Debajo había un breve resumen de quinientas palabras de la obra de demolición de MacAnna, evidentemente escrito a toda prisa a última hora (cuando los primeros ejemplares de Hollywood Legit habrían llegado a los periódicos). Después de enumerar todos los cargos que MacAnna presentaba contra mí, el periódico afirmaba que, al ser contactado a última hora de la noche, Brad Bruce, productor de Te vendo, había dicho que «la noticia era una tragedia, tanto para David Armitage como para el equipo de Te vendo», y que más tarde la FRT emitiría un comunicado oficial.
Bonita estrategia, Brad. Primero mostrarse sensible a mis tribulaciones, antes de emitir el consiguiente comunicado de que me habían despedido del programa.
Corrí al ordenador y me conecté. Entré en la web del San Francisco Chronicle. El artículo también era un refrito rápido de su corresponsal en Los Ángeles, con el mismo recuento de las acusaciones y la misma cita de Brad. Pero lo que me sacó de quicio fue descubrir que en mi cuenta de correo tenía docenas de mensajes de periodistas varios, pidiendo una entrevista, o al menos, un comentario a la columna de MacAnna.
Cogí el teléfono y llamé a mi oficina. Mejor dicho: a mi antigua oficina. Respondió Jennifer, mi antigua ayudante. Al oír mi voz, su tono se volvió gélido.
– Me han dicho que saque las cosas de tu despacho -dijo-. Supongo que quieres que las mande a tu casa.
– Jennifer, al menos podrías decir «hola».
– Hola. ¿Quieres que te las mande a casa o no?
– Sí.
– Bien. Te llegará mañana por la mañana. ¿Qué hago con las llamadas?
– ¿Ha llamado alguien?
– Esta mañana ya van quince. Los Angeles Times, Hollywood Reporter, The New York Times, The Seattle Times, San Francisco Chronicle, San Jose Mercury, The Boston Globe…
– Me hago una idea -dije.
– ¿Quieres que te mande la lista y sus teléfonos por correo electrónico?
– No.
– ¿Y si alguien de la prensa quiere ponerse en contacto contigo…
– Diles que no estoy localizable.
– Si eso es lo que quieres.
– Jennifer, ¿a qué viene este tono de la era glacial?
– ¿Cómo esperas que me comporte? Teniendo en cuenta que ahora que te vas me han dado quince días para largarme.
– ¡Oh, Dios mío!
– Por favor, nada de clichés.
– No sé qué decir, excepto que lo siento. Todo esto es tanto una sorpresa para mí como…
– ¿Cómo puede ser una sorpresa si robaste el trabajo de otros?
– Nunca he tenido intención de…
– ¿De qué? ¿De que te pillaran? Bueno, gracias por haberme pillado en tu red.
Y colgó con un golpe.
Dejé el teléfono y me cogí la cabeza con las manos. Por muy grande que fuera el daño personal que había sufrido, me consternaba pensar que, sin quererlo, había provocado graves daños a dos personas inocentes. Igual de angustiosa era la idea de que quince periodistas me persiguieran para que hiciera comentarios. Porque ahora era noticia de verdad: el triunfador de la televisión que lo había mandado todo a paseo. O, al menos, ése sería el giro que le darían. Mi versión de la historia había funcionado de maravilla la semana anterior. Sin embargo, ahora, con todas aquellas pruebas nuevas triviales (pero pruebas al fin y al cabo), la marea se volvería contra mí, y la rueda giraría en otro sentido. Se me pondría como ejemplo de un hombre de talento asaltado por impulsos autodestructivos; un hombre que había creado una de las series de televisión más originales de la última década, y aun así tenía que robar ideas a otros autores. Y habría la habitual palabrería sobre mí como otra víctima del culto feroz al éxito efímero, bla, bla, bla.
La conclusión de todos los artículos era previsible: me convertiría en un escritor sin trabajo para siempre.
Miré el reloj. La una y catorce. Llamé a la oficina de Alison. Se puso Suzy, su ayudante, que parecía realmente angustiada. Antes de que pudiera preguntar por mi agente, dijo:
– Quería decirte que creo que lo que te está sucediendo es totalmente injusto.
Tragué saliva y sentí que los ojos me escocían.
