– Pero a eso podemos oponernos, supongo…
– Repito, mi abogado dice que te tienen pillado con la cláusula que dice que el escritor garantiza que todo el de su guión es propio. Tal como lo veo, podríamos negociar un precio, llegar a un acuerdo.
– ¿Eso significa que tengo que devolverles el dinero?
– Si llegamos a eso, sí. Mi esperanza, pero es sólo una esperanza, es que dentro de unos días, cuando todo se haya calmado, decidan no demandarte por los tres episodios, sobre todo si saben que han ganado en el punto de los honorarios de autoría.
– ¿Les dejarás ganar en ese punto?
– David, ¿cuándo he permitido que un estudio o cadena de mierda ganara nada contra uno de mis clientes? Sabes la respuesta: nunca. Pero nos encontramos en una situación en la que tu posición ha sido jurídicamente manipulada de tal modo que parezca que has infringido los términos del contrato. Y si mi abogado de trescientos setenta y cinco dólares la hora, que conoce todos los trucos legales de Hollywood, me dice que te tienen pillado, es que estamos en la situación de intentar minimizar el desastre todo lo que podamos.
»De todos modos, pediré una segunda e incluso una tercera opinión legal antes de volver a hablar con los cabrones de la FRT…, por no mencionar a sus viscosos homólogos de la Warner.
– ¿Puedo tomar otro whisky?
– Creo que es una buena idea -dijo ella-, porque tengo más malas noticias.
Me serví uno doble.
– Adelante -dije.
– Un halcón legal de la Warner Brothers acaba de llamarme. Han puesto freno a Romper y entrar…
– ¿Quieres decir que la reunión con Sodebergh se ha anulado?
– Me temo que sí. Pero hay más. Recordarás que te pagaron doscientos cincuenta mil dólares por el primer borrador… Quieren que se los devuelvas íntegros.
– Es una locura. ¿Cómo pueden hacerlo?
– Te van a apretar con la línea de John Cheever que tomaste prestada…
– Por favor… Ya te he dicho que era sólo una prueba. Un primer borrador…
– Eh, a mí no tienes que convencerme. El problema es que, como en el caso de la FRT, utilizan esta línea como forma de atraparte con lo de que «el autor garantiza que todo el trabajo del guión es propio». El otro problema es que pueden corroborarla… a pesar de que ninguno de esos ignorantes sepa quién es John Cheever.
– Bueno, al menos el guión de Fleck cubrirá estas deudas.
Alison encendió otro cigarrillo, a pesar de que tenía uno encendido en el cenicero.
– Lo siento, pero el abogado de Fleck me ha llamado.
– Por favor, no me digas…
– «Muy a su pesar, el señor Fleck no puede seguir las negociaciones, dado el estado actual de la reputación profesional del señor Armitage.» Es una cita textual, lo siento.
Miré anonadado el suelo y dije:
– Entonces no sé cómo voy a pagar los doscientos cincuenta mil de la Warner.
– ¿Ya te los has gastado?
– Casi todo, sí. Entre el pago del divorcio y la pensión y todo lo demás, han sido dos años muy onerosos.
– ¿Pero no estás arruinado?
– Puedo ser tonto, pero no soy estúpido. Tengo más o menos medio millón invertido con mi agente, Bobby Barra. El problema es que la mitad se lo debo a Hacienda. Y si la FRT y la Warner quieren que les devuelva su dinero…, entonces sí estaré arruinado.
– No nos pongamos en lo peor todavía. Voy a ponérselo difícil a esos cabrones. Haré que rebajen sus exigencias sobre la devolución. Mientras tanto, mejor que hables con tu agente y tu contable sobre la forma de maximizar cuanto puedas lo que tienes invertido.
– Porque en esta ciudad estoy acabado, ¿no?
– Digamos que hasta que este asunto se olvide, seguramente será difícil encontrarte trabajo.
– Porque me considerarán un intocable.
– Ese es más o menos el problema, sí.
