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Alargó la mano atravesando el límite invisible de la puerta. Tenía una hermosa mano masculina, grande y fuerte.

Algunas mujeres -y especialmente algunos hombres- estrechan la mano con fuerza, pero enseguida te das cuenta de que se trata de una exhibición. Quieren aparentar que son personas decididas y sinceras, pero la fuerza sólo está en los músculos de la mano y del brazo. Quiero decir: no viene de dentro. Algunos pueden incluso estrujar, pero es como si hicieran culturismo.

Otras personas, pocas, cuando te estrechan la mano revelan que hay algo detrás de los músculos. Aguanté su mano tal vez algún segundo más de lo debido, pero ella siguió sonriendo.

Después le pregunté torpemente si quería entrar. No, gracias, sólo había pasado para presentarse. Regresaba a casa justo en aquel momento después de toda una jornada fuera. Tenía muchas cosas que hacer después del traslado. Cuando todo estuviera en su sitio, me invitaría a tomar un té.

Desprendía un buen olor. Una mezcla de aire fresco, seco y limpio, de perfume masculino y de cuero.

– No esté triste -dijo dirigiéndose hacia las escaleras.

Así.

Cuando desapareció me di cuenta de que en realidad no la había mirado. Entré en casa, entrecerré los ojos e intenté reproducir su cara en mi mente, pero no lo conseguí. No sabía si habría sido capaz de reconocerla por la calle.

En la cocina, las pechugas de pollo se habían descongelado, en el microondas. Yo, sin embargo, ya no tenía ganas de cocinarlas simplemente a la parrilla, así que abrí un libro de recetas que tenía en la cocina sin haberlo usado nunca.

Albóndigas de pollo sabrosas. Esto iba bien. Quiero decir el nombre. Leí la receta y me alegré de ver que disponía de los ingredientes.

Antes de empezar abrí una botella de Salice Salentino, lo probé y luego busqué un CD para escuchar mientras cocinaba.

White ladder.

Puse en marcha el ritmo sincopado de Please Forgive Me y luego, casi enseguida, llegó la voz de David Gray. Me quedé escuchando cerca de los altavoces hasta que llegó la parte de la canción que me gustaba más.

I won't ever have to lie

I won't ever have to say goodbye

Every time I look at you

Every time I look at you.

Entonces regresé a la cocina y me puse manos a la obra.

Herví el pollo y lo piqué, junto con cien gramos de jamón dulce que estaba en la nevera desde hacía varios días. Luego lo puse todo en una escudilla con un huevo, parmesano rallado, nuez moscada, sal y pimienta negra. Lo mezclé, primero con una cuchara de madera y luego con las manos, tras haber añadido pan rallado. Hice albóndigas del tamaño de un huevo y las pasé por otro huevo que había batido con sal y un poco de vino. Las rebocé en pan rallado al que había añadido una pizca de nuez moscada y las hice crepitar en aceite de oliva, a fuego moderado.

Envolví las albóndigas -que desprendían muy buen olor- en papel absorbente y preparé una ensalada con vinagre balsámico. Puse la mesa, con mantel, platos de verdad, cubiertos de verdad y, antes de ponerme a comer, fui a cambiar el CD.

Simon and Garfunkel. The concert in Central Park.

Apreté el botón skip hasta la canción número dieciséis. The boxer.

La escuché toda de pie, hasta la última estrofa. Mi preferida.

In the clearing stands a boxer and a fighter by his trade

And he carries the remainders

of every globe that laid him down

or cut him, till he cried out

in his anger and his shame

I'm leaving, I'm leaving

But the fighter still remains

Just still remains.

Luego apagué el estéreo y fui a comer.

Las albóndigas estaban muy buenas. También la ensalada, y el vino era perfumado y creaba reflejos en el vaso. No estaba triste, aquella noche.

