Sucedió así que, dos días después de haber salido en primera página en Los Angeles Times, me encontré otra vez siendo noticia… con una fotografía en la página cuatro de su edición del sábado, mostrándome mientras increpaba a Theo MacAnna. Tenía la cara desfigurada en una expresión de furor desenfrenado. Se me veía claramente agarrándole del traje. También estaba el asunto de mi vestuario nocturno. Cuando se ven fuera del dormitorio, los pijamas siempre evocan imágenes de manicomio. Si encima quien lo lleva es una persona manifiestamente trastornada, en un aparcamiento de los estudios de la NBC durante el día, tiende a indicar que el caballero en cuestión puede sufrir algún problemilla psicológico merecedor de un examen profesional. Sin duda, de haber estado en condiciones de estudiar aquella imagen con desapego crítico, yo mismo habría llegado a la siguiente conclusión: está como una cabra.
Debajo de la foto había un breve artículo, con el titular:
EL AUTOR DESPEDIDO DE TE VENDO ATACA A UN PERIODISTA
EN EL APARCAMIENTO DE LA NBC.
El artículo era claro y simple: el incidente en los estudios de televisión, el papel de MacAnna en mi desgracia, un breve resumen de mis crímenes contra la humanidad, y el hecho de que, después de amonestarme, el guardia de la NBC me había dejado marchar una vez MacAnna rehusó denunciarme. También había una cita del propio MacAnna: «Como siempre, yo sólo quería contar la verdad… aunque eso evidentemente puso furioso al señor Armitage. Por suerte, el guardia de la NBC intervino antes de que pudiera causarme daños físicos. Pero espero, por su propio bien, que busque ayuda profesional. Está claro que es un hombre gravemente alterado, con la mente perturbada».
¿Puedo besar el dobladillo de su skmata, doctor Freud? (Sí, es una línea tomada prestada de otro autor.) Aunque no tuve tiempo de preocuparme por la evaluación mental que había hecho de mí MacAnna, porque tenía varios problemas más graves y apremiantes. Parecía que el periodista que me había fotografiado sacudiendo a aquel imbécil había logrado vender la foto a las agencias de prensa. De modo que la historia dio la vuelta al país (a la gente le encantan los artículos tipo «era famoso y ahora está como una cabra»). Incluso llegó a las vastas estepas heladas de Canadá, más concretamente a los húmedos confines de Victoria, Columbia Británica, donde Sally vio la historia en un periódico local. Y no le hizo ninguna gracia. Tan poca gracia que me llamó el sábado por la mañana a las nueve y media, y sin saludarme dijo:
– David, he visto el artículo… y me temo que desde este momento tú y yo somos historia.
– ¿Dejas que te lo explique?
– No.
– Pero deberías haber oído lo que decía de mí en Today…
– Lo vi. Y francamente, estuve de acuerdo en muchas cosas con él. La cuestión es que lo que hiciste fue una locura. Y digo locura en el sentido médico de la palabra. Y no pienso vivir con un hombre mentalmente inestable.
– Por el amor de Dios, Sally. Sólo perdí los nervios…
– No, perdiste la cabeza. ¿Cómo acabaste en el aparcamiento de la NBC en pijama?
– Estaba un poco abrumado por toda la situación.
– ¿Un poco abrumado? No lo creo.
– Por favor, cariño, no podríamos hablar…
– Absolutamente, no. Y espero que estés fuera del piso cuando yo llegue mañana por la noche.
– Espera, no puedes ordenarme que me marche. ¿Somos coinquilinos, recuerdas? El alquiler está a nombre de los dos.
– Es verdad, pero según mi abogado…
– ¿Ya has hablado con tu abogado esta mañana? Es sábado.
– Todavía no se había ido a la cama. Además, como era una urgencia…
– Eh, deja de ponerte melodramática, Sally.
– Y dices que no estás perturbado…
– Estoy muy angustiado y basta.
– Pues ya somos dos…, pero tú eres el que, según la ley de California, puede considerarse un peligro físico para el coinquilino, lo que permite que presente una orden contra ti en los juzgados que te impida ocupar el piso. Un largo silencio.
