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Se incautaron decenas de vídeos con peleas de perros, combates entre perros y pumas e incluso combates entre perros y cerdos. Fueron arrestados los guardianes de una perrera donde, además de los animales, se encontraron armas y droga. Fueron denunciados, entre otros, un veterinario muy conocido, algunos criadores y tres individuos ya arrestados y condenados por asociación mafiosa y tráfico de estupefacientes. Naturalmente estaban en libertad por vencimiento del período de la condicional.

En fin, aquella mañana de finales de marzo tenía que empezar el proceso resultante de la operación dog fighting. La LCV (liga contra la vivisección) pensaba constituirse como acusación particular y me la había encargado a mí.

Sólo existían dos precedentes en los que se había admitido, en procesos por malos tratos a animales, la constitución de la LCV y de la liga en defensa del perro como acusación particular. No era en absoluto una cuestión irrelevante, así que había estado estudiando toda la tarde para encontrar argumentos convincentes que proponer al tribunal y para borrar de mi cabeza el encuentro con Abdou.

Como aquella mañana me presenté bien preparado y dispuesto a llevar a cabo mi trabajo de manera aceptable, el proceso fue pospuesto provisionalmente, por -decía la fórmula preimpresa- «excesivo trabajo del tribunal e imposibilidad de definir a fecha de hoy todos los procedimientos».

La suspensión era provisional, pero fue notificada después de que pasaran más de cuatro horas de audiencia. Y de espera.

O sea que el presidente del tribunal, hacia las 14.30, leyó la disposición y pospuso el proceso hasta diciembre, puesto que todos los imputados estaban en libertad y por lo tanto no había prisa.

Estaba acostumbrado. Me puse la gabardina, cogí la cartera y me dirigí a casa después de haber atravesado los juzgados completamente desiertos.

Recorría la calle Abate Gimna, en dirección de la calle Cavour, cuando oí que me llamaban desde atrás. Abogado, abogado, con acento indeterminado de tierra adentro.

Eran dos y parecían salidos de un documental sobre el vandalismo en los suburbios. El pequeño hablaba pegado a mí, mientras el grande estaba un metro atrás y me miraba con los párpados medio cerrados.

El pequeño era amigo de alguien -dijo el nombre- a quien yo conocía bien, porque había sido mi cliente.

El tono pretendía ser educado, casi diplomático. Dije que no me acordaba de él ni de su amigo y que si querían discutir cuestiones de trabajo podían acudir al despacho siempre que concertaran una cita.

No querían acudir al despacho y, según el pequeño, tenía que permanecer tranquilo. Muy tranquilo. El tono diplomático había durado poco.

Sabían que quería ejercer de acusación civil a favor de aquellos desgraciados de la LCV, pero sería mejor para todos que pensara en ocuparme sólo de mis asuntos.

Respiré profundamente con la nariz, al mismo tiempo dejé la cartera sobre el capó de un coche y pronuncié las dos sílabas que, desde que era niño, siempre habían precedido a los porrazos en la calle: «¿Si no?»

El pequeño me propinó un bofetón largo y torpe con la mano derecha. Lo detuve con la izquierda y casi al mismo tiempo lo golpeé con un derechazo al rostro. Cayó hacia atrás, empezó a blasfemar y le chilló al gordo que me rompiera el culo.

Era una bestia de metro noventa y como mínimo unos ciento veinte kilos, sobre todo en el estómago. Por la manera en que cubrió el espacio que nos separaba y se preparaba para el ataque comprendí que era zurdo. En efecto empezó por un tortazo con la izquierda, que probablemente era su mejor golpe. Si el puñetazo me hubiera llegado, probablemente habría hecho daño, pero el bestia se movía a cámara lenta. Lo detuve con el brazo derecho y, automáticamente, le golpeé el hígado con un gancho de izquierda; doblé con un directo a la barbilla.

El grandullón tenía la mandíbula de cristal. Permaneció un instante quieto, de pie, con una extraña expresión de estupor. Después se desplomó.

