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– ¿Entonces por qué no me lo contaste? ¿Por qué me dejaste creer que había desaparecido?

– Tú no hablabas de él. Creía que no querías. Nunca me preguntaste si sabía algo de él.

– No sabía que tuviera que preguntártelo.

James me miró, impotente.

– Creía que no querías saberlo.

No podía sorprenderme que pensara eso. Parecía que me conocía mejor de lo que yo creía.

– Yo no le pedí que se fuera.

James se quedó quieto, mirándome fijamente.

– ¿Qué?

– Yo no le pedí que se fuera -dije-. Yo quería que se quedara. Le pedí que se quedara.

James sacudió la cabeza y apoyó la mano en el marco de la puerta. La lluvia caía sobre nosotros.

– Pero tú dijiste…

– Quería que creyeras que fui yo quien puso fin a la relación. Pero fue él. Él se marchó. Yo quería que se quedara, pero él se marchó. Le dio lo mismo. Aunque eso ya no importa, ¿no? El asunto es que tú deberías haberme dicho que os seguíais viendo.

– Claro, sobre todo después de lo jodidamente sincera que has sido conmigo durante los últimos meses -dijo él-. Tú deberías haberme dicho que seguías poniéndote las inyecciones, Anne. Puede que las cosas hubieran sido distintas.

James cerró la boca nada más decir esto último. Me limpié el agua de los ojos, porque quería ver bien qué cara me ponía cuando respondiera a mi pregunta.

– ¿Distintas en qué sentido?

– No importa. Olvídalo. Ya está hecho. Los dos la jodimos.

– James -dije con la voz de un guerrero despiadado-. Si hubieras sabido que estaba tomando anticonceptivos y que no podría quedarme embarazada, ¿habrías cambiado las normas?

Me empujó para que me apartara, pero sólo tocó aire. Yo no me moví. La lluvia me iba trazando un reguero por la espalda.

– ¿Le habrías dicho que podía follarme?

– No quiero seguir hablando de esto.

– ¡James! ¿Habrías dejado que me follara de haberlo sabido?

– ¡No lo sé! -gritó-. De todos modos, ¿cómo sé que no ocurrió nunca? ¡Sé que hacíais cosas cuando yo no estaba! ¿Cómo sé que no estabais follado todo el día?

– ¡Porque te queremos! -exclamé yo. El viento arreció, llevándose mis palabras con él-. ¡Porque tú dijiste que eso no podíamos hacerlo, y los dos te queremos demasiado para hacerte daño! ¿Por qué crees que se marchó? ¿Por qué crees que lo dejé marchar? ¡Porque los dos te queremos, y yo también lo quiero a él, aunque sé que es lo más desastroso que he hecho nunca!

Era un desastre, pero yo lo había elegido. No podía seguir mirándolo. Atravesé corriendo la cubierta de madera y bajé al jardín. Resbalé sobre la hierba mojada y me caí sobre una rodilla, pero me levanté y corrí hasta la orilla arenosa. Había relámpagos y truenos que retumbaban a lo lejos, aunque se estaban acercando.

Me metí en el lago. El agua estaba muy fría para ser agosto. Me detuve con el agua por las rodillas y me mojé la cara, intentando borrar las lágrimas.

Me acordé de la amenaza de mi padre de meterse en el lago con los bolsillos llenos de piedras. De niña aquello me asustó hasta el punto de producirme pesadillas. Yo me imaginaba a mi padre, con el pelo flotando como si fueran algas, el rostro mordisqueado por los peces y los bolsillos llenos de piedras. A veces no era mi padre, sino yo. De adulta había reconocido que era una melodramática y manipuladora forma de llamar la atención, pero seguía soñando con que el peso de las piedras me impedía subir a la superficie.

O con cómo sería la sensación de ahogarse.

– ¡Anne!

El viento alejaba de mí la voz de James, pero aun así la oí.

No me giré. Volvió a gritar. Levanté el rostro hacía el cielo. Agua fría por arriba y agua fría por abajo.

– ¡Anne! ¡Sal de ahí!

Rayos. Truenos. No corría peligro de ahogarme con el agua por las rodillas, pero no era muy inteligente meterse en el agua en medio de una tormenta eléctrica. Me volví para mirar su silueta, que se recortaba contra la casa.