– ¿Y si el asunto no se olvida? Si estoy mancillado para siempre, ¿entonces qué?
– ¿Quieres una respuesta sincera? -preguntó Alison.
– Del todo.
– Pues la respuesta sincera es que no lo sé. Pero, lo repito, veamos cómo van las cosas las próximas semanas. Es más, tienes que hacer una declaración, en la que te defiendas, pero también lamentes lo sucedido. He llamado a Mary Morse, una relaciones públicas que conozco. Llegará dentro de diez minutos para redactar la declaración contigo y hacerla llegar a todos los interesados, para que al menos tengan tu punto de vista sobre esto. Si dentro de unos días la situación sigue tan mal, buscaremos un periodista comprensivo que pueda defender tu versión.
– Bueno, el tipo de Variety está fuera de circulación, ahora que también le han arruinado la carrera. Y la pobre Tracy…
– Lo que les ha ocurrido a los dos no es culpa tuya.
– Sí, pero de no haber sido por este embrollo…
– Los dos son profesionales, y deberían saber que el detalle de que habían salido podía hacerse público si…
– Ella sólo intentaba protegerme.
– De acuerdo, pero sólo porque era su trabajo. Ahora no empieces a atribuirte sus problemas también. Ya tienes bastante con lo tuyo.
– Como si no lo supiera.
A la mañana siguiente, todo el mundo lo sabía. Las acusaciones de MacAnna tuvieron un impacto tremendo. Como lo tuvo el comunicado de prensa de la FRT, anunciando (con pesar, claro) que prescindían de mí en la serie. Todos los periódicos de ámbito nacional lo incluían en sus secciones de arte o espectáculos, aunque Los Angeles Times (reflejando que aquella ciudad tenía, en el fondo, una sola industria) sacó el artículo en la primera página. Peor aún, la historia salió incluso en los programas Las cosas claras, Esta noche espectáculo y Políticamente incorrecto y en casi todos los magazines de la mañana. Sí, todos citaban mi comunicado, en el que me disculpaba por los trastornos causados a la FRT y a todos los que trabajaban en Te vendo, y reiteraba de nuevo que no creía que se me pudiera acusar de robo por un par de líneas (y también hacía una encendida defensa de las acusaciones por lo de Tolstoi y Cheever). «De lo peor de que se puede acusar a un autor es de robo», escribí en mi declaración, «… y de ninguna manera me considero un ladrón».
Aquella noche, el presentador de Políticamente incorrecto de la ABC, Bill Maher, observó durante su monólogo:
– La gran noticia hoy en Hollywood es que el creador de Te vendo, David Armitage, ha utilizado la famosa defensa de Richard Nixon «no soy un criminal», después de que la FRT le despidiera por plagio. Cuando le preguntaron si todo lo que había escrito era original al cien por cien, contestó: «No me he acostado con esa mujer…».
Maher hizo reír mucho con esa frase. Curiosamente, a mí no me pareció divertida, sobre todo cuando se la oí pronunciar mientras miraba su programa solo en el loft. Sally estaba en Seattle, en paradero desconocido, porque no me había dejado el nombre de su hotel, ni me había llamado en todo el día. Sabía que solía quedarse en The Four Seasons cuando visitaba el plató de Seattle, pero me temía que si la llamaba, parecería demasiado necesitado, demasiado desesperado. En aquel momento, mi única esperanza era que, una vez aplacado el bombardeo de la mala publicidad, recordara todas las buenas razones por las que nos habíamos enamorado y…
¿Qué? ¿Volviera conmigo, diciéndome que estaría a mi lado, pasara lo que pasara? ¿Como Lucy? Ella había estado a mi lado, de mala gana a veces, pero siempre había estado allí, de todos modos. Durante todos esos años en los que yo estuve en tierra de nadie mientras ella se veía obligada a trabajar en la televenta cuando su carrera de actriz fracasó y necesitábamos pagar el alquiler. ¿Cómo le compensé su lealtad? Haciendo lo más previsible a mi edad después de alcanzar el éxito: divorciándome de ella.