– ¿Uno como yo? -preguntó él, erizado.
– Tienes que saber que no ha sido mi intención insultarte. Pero tú y tus hermanos lleváis vidas encantadas. Sois hermosos, inteligentes, atractivos. Caéis bien a todo el mundo. No sabes lo feliz que me hace eso. -Sonrió, pero su sonrisa era melancólica, ligeramente triste-. No es fácil ser la fea del baile.
Repentinamente Benedict comprendió por qué su madre siempre lo obligaba a bailar con muchachas como Penelope Featherington.
Con aquellas que estaban en las orillas del salón, aquellas que siempre fingían que no deseaban bailar.
Ella había sido poco atractiva.
Era difícil imaginarse eso. Su madre era tremendamente popular, siempre sonriente, y tenía montones de amistades. Y si él había oído correctamente la historia, su padre había estado considerado el mejor partido de la temporada.
– Sólo tú podrás tomar esta decisión -continuó Violet, volviéndolo al presente-, y me temo que no será fácil.
Él miró por la ventana, otorgando con su silencio.
– Pero -añadió ella-, si decidieras unir tu vida a la de una mujer que no es de nuestra clase, yo ciertamente te apoyaré de todas las maneras posibles.
Benedict giró bruscamente la cabeza para mirarla. Pocas mujeres de la alta sociedad dirían eso a sus hijos.
– Eres mi hijo -dijo ella simplemente-. Daría mi vida por ti.
Él abrió la boca para hablar pero comprobó, sorprendido, que no podía hacer ni un sonido.
– Ciertamente no te desterraré por casarte con una persona inadecuada.
– Gracias -dijo él. Fue lo único que consiguió decir.
Violet exhaló un suspiro, lo bastante fuerte para atraer toda su atención. Se veía cansada, melancólica.
– Ojalá estuviera aquí tu padre -dijo.
– No dices eso muy a menudo.
– Siempre deseo que tu padre estuviera aquí. -Cerró los ojos un breve momento-. Siempre.
Y entonces Benedict lo vio todo claro. Al mirar la cara de su madre, al caer en la cuenta por fin, no, al «entender» por fin, la profundidad del amor entre sus padres, se le aclaró todo.
Amor. Amaba a Sophie. Eso era lo único que debía importar.
Había creído que amaba a la mujer del baile de máscaras; había creído que deseaba casarse con ella. Pero en ese momento comprendía que eso sólo había sido un sueño, una fantasía fugaz con una mujer a la que apenas conocía.
En cambio Sophie era…
Sophie era Sophie. Y eso era todo lo que necesitaba.
Sophie no era una gran creyente en el destino ni en los hados, pero cuando llevaba una hora con Nicholas, Elizabeth, John y Alice Wentworth, los primos pequeños del clan Bridgerton, ya comenzaba a pensar que tal vez había una razón que explicara por qué nunca había logrado obtener un puesto de institutriz.
Estaba agotada.
No, pensó, con más de un poco de desesperación. La palabra agotamiento no era una definición adecuada para el estado en que se encontraba en esos momentos. Agotamiento no llegaba a captar el ribete de locura que había producido en su mente ese cuarteto.
– No, no y no, ésa es mi muñeca -le estaba diciendo Elizabeth a Alice.
– ¡Es mía! -replicó Alice.
– ¡No es tuya!
– ¡Es mía!
– Yo arreglaré esto -gritó Nicholas, acercándoseles con las manos en las caderas.
Sophie emitió un gemido. Tenía la clara impresión de que no era nada conveniente dejar resolver la pelea a un niño de diez años, que daba la casualidad se creía pirata.
– Ninguna de las dos va a querer la muñeca -dijo Nicholas con un astuto destello en los ojos -si yo le corto la…
– No le cortarás la cabeza, Nicholas Wentworth -intervino Sophie.
– Pero es que así dejarán de…
– No -dijo Sophie enérgicamente.
Él la miró un momento, como evaluando su resolución de impedírselo, y luego se alejó gruñendo.
– Creo que necesitamos otro juego -le susurró Hyacinth a Sophie.