– ¿No piensas hacerlo en serio? -pregunté.
– No, no pediré la orden, siempre que me prometas dejar el piso antes de las seis de la tarde de mañana. Si sigues ahí, llamaré inmediatamente a Mel Bing y haré que ponga en marcha la rueda legal contra ti.
– Por favor, Sally, ¿podemos…?
– Esta conversación ha terminado.
– No es justo.
– Tú te lo has buscado. ¿Por qué no te haces un favor y te vas? No te lo hagas más difícil obligándome a recurrir al juzgado.
Después de eso, colgó. Me senté en el sofá, con la cara entre las manos, completamente anonadado. Primero ensucian mi nombre, después me despiden; después salgo en los periódicos con pinta de estar haciendo una prueba para el papel de Ezra Pound; luego me dan el parte de desahucio, no sólo del piso, sino también de la relación por la que rompí mi matrimonio.
¿Qué nuevo infierno seguiría?
Evidentemente tenía que llegar por cortesía de mi querida ex esposa Lucy, a través de su halcón legal, Alexander McHenry. Me llamó una hora después de la andanada de Sally.
– ¿Señor Armitage? -dijo con una voz profesional inexpresiva-. Soy Alexander McHenry, del gabinete de Platt, McHenry y Swabe. Como recordará, represento…
– Sé perfectamente a quién representa. Y también sé que si me llama el sábado por la mañana, es que tiene malas noticias.
– Bien…
– Al grano, McHenry. ¿Qué le preocupa a Lucy ahora?
Evidentemente ya sabía qué le preocupaba, porque me imaginaba que el San Francisco Chronicle había publicado la historia sobre el incidente ocurrido en el aparcamiento.
– Me temo que su ex esposa está muy alarmada por su comportamiento de ayer delante de la NBC. También está muy angustiada por la cantidad de publicidad que ha recibido el incidente, sobre todo por cómo eso puede afectar a Caitlin.
– Pensaba hablar personalmente con mi hija esta mañana.
– Me temo que no será posible.
Tragué saliva. Dos veces.
– ¿Qué ha dicho?
– He dicho que su ex esposa cree que, en vista de su comportamiento de ayer, se le puede considerar un riesgo físico para ella y para su hija.
– ¿Cómo puede pensar eso? Nunca, nunca he hecho daño…
– Sea como sea, el hecho es que agredió al señor MacAnna en el aparcamiento de la NBC. Y también está el hecho de que acaban de despedirle de la FRT por una acusación de plagio; un incidente trágico que, como podría verificar cualquier psicólogo, es capaz de desestabilizar fácilmente el estado mental de cualquiera. En resumen se le puede considerar un riesgo grave para su ex esposa y su hija.
– Lo que pretendía decir antes de que me interrumpiera era que nunca he hecho daño ni a mi esposa ni a mi hija. Eso sería impensable para mí. Ayer perdí los nervios, eso fue todo.
– Me temo que eso no es todo, señor Armitage. A petición de su ex esposa, hemos conseguido una orden de alejamiento contra usted que le impide toda clase de contacto físico o verbal con Lucy o con Caitlin.
– No pueden impedirme ver a mi hija.
– Ya lo hemos hecho. Y debo informarle de que, si intenta contravenir la orden, si intenta ver a Caitlin o a Lucy, aunque sólo sea por teléfono, se arriesga a ser detenido y posiblemente encarcelado. ¿Le ha quedado claro, señor Armitage?
Colgué el teléfono de golpe. De nuevo, lo arranqué de la conexión. Pero esa vez no lo dejé a un lado: lo tiré al suelo y lo aplasté con el pie derecho. Cuando quedó hecho pedazos, me derrumbé en el sofá sollozando. Que se lo llevaran todo… pero a Caitlin no. No podían hacerme eso. No podían impedirme que la viera…, que hablara con ella. No podían.
Alguien golpeó la puerta con energía. Sin duda era algún vecino que había oído mi violento psicodrama con el teléfono y había decidido llamar a la policía. Pero no pensaba dejarme coger fácilmente. No pensaba abrir la puerta. Los golpes se hicieron más seguidos y más fuertes. Después oí una voz conocida.