Resistí el impulso de darle una patada en la cara. O de insultarlo; o de insultarlos a los dos.

Cogí la cartera y me fui mientras notaba cómo la sangre empezaba a palpitar, violenta, en las sienes. El pequeño había dejado de blasfemar.

Giré en la esquina, anduve una manzana y luego me detuve. No me seguían. Nadie me seguía y, al ser las tres de la tarde, la calle estaba desierta. Apoyé la cartera, levanté las manos delante de la cara y vi como temblaban de lo lindo, y la derecha empezaba a dolerme.

Permanecí así algunos segundos, luego sacudí los hombros, noté aflorar en la comisura de los labios una especie de sonrisa infantil y tomé de nuevo el camino hacia casa.

8

Al día siguiente encontré el coche con las cuatro ruedas rajadas y una raya -hecha con un cuchillo o un destornillador- que abarcaba toda la carrocería.

Más que enfadarme por el desperfecto, experimenté una sensación de humillación. Me puse a pensar en lo que siente alguien que, al regresar a casa, se lo encuentra todo revuelto porque le han robado. A continuación me puse a pensar en todos los ladrones de casas que había defendido y a quienes había logrado absolver.

Al final pensé que el cerebro se me estaba desintegrando y que daba pena. De modo que, afortunadamente, abandoné las especulaciones morales e intenté ser más bien práctico.

Llamé a un cliente mío con cierta fama entre el hampa de Bari y provincia. Vino a mi despacho y le conté lo sucedido, incluida la historia de los porrazos. Dije que no tenía ganas de ir a la policía o a los carabineros, pero que no debían obligarme a hacerlo. Por mí, quedábamos en tablas. Yo me pagaba los desperfectos del coche y ellos, quienquiera que fueran, se tragaban los golpes y me dejaban hacer mi trabajo en paz.

Mi cliente dijo que tenía razón. También dijo que ellos me tenían que reparar el coche y ponerme unas ruedas nuevas. Dije que el coche lo reparaba yo y que no quería las ruedas.

Pensé que tampoco me interesaba una denuncia por receptación, teniendo en cuenta que las ruedas no se las irían a comprar a un vendedor autorizado. Pero eso no lo dije.

Sólo quería que cada uno estuviera en su sitio y que nadie le tocara los cojones a los demás. Él no insistió, y asintió en señal de respeto. Un respeto distinto del que normalmente se profesa a un abogado.

Dijo que al cabo de dos días me diría algo.

Cumplió su palabra. Vino al despacho después de dos días y me dio un nombre importante en determinados ambientes. Aquella persona me hacía saber que se excusaba por lo ocurrido. Había sido un accidente -en realidad dos accidentes, pensé yo, pero no nos detengamos en los detalles- que no se repetiría más. Además él estaba a mi disposición si yo necesitaba alguna cosa.

La historia acabó así.

Aparte de los dos millones que tuve que soltar para reparar el coche.

Algunos días más tarde descubrí quién era el nuevo inquilino de mi edificio. La nueva inquilina.

A eso de las nueve y media de la noche, justo cuando había regresado a casa del gimnasio y me disponía a descongelar dos pechugas de pollo, cocinarlas a la plancha y a preparar una ensalada. Sonó el timbre.

Pasé algunos segundos preguntándome qué sería. Luego me pasó por la cabeza el hecho de que debía de tratarse del timbre de casa y mientras me dirigía a la puerta pensé que aquélla debía ser la primera vez que alguien lo tocaba, desde que vivía allí. Me invadió una punzada de tristeza y después abrí.

Finalmente encontraba a alguien en casa. Era la cuarta vez que llamaba, pero nunca había nadie. ¿Vivía solo, verdad? Ella era la nueva inquilina y vivía en el quinto piso. Se había presentado a todos los demás que vivían en el edificio, yo era el último. Se llamaba Margarita. Margarita, y no logré comprender el apellido.