– Sí que necesitamos otro juego -convino Sophie.
– ¡Suelta mi soldado! -chilló John-. ¡Suéltalo, suéltalo, sueltalo!
– Jamás tendré hijos -declaró Hyacinth-. De hecho, jamás me casaré.
Sophie se abstuvo de decirle que cuando se casara y tuviera hijos tendría una flotilla de niñeras que la ayudarían en su crianza y cuidado.
Hyacinth hizo un gesto de dolor al ver a John tirándole el pelo a Alice, y tragó saliva disgustada cuando Alice le enterró el puño en el estómago a John.
– La situación se está poniendo desesperada -susurró a Sophie.
– ¡La gallina ciega! -exclamó Sophie-. ¿Qué os parece a todos? ¿Jugamos a la gallina ciega?
Alice y John asintieron entusiasmados. Elizabeth lo pensó un momento y al final dijo, de mala gana:
– De acuerdo.
– ¿Y qué dices tú, Nicholas? -preguntó Sophie al último dudoso.
Él se tomó otro momento.
– Podría ser divertido -contestó al fin, aterrando a Sophie con un diabólico destello en los ojos.
– Excelente -dijo Sophie, tratando de que no se notara su recelo.
– Pero tú tienes que ser la gallina ciega -añadió él.
Sophie abrió la boca para protestar, pero en ese momento los otros tres niños comenzaron a saltar y gritar encantados. Y su destino quedó sellado cuando Hyacinth la miró con una astuta sonrisa y le dijo:
– Vamos, tienes que ser tú.
Puesto que era inútil protestar, Sophie exhaló un largo suspiro, bien exagerado, para divertir a los niños, y se giró, para que Hyacinth le vendara los ojos.
– ¿Ves algo? -le preguntó Nicholas.
– No -mintió Sophie.
– Ve -dijo él a Hyacinth haciendo una mueca. ¿Cómo podía saberlo?
– Átale un segundo pañuelo -dijo el niño-. Ése es demasiado transparente.
– Qué indignidad -masculló Sophie, pero agachó un poco la cabeza para que Hyacinth le atara otro pañuelo.
– ¡Ahora sí que está ciega! – gritó John a todo pulmón. Sophie los obsequió a todos con una empalagosa sonrisa.
– Muy bien, entonces -dijo Nicholas, que había tomado el mando-. Espera diez segundos para que ocupemos nuestros lugares.
Sophie asintió y reprimió un mal gesto al oír el ruido de un choque.
– ¡Procurad no romper nada! -grito, como si eso fuera a influir en un sobreexcitado niño de seis años.
– ¿Listos? -preguntó.
No hubo respuesta. Eso significaba sí.
– ¡Gallina ciega! -gritó.
– ¡Píllame! -gritaron cinco voces al unísono.
Sophie frunció el ceño, calculando. Una de las niñas estaba detrás del sofá. Dio unos pasos a tientas a la derecha.
– ¡Gallina ciega!
– ¡Píllame!
A eso siguieron, lógicamente, unos cuantos chillidos y risitas.
– ¡Gallina, ay!
Más gritos y carcajadas. Sophie gruñó y se agachó a frotarse la espinilla.
– ¡Gallina ciega! -gritó con mucho menos entusiasmo.
– ¡Píllame!
– ¡Píllame!
– ¡Píllame!
– ¡Píllame!
– Eres toda mía, Alice -musitó en voz baja, decidiendo ir a por la más pequeña y, presumiblemente, la más débil del grupo-. Toda mía.
Benedict casi logró escapar sin ser visto. Después de que saliera su madre de la sala de estar, él se bebió una muy necesitada copa de coñac y se dirigió al vestíbulo. Estaba a punto de llegar a la puerta cuando lo sorprendió Eloise y lo informó de que de ninguna manera podía marcharse todavía, que su madre había hecho el enorme esfuerzo de reunir a todos sus hijos en un lugar porque Daphne tenía que hacer un importantísimo anuncio.
– ¿Embarazada otra vez? -preguntó él.