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– Fe. -El predicador está declamando con una voz enronquecida por la oratoria, arenosa como un café con demasiado azúcar-. No tenían fe. Por eso eran una comunidad depravada. Por eso cayeron sobre los israelitas la peste, la deshonra y la derrota en la batalla. Abraham, el patriarca de la tribu, tuvo fe cuando alzó el cuchillo para sacrificar a su único hijo, Isaac. Jonás conservó la fe en el vientre de la ballena. Daniel tuvo fe en el foso de los leones. Jesús crucificado tuvo fe: preguntó al Señor por qué lo había abandonado pero, en el siguiente suspiro, se volvió hacia el ladrón de la cruz de al lado y le prometió a ese hombre, a ese hombre malvado, a ese «criminal reincidente», como dicen los sociólogos, que ese mismo día estaría con él en el Paraíso. Martin Luther King tuvo fe en Washington, en el National Malí, y en el hotel de Memphis donde James Earl Ray hizo del reverendo King un mártir; había ido allí para apoyar a los trabajadores del servicio de limpieza, que estaban en huelga, los más humildes de entre los humildes, los intocables que recogen nuestra basura. Rosa Parks tuvo fe en aquel autobús en Montgomery, Alabama. -El cuerpo del predicador se asoma por encima del atril, engrandecido, y su voz varía de tono como asaltado por un pensamiento repentino-. Se sentó en la parte delantera del autobús -dice cambiando de registro, como si estuviera de cháchara-. Eso fue lo que los israelitas no hicieron. Les dio miedo sentarse delante en el autobús. El Señor les dijo: «Ahí lo tenéis, justo detrás del conductor, el país de Canaán rebosante de leche y miel, ese asiento es para vosotros». Y ellos contestaron: «No, gracias, Señor, nos gusta sentarnos atrás. Estamos echando una partidita a los dados, nos vamos pasando una botella de Four Roses, tenemos nuestra pipa de crack, nuestra jeringuilla con heroína, nuestras novias menores de edad y drogadictas que paren hijos ilegítimos a los que abandonamos en una caja de zapatos en la planta de desperdicios y reciclaje de las afueras de la ciudad… No nos envíes a esa montaña, Señor. Con esos gigantes llevamos las de perder. Con Bull Connor y sus perros policía llevamos las de perder. Mejor nos quedamos en la parte de atrás del autobús. Es oscuro y acogedor. Se está bien aquí». -Recupera su timbre habitual y dice-: No seáis como ellos, hermanos y hermanas. Decidme qué necesitáis.

– Fe -apuntan tímidamente unas pocas voces, sin convicción.

– A ver si lo oigo otra vez, más alto. ¿Qué necesitamos todos?

– Fe. -Ahora la respuesta es al unísono. Incluso Ahmad pronuncia la palabra, pero de modo que nadie lo oye excepto la niña que está a su lado.

– Eso está mejor, pero no lo suficientemente alto. ¿Qué es lo que tenemos, hermanos y hermanas?

– ¡Fe!

– ¿Fe en qué? ¡A ver cómo lo decís, que tiemblen esos cananeos en sus grandes botas de piel de cabra! -¡Fe en el Señor!

– Sí, oh, sí -añaden voces sueltas. Aquí y allá sollozan algunas mujeres. Ahmad ve que a la madre, todavía joven y bonita, con la que comparte banco le relucen las mejillas.

El predicador no está dispuesto a que quede así.

– ¿El Señor de quién? -pregunta, y se responde con entusiasmo casi juvenil-: El Señor de Abraham. -Inspira-. El Señor de Josué. -Vuelve a inspirar-. El Señor del rey David.

– El Señor de Jesús -propone alguien desde el fondo de la vieja iglesia.

– El Señor de María -pregona una voz de mujer.

Y otra aventura:

– El Señor de Betsabé.

– El Señor de Séfora -grita una tercera. El predicador decide dejarlo ahí.

– El Señor de todos nosotros -brama, acercándose al micrófono como hacen las estrellas del rock. Se pasa un pañuelo blanco por la alta calva reluciente. Lo cubre una fina capa de sudor. El cuello de la camisa, antes almidonado, está ahora lacio. A su modo kafir, ha estado luchando contra los demonios, incluso contra los de Ahmad-. El Señor de todos nosotros -repite lúgubremente-. Amén.

– Amén -dicen muchos, aliviados, vaciados.