– Gracias -dije.
– ¿Cómo lo llevas?
– No muy bien.
– ¿Vas a venir?
– Sí, en seguida.
– Bien, te está esperando.
– ¿Podría hablar con ella ahora?
– Está hablando por teléfono con la FRT.
– Entonces nos veremos dentro de media hora.
Cuando entré en su oficina, vi a Alison sentada en silencio a su mesa, mirando por la ventana, con una expresión cansada y preocupada. Al oírme entrar, se volvió en la silla y salió de detrás de la mesa; me abrazó durante un minuto largo. Después se acercó a un armario y lo abrió.
– ¿Te apetece un escocés? -preguntó.
– ¿Tan malo va a ser?
No dijo nada. Volvió a la mesa con la botella de J &B y dos vasos. Sirvió una buena dosis para cada uno. Después encendió un cigarrillo, inspiró profundamente y se tragó medio whisky. Yo la imité, y los ojos se me contrajeron en un gesto de desagrado.
– Bueno -dijo-. Allá va. Nunca te he mentido como agente y no voy a empezar ahora. Dicho sin ambages, la situación ahora mismo no puede ser peor.
Tragué el resto de mi bebida. Ella me llenó el vaso inmediatamente.
– Cuando leí el artículo de MacAnna en el aeropuerto, mi primera reacción ha sido: ¿cómo puede ser que Brad y Bob se tomen esto en serio? Teniendo en cuenta que las acusaciones que plantea son tan insignificantes. De lo que te acusa en los guiones de Te vendo es ridículo. Por Dios, vivimos en el reino de «si tuviera un centavo por cada broma que un autor ha copiado»… Y la estupidez de la historia de Tolstoi es eso: una estupidez. Él también lo sabe. Sin embargo, lo de la historia de Cheever…
– Sólo puedo decir esto: me di cuenta de que era un «préstamo» directo, y sabía que no llegaría nunca a la pantalla. Lo que él ha estudiado era un borrador, nada más.
– Yo lo sé y tú lo sabes. El problema es que, junto con lo de Primera plana de la semana anterior… Eres lo bastante listo para deducirlo tú mismo.
– Culpable o no, estoy en un buen lío.
– Esencialmente es así.
– ¿Has hablado con la FRT? ¿No se les puede convencer de algún modo?
– Es imposible. Para ellos, estás quemado. Pero no sólo eso. En cuanto he aterrizado, me he pasado una hora peleándome a gritos con uno de sus abogados. Parece que van a hacer todo lo que puedan para bloquear cualquier paracaídas de oro a tu favor.
Peor y peor. Otro golpe que me hizo vacilar.
– Pero hay una cláusula…
– Ah, sí -dijo Alison, cogiendo una carpeta-, sí que hay una maldita cláusula. La 43 b para ser precisos, de tu acuerdo con la FRT…, y la sustancia de esa cláusula es que si has hecho algo ilegal o penalmente ilícito en relación con el programa, serás excluido de la participación en los beneficios futuros.
– ¿Intentan demostrar que he hecho algo penalmente ilícito?
– Lo que intentan hacer es retirarte el derecho a cualquier beneficio en el futuro como creador argumentando que el plagio constituye un acto ilegal…
– ¡Qué estupidez!
– Desde luego, pero están decididos a defenderlo.
– ¿Pueden hacerlo?
– Acabo de pasar la última media hora al teléfono con mi abogado. Va a estudiar el contrato cuidadosamente esta noche. Pero su primera impresión es que sí, que pueden hacerlo.
– ¿O sea que no cobraré indemnización?
– Peor aún, también me han informado de que piensan demandarte por lo que cobraste por los tres episodios en los que presuntamente plagiaste.
– ¿Qué pretenden hacer? ¿Destriparme?
– Dicho claramente, sí. Porque, las cosas como son, hablamos de mucho dinero. Si se libran de tus beneficios como creador, van a ahorrarse cerca de trescientos cincuenta mil por temporada. Y si, como esperan, el programa dura un par de temporadas más…, en fin, suma tú mismo. Respecto a los tres episodios en cuestión… cobraste ciento cincuenta mil por episodio. De nuevo, haces la suma y…