho observaciones y cálculos hasta que comprendieron algo sobre aquellas extrañas fuerzas que cabalgaban sobre los años luz. Reprogramados, los robots hicieron que la nave navegase con los vientos y vórtices más a menudo que a través de ellos.

No todos estaban de humor para celebrar una fiesta, pero ésos eran a los que Johann Freiwald y Jane Sadler habían invitado. Bajo luces semioscuras, redujeron una esquina del gimnasio que empleaban hasta convertirla en una pequeña habitación cálida. Eso destacó los adornos de Halloween que habían colgado.

—¿Es adecuado? —preguntó Reymont cuando llegó con Chi-Yuen.

—Estamos más o menos en esas fechas —contestó Sadler—. ¿Por qué no combinar las ocasiones? Por mi parte, creo que las calabazas añaden un toque de color que es de agradecer.

—Pueden que nos recuerden demasiadas cosas. No la Tierra, supongo que lo estamos superando, sino, uh…

—Sí, se me pasó por la cabeza. Una nave llena de brujas, demonios, vampiros, duendes, espectros y fantasmas aullando mientras recorren el cielo hacia el aquelarre. Bien, ¿no es eso lo que hacemos? —Sadler sonrió y se acercó a Freiwald. Él rió y la abrazó—. Me siento con ganas de tocar un poco las narices.

El resto estaba de acuerdo. Bebieron más de lo que estaban acostumbrados y se pusieron ruidosos. Al final entronizaron a Boris Fedoroff en el escenario, con una guirnalda, una corona de flores y dos chicas para servir a todos sus deseos. Otros formaron un círculo, con los brazos unidos, bramando canciones que eran viejas cuando la nave dejó el hogar.

No importa donde acabe cuando muera. No importa donde acabe cuando muera. Vaya al cielo o al infierno, tengo amigos que me darán la bienvenida. No importa donde acabe cuando muera.

Michael O'Donnell, que llegaba tarde una vez acabado su turno —en esos días había vigilantes de carne y hueso en todo punto de posible ruptura— se abrió paso por entre la multitud.

—¡Eh, Boris! —llamó. El barullo ahogó su voz.

Oh, cuando mueres ya no necesitas dinero. Porque san Pedro no exige entrada cuando haces cola en la puerta del cielo. Oh, cuando mueres ya no necesitas dinero.

Llegó al escenario.

—¡Eh, Boris! ¡Felicidades!

Heredarás mi bicicleta cuando muera.

Heredarás…

—Gracias —gritó Fedoroff—. En gran parte es obra de Margarita. Dirige todo un astillero, ¿no?

En el kilómetro final va en tándem con san Pedro…

—¿Cómo la vais a llamar? —preguntó O'Donnell.

Cuando muera jugaré a los dados con san Pedro…

—No lo hemos decidido todavía —dijo Fedoroff. Agitó una botella—. Sin embargo, puedo decirte que no será Eva.

Si juego como he jugado aquí…

—¿Embla? —le propuso Ingrid Lindgren—. La primera mujer en las Eddas.

Le invitaré a cerveza.

—No, eso tampoco —dijo Fedoroff.

Cuando muera jugaré a los dados con san Pedro…

—Ni tampoco la Leonora Christine —siguió el ingeniero—. No va a ser un maldito símbolo. Va a ser ella misma.

Los cantores empezaron a bailar en un círculo.

No es seguro que haya alcohol cuando muramos.

No es seguro que haya alcohol cuando muramos.

Bebamos todo lo que podamos esta noche que estamos juntos.

No es seguro que haya alcohol cuando muramos.

Chidambaran y Foxe-Jameson aparecían empequeñecidos por las irregulares masas de los aparatos del observatorio, naturales en medio de medidores, controles y luces parpadeantes, y chillones y torpes en la quietud eficiente que llenaba la cubierta. Se levantaron cuando apareció el capitán Telander.

—¿Me pidieron que viniese? —dijo innecesariamente. Mostraba cansancio en el rostro—. ¿Qué noticias hay? Hemos tenido calma durante estos meses…

—No durará. —Foxe-Jameson habló llevado a medias por la alegría—. Elof ha ido en persona a buscar a Ingrid. No pudimos hacer lo mismo por usted, señor. La imagen es todavía demasiado débil, podríamos perderla si no la seguimos continuamente. Usted debe ser el primero en saberlo. —Volvió a la silla frente a una consola electrónica. La pantalla que estaba encima sólo mostraba oscuridad.

Telander se acercó.

—¿Qué han encontrado?

Chidambaran lo agarró de los hombros y señaló a la pantalla.

—Ahí. ¿Lo ve?

En el límite de la percepción brillaba la más pálida y pequeña de las chispas.

—Naturalmente estamos muy lejos —le dijo Foxe-Jameson al silencio—. Queremos mantener una distancia respetuosa.

—¿Qué es? —dijo Telander con voz temblorosa.

—El germen del monobloque —contestó Chidambaran—. El nuevo comienzo.

Telander miró durante mucho, mucho tiempo, antes de arrodillarse.

Le caían lágrimas tranquilas por la cara.

—Padre, te lo agradezco —dijo.

Se levantó.

—Y les doy las gracias a ustedes, caballeros. Lo que suceda a continuación… hemos llegado tan lejos, hemos hecho tanto. Creo que vuelvo a tener energías… después de lo que me han mostrado.