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Cuando finalmente se fue para regresar al puente, caminaba con el paso de un capitán.

La Leonora Christine gritó, tembló y saltó.

El espacio estaba en llamas a su alrededor, una tormenta de fuego, el hidrógeno encendido por el sol sobrenatural que se estaba formando en el corazón de la existencia, que brillaba más y más a medida que las galaxias llovían sobre él.

El gas escondía el alumbramiento bajo sábanas, estandartes y lanzas de radiación, auroras, llamas y rayos. Fuerzas, más allá de toda medida, rompían la atmósfera, eléctricas, magnéticas, gravitacionales, campos nucleares; las ondas de choque recorrerían megaparsecs; había corrientes, olas y cataratas. En el borde de la creación a través de ciclos de miles de millones de años que pasaban como momentos, la nave del hombre volaba.

Volaba.

No hay otra palabra. En lo que a la humanidad se refiere, a los ordenadores más veloces y las máquinas más rápidas, luchaba con un huracán, pero un huracán como no había habido otro desde la última vez que las estrellas se fundieron juntas y renacieron nuevas.

—¡Ya-a-ah-h-h! —gritó Lenkei, y guió la nave por una ola cuya cresta producía una espuma de supernovas. Los hombres cansados en el puente de pilotaje miraron con él a la pantalla que había sido construida para ese propósito. Lo que allí se veía no era la realidad (la realidad actual transcendía toda imagen o comprensión), sino una representación de campos de fuerza. Ardía, se retorcía y vomitaba grandes llamas y globos. Existía en el metal de la nave, en carnes y cráneos.

—¿Ya no puede aguantar más? —gritó Reymont desde su asiento—. Barrios, sustitúyale.

El otro hombre negó con la cabeza. Estaba demasiado aturdido y cansado de su turno anterior.

—Bien. —Reymont se desató—. Lo intentaré. He manejado muchas naves diferentes. —Nadie le oyó por la furia que les rodeaba, pero le vieron luchar sobre la cubierta. Se sentó en la silla auxiliar de control, en el lado opuesto de Lenkei, y acercó la boca al oído del piloto—. Guíeme.

Lenkei asintió. Juntas, sus manos se movían por el panel.

Debían mantener a la Leonora Christine bien lejos del monobloque en crecimiento, cuya radiación los mataría con seguridad; al mismo tiempo, debían permanecer donde el gas fuese tan denso que tau siguiese decreciendo para ellos, convirtiendo esos gigaaños finales de renacimiento en horas; y debían mantener la nave navegando segura a través de un caos que, si les golpeaba con toda su furia, los convertiría en partículas nucleares. Ningún ordenador, ningún instrumento, ningún precedente podía guiarles. Debía hacerse por instinto y reflejos entrenados.

Gradualmente Reymont comprendió la dinámica, hasta que pudo guiar solo. Los ritmos del renacimiento eran salvajes, pero ellos estaban allí. Un poco a estribor… vector bajo a las nueve en punto… ¡ahora acelera!… frena un poco aquí… no dejes que se vaya… bordea esa nube de llamas si puedes… Los truenos bramaban. El aire estaba lleno de ozono y frío.

La pantalla se apagó. Un instante más tarde, todos los fluoropaneles de la nave se volvieron simultáneamente ultravioletas e infrarrojos, y la oscuridad se impuso. Quienes estaban sujetos a solas oyeron, a través del casco, cómo rayos invisibles caminaban por los pasillos. Los del puente de mando, puente de pilotaje y sala de motores, que pilotaban la nave, sintieron un peso mayor que el de los planetas —no podían moverse ni detener un movimiento una vez que éste empezaba— y comenzaron a sentir una ligereza tal que sus cuerpos se rompían en pedazos —y aquél era un cambio en la misma inercia, en cada constante de la naturaleza a medida que el espacio-tiempo-materia-energía sufría su convulsión final— durante un momento infinitesimal e infinito, hombres, mujeres, niños, nave y muerte fueron uno.

Pasó, con tal rapidez que no sabían si había sido real. La luz volvió, y con ella el paisaje exterior. La tormenta se hizo más feroz. Pero ahora a través suyo, distorsionadas por lo que parecían gotas de fuego de un blanco azulado que se deshacían en chispas mientras volaban, surgían dos enormes hojas que se doblaban; ahí venían las galaxias nacientes.