9

– El hecho es que hemos querido el proceso a la americana, pero nos falta la preparación de los americanos. Nos faltan las bases culturales para el proceso de acusación. Mirad las pruebas y las contrapruebas que se realizan en los procesos americanos o ingleses. Y luego mirad los nuestros. Ellos son expertos y nosotros no. No lo seremos nunca porque nosotros somos hijos de la contrarreforma. Uno no se puede rebelar contra el propio destino cultural.

Hablaba así, durante la pausa de un proceso en el que éramos codefensores, el abogado Cesare Patrono. Príncipe del foro. Millonario y masón.

Le había oído expresar aquel concepto en más de un centenar de ocasiones desde que, en 1989, había entrado en vigor el nuevo código de enjuiciamiento penal.

Quedaba sobreentendido que los demás eran los inexpertos. Los demás abogados -evidentemente él no- y especialmente los fiscales.

A Patrono le gustaba hablar mal de todo y de todos. En las conversaciones de pasillo -pero también durante las audiencias- le gustaba humillar a los colegas y, especialmente, le gustaba intimidar o hacer sentirse incómodos a los magistrados.

Por algún misterioso motivo yo le caía simpático, siempre había sido cordial conmigo y a veces se asociaba conmigo para sus defensas. Lo que significaba un buen negocio, desde el punto de vista económico.

Apenas había acabado de expresar su punto de vista sobre el sistema penal actual cuando salió de la sala de la audiencia, todavía con la toga en los hombros, Alessandra Mantovani, fiscal sustituía de la República.

Era de Verona y había pedido ser trasladada a Bari para estar con un novio. En Verona había dejado a un marido rico y una vida muy cómoda.

Cuando se había trasladado, el novio la había abandonado. Le había dicho que él necesitaba su espacio, que las cosas entre ellos habían funcionado bien, hasta aquel momento, gracias a la distancia, que evitaba el aburrimiento y la rutina. Que necesitaba tiempo para reflexionar. Bien, todo el repertorio clásico de las cabronadas.

Mantovani se había encontrado en Barí, sola, con los puentes cortados a sus espaldas. Se había quedado sin hacer dramas.

Me gustaba mucho. Era como debería ser un buen fiscal, o un buen policía, que es más o menos lo mismo.

En primer lugar, era inteligente y honesta. Después, no le gustaban los delincuentes -de cualquier tipo-, pero no pasaba su tiempo atormentándose y pensando que la mayoría de ellos se salía con la suya. Sobre todo: cuando se equivocaba era capaz de reconocerlo, sin lamentarse.

Nos habíamos hecho amigos, o algo parecido. Lo bastante, en fin, como para ir a comer juntos a veces y contarnos algo de nuestras historias. No lo bastante para que sucediera algo, por más que nuestra presunta relación era uno de los numerosos chismorreos que circulaban por los juzgados.

Patrono detestaba a Mantovani. Porque era mujer, porque era fiscal y porque era más inteligente y más dura que él. Si bien, obviamente, no lo habría admitido nunca.

«Oiga, señora -llamaba señora, ni doctora ni jueza, a las mujeres magistrado para que se pusieran nerviosas y se sintieran incómodas-, oiga este chiste. Es muy nuevo, gracioso de verdad.»

Mantovani se acercó algunos pasos y le miró a los ojos, inclinando la cabeza de lado, sin decir una palabra. Ligero gesto de conformidad -intenta explicarlo tú, este chiste- y sombra de una sonrisa. No era una sonrisa cordial. La boca se había movido pero los ojos estaban inmóviles. Y fríos.

Patrono explicó su chiste. No era muy nuevo, ni siquiera nuevo.

Era el del joven de buena familia que habla con un amigo y le dice que se va a casar con una ex prostituta. El joven le explica al amigo que para él no es un problema la anterior profesión de su prometida. Ni siquiera son un problema los parientes de la prometida, que son traficantes, ladrones y chulos. Todo parece ir de la mejor manera, pero el joven le confiesa a su amigo que tiene una única, grave preocupación. ¿Cuál? -le pregunta el otro.