Se hace el silencio y después se oye el sonido circunspecto de pasos amortiguados en la alfombra, cuatro hombres trajeados marchan en dos filas por el pasillo para recoger unos platillos de madera mientras el coro, con un rumor imponente, se levanta y se dispone a cantar. Un tipo pequeño con túnica, que ha compensado su baja estatura hinchando su larga y rizada cabellera hasta convertirla en una enorme pelusa, alza los brazos en señal de que está listo a la vez que los hombres serios, con trajes de poliéster color pastel, toman los recipientes que el predicador les ha ofrecido y se despliegan, dos por el pasillo central y los otros dos por cada lateral. Esperan que el dinero vaya cayendo en los platos, cuyo fondo está forrado con fieltro para atenuar el ruido de las monedas. La inesperada palabra «impuro» vuelve del sermón: en su interior, Ahmad se estremece por haber pecado viniendo a presenciar cómo estos infieles negros oran a su no-Dios, a su ídolo de tres cabezas; es como ver sexo en público, escenas de carnes rosáceas atisbadas por encima de los hombros de chicos que hacen un mal uso de los ordenadores en clase.

Abraham, Noé: estos nombres no le son del todo ajenos a Ahmad. En la tercera sura, el Profeta afirmó: «Creemos en Dios y en lo que se nos ha revelado, en lo que se ha revelado a Abraham, a Ismael, a Isaac, a Jacob y a las tribus, en lo que Moisés, Jesús y los profetas han recibido de su Señor. No hacemos distinción entre ninguno de ellos». Las personas que le rodean también son a su manera Gente del Libro. «¿Por qué no creéis en los signos de Dios? ¿Por qué desviáis del camino de Dios a quien cree?»

El órgano eléctrico, que se ocupa de tocar un hombre cuya nuca asoma en rollitos de carne arrebujada, como formando un segundo rostro, deja ir un hilo de sonido, y después atiza una avalancha que cae como agua helada. El coro, con Joryleen en la primera fila, empieza a cantar. Ahmad sólo tiene ojos para ella, para su manera de abrir la boca tanto que puede verle la rosada lengua detrás de los dientes pequeños y redondos, como perlas semienterradas. «Oh, qué, amigo nos es Cristo», entiende que dicen las primeras palabras, lentamente, como si sacaran a rastras el peso de la canción de algún pozo de dolor. «¡Él sintió nuestra aflicción!» Los feligreses a espaldas de Ahmad responden a las letras con gruñidos de asentimiento y síes: conocen la canción, les gusta. Por el pasillo lateral un kafir, uno de los más altos, con un traje amarillo limón, llega con el platillo en una mano enorme, de nudillos colosales; en comparación con la mano, el cepillo parece un platito de café. Lo entrega a la fila donde se sienta Ahmad, éste lo pasa rápido, sin dejar nada; le da la sensación de que el plato intentara levantar el vuelo de su mano, tal es la sorprendente ligereza de la madera, pero él lo baja al nivel de la niña que tiene al lado, la cual alarga sus manos morenas e inquietas, ya no demasiado pequeñas, para tomarlo y seguir pasándolo. Ella, que lo ha estado mirando con brillantes ojos caninos, se le ha acercado un poco, de modo que su enjuto cuerpecito le toca, apoyándose en él tan suavemente que debe de pensar que no la nota. Ahmad, tenso, no hace caso, todavía se siente un intruso, y mira al frente como si quisiera leer los labios de los que cantan con túnicas. «Y nos manda que contemos», cree entender, «todo a Dios en oración.»

A Ahmad también le gusta rezar, la sensación de verter la voz queda de su cabeza en un silencio que aguarda a su lado, de verter una parte invisible de sí mismo en una dimensión más pura que la tridimensionalidad de este mundo. Joryleen le ha dicho que cantaría un solo, pero permanece en su hilera, entre una mujer mayor y gorda y una flaca del color de cuero seco. Todas tremolan levemente en sus lustrosas túnicas azules y mueven las bocas acompasadamente de modo que Ahmad no sabría decir qué voz es la de Joryleen, quien tiene la mirada fija en el director del pelo alborotado y ni por un momento la desvía hacia él, pese a que se ha expuesto al fuego del infierno al aceptar la invitación. Se pregunta si Tylenol estará entre la congregación depravada a sus espaldas; le dolió el hombro un día entero en la zona que Tylenol había apretado. «… Es porque no le ha dicho», canta el coro, «todo a Dios en oración.» Las voces conjuntadas de todas esas mujeres, con las más graves de los hombres de la hilera de arriba, tienen una calidad imponente y majestuosa, como un ejército que avanzara sin temor a los ataques. La diversidad de gargantas se funde en un único sonido orgánico, incontestable, quejumbroso, muy alejado de la voz solitaria del imán entonando la música del Corán, una música que penetra en los espacios de detrás de tus ojos y se hunde en el silencio de tu cerebro.