Nunca había estado desesperadamente enamorada de James. Nunca lo había amado sin reservas. Nunca había tenido miedo de perderlo y nunca me había abandonado a él por completo.

Saltó de la cubierta, atravesó el jardín y corrió hasta la playa. El agua golpeaba la superficie del lago y me molestaba en la cara, aunque ya la tenía mojada, James llegó y me agarró.

– ¡Sal de aquí! ¿Qué estás haciendo? ¿Estás loca?

– No -contesté, pero como no grité, James no me oyó entre el retumbar de los truenos.

James me arrastró hacia la orilla.

– ¡Vamos dentro!

Yo me moví, pero muy despacio. Tenía los pies entumecidos. Me sentía entumecida por completo. Me tambaleé y una ola me lamió los tobillos como un perrito amable. James me estaba ayudando a ponerme recta justo cuando otro rayo azulado recortaba el cielo. Un trueno sacudió el suelo segundos después. La carga eléctrica vibraba a nuestro alrededor. Sentía como un zumbido en los dientes y la boca me sabía como si hubiera chupado una pila.

James me ayudó y salimos del agua dando bandazos. La arena, húmeda y fría, me arañaba las plantas de los pies. La hierba estaba resbaladiza. Los rayos seguían iluminando el cielo. Aunque estaba empapada, sentía como si tuviera el vello y los cabellos erizados, en dirección al cielo. Los truenos eran tan ruidosos que me retumbaban los oídos y el golpeteo de la lluvia enmudecía por contraste aun después de que su sonido se extinguiera.

Entramos en la casa acompañados por otra salva de truenos y relámpagos. James cerró la puerta a nuestras espaldas. Nos quedamos mirándonos en silencio, chorreando en el suelo de la cocina.

Me rodeé el cuerpo con los brazos para protegerme del frío. Tuve que hacer un esfuerzo para evitar que me castañetearan los dientes, pero al final me rendí. Hacían mucho ruido.

Se fue la luz y al momento regresó. Al cabo de un segundo se fue de nuevo y no regresó. Un nuevo rayo iluminó la cocina, pero ninguno de los dos se movió.

Ya casi nunca nos encontramos totalmente a oscuras. Ni siquiera en las noches sin luna, porque siempre está la luz del microondas o del despertador para recordarte que hay algo después de la oscuridad. En aquel momento no había nada. El trazado de mi casa que tan bien conocía se había convertido en un campo de minas, listo para llevarse por delante pies y codos.

Oí el sonido de un cajón al abrirse. James había encontrado una linterna, la que se cargaba dándole vueltas a una manivela y no necesitaba pilas. Levanté una mano para protegerme de la luz, tan potente como la de los rayos.

– Vamos a secarnos -dijo James, tendiéndome la mano-. Ven conmigo.

El golpeteo de la lluvia contra el tejado sonaba mas fuerte en nuestra habitación que en la cocina. Estaba igual de oscura y James dejó la linterna en la cómoda para que iluminara la habitación. Yo encendí una vela que estaba sobre la cómoda. El aroma a lilas empezó a extenderse a nuestro alrededor.

Me quité la camiseta y la dejé en el suelo en un montón chorreante. Después hice lo mismo con los pantalones cortos y la ropa interior. Se estaba mejor desnuda. Los dientes ya no me castañeteaban. Se me habían endurecido los pezones, pero ya no tenía piel de gallina. Las toallas estaban en el cuarto de baño. Usé una y le tiré la otra a James.

Me sequé el pelo con la toalla todo lo que pude y después me lo peiné con los dedos. Tendría que echarme una generosa cantidad de acondicionador la próxima vez que me lavara el pelo. Me gustaba sentir el cosquilleo de las puntas en la espalda. Me envolví a continuación el cuerpo en la toalla y me la sujeté debajo de la axila. No es que me cubriera mucho, pues apenas me llegaba al pubis, pero daba gusto sentir el esponjoso tejido en la piel.

– ¿Vas a dejarme?

Deseé que me lo hubiera preguntado a oscuras, para que no pudiera verle la cara. No quería darme la vuelta, pero cuando me llamó por mi nombre, tuve que hacerlo.