El monobloque había explotado. La creación había comenzado.

Reymont cambió a desaceleración total. La Leonora Christine comenzó lentamente a reducir su velocidad; y voló hacia la luz recién nacida.

22

Boudreau y Nilsson se miraron el uno al otro. Sonreían.

—Sí, de verdad —dijo el astrónomo.

Reymont miró inquieto por todo el observatorio.

—Sí, ¿qué? —exigió. Señaló con el pulgar a una pantalla. El espacio estaba repleto de pequeñas incandescencias danzarinas—. Lo puedo ver por mí mismo. Los grupos galácticos están todavía juntos. La mayoría de ellos no son nada más que nebulosas de hidrógeno. Y entre ellos los átomos de hidrógeno se encuentran todavía en abundancia, hablando comparativamente. ¿Qué pasa?

—Unos cálculos con los datos básicos —le dijo Boudreau—. He estado hablando con los jefes de equipo. Creemos que mereces y necesitas oír en privado lo que hemos descubierto, para que puedas tomar una decisión.

Reymont se puso rígido.

—Lars Telander es el capitán.

—Sí, sí. Nadie quiere tomar decisiones a sus espaldas, especialmente ahora que vuelve a realizar un gran trabajo con la nave. Los pasajeros, sin embargo, son otra cuestión. Sé realista, Charles. Sabes lo que representas para ellos.

Reymont cruzó los brazos.

—Bien, entonces continúa.

Nilsson se puso en modo de conferencia.

—No importan los detalles —dijo—. El resultado viene del problema que nos planteaste para encontrar en qué direcciones iba la materia y en cual la antimateria. Recuerda, fuimos capaces de hacerlo siguiendo las trayectorias de las masas de plasma por los campos magnéticos del universo como un todo mientras su radio era pequeño. Y por tanto los oficiales fueron capaces de llevar esta nave con seguridad a la mitad material del todo.

»Pero, en el proceso de realizar esas investigaciones, recogimos y procesamos una cantidad increíble de datos. Y he aquí lo que hemos descubierto. El cosmos es nuevo y en algunos aspectos desordenado. Las cosas todavía no se han colocado en su lugar. A corta distancia de nosotros, comparado con las distancias que ya hemos atravesado, hay conjuntos materiales, galaxias y protogalaxias, con todas las velocidades posibles.

»Podemos usar ese hecho como una ventaja. Es decir, podemos elegir, el clan, la familia, el grupo y la galaxia individual que queramos como destino… elegir una a la que podamos llegar con velocidad relativa cero en cualquier momento que escojamos de su evolución. De cualquier forma, dentro de límites más o menos amplios. No podemos llegar a una galaxia que tenga más de quince mil millones de años de antigüedad: no, a menos que queramos aproximarnos por otra ruta. Tampoco podemos llegar antes de que tenga mil millones de años. Por otra parte, podemos elegir lo que queramos.

»Y…elijamos lo que elijamos, ¡el tiempo máximo a bordo para llegar allí y frenar no será mayor que unas semanas!

Reymont sorprendido soltó una obscenidad.

—Ves —le explicó Nilsson—, podemos elegir un destino que tenga una velocidad casi idéntica a la nuestra cuando lo alcancemos.

—Oh, sí —murmuró Reymont—. Eso lo entiendo. Simplemente no estoy acostumbrado a tener la suerte a nuestro favor.

—No es suerte —dijo Nilsson—. Dado un universo oscilante, es inevitable. O al menos eso parece. Sólo tenemos que aprovecharnos del hecho.

—Mejor que elijas un destino —le apresuró Boudreau—. Ahora. Esos idiotas discutirían durante horas si hacemos una votación. Y cada hora significa una cantidad inconcebible de tiempo cósmico perdido, lo que reduce las opciones. Si nos dices lo que quieres, prepararé el curso apropiado y la nave podrá comenzar a acercarse en poco tiempo. El capitán aceptará tu recomendación. El resto de la gente aceptará cualquier fait accompli que les des, y además te lo agradecerán. Lo sabes.