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Cómo decirle a los padres de la novia que su padre es un magistrado.

Patrono se rió él solo. Yo estaba incómodo.

– Yo también sé uno muy bueno. Es de animales -dijo la Mantovani.

– Están Culebra y Zorra que van de paseo por el bosque. De repente empieza a llover y los dos, para protegerse, se meten -por dos entradas distintas- en una galería subterránea. Empiezan a recorrer la galería -donde hay una oscuridad total-, uno en dirección al otro hasta que se encuentran. Más bien se desafían, arreándose el uno contra el otro.

La galería es muy estrecha y no permite pasar cómodamente a los dos. Para que pase uno, el otro se debe arrimar a la pared, y con ello ceder el paso.

Ninguno de los dos quiere, sin embargo, ceder el paso y empiezan a pelearse.

«Apártate y déjame pasar.»

«Apártate tú.»

«Quién te crees que eres.»

«¿Quién eres tú?»

«Dime antes quién eres tú.»

«No, querido, dime primero quién eres tú.» Y así en este tono sin parar.

Bueno, la situación parece estar en un punto crítico y ninguno de los dos sabe cómo salir de ella, también porque ninguno de los dos quiere tomar la iniciativa de atacar al otro, al no saber con quién se las ha de ver.

– Zorra tiene entonces una idea: «Oye, es inútil que sigamos peleándonos, porque de esta manera permaneceremos aquí dentro todo el día. Hagamos un juego para resolver la situación. Yo ahora estoy quieto, tú me tocas e intentas adivinar quién soy. Luego tú estás quieto, yo te toco e intento adivinar quién eres. Quien descubra la identidad del otro gana y puede pasar primero. ¿Qué dices?»

«De acuerdo», dice Culebra, «puede ser una idea. De acuerdo, pero empiezo yo».

Y así Culebra, moviéndose sinuosamente, empieza a tocar a Zorra.

«Veamos, qué orejas largas, puntiagudas que tienes, qué hocico afilado, qué pelo suave, qué gran cola… ¡tú tienes que ser Zorra!»

Un poco molesto Zorra se ve obligado a reconocer que el otro ha acertado.

«Ahora me toca a mí, porque si acierto acabaremos empatados y tendremos que encontrar otra manera para decidir quien pasa.»

Y empieza a tocar a Culebra, que mientras tanto se ha tumbado en el suelo de la galería.

«Qué cabeza tan pequeña que tienes, no tienes orejas, eres resbaladizo, largo. ¡¿No tienes cojones?!»

«¿Y no serás por casualidad un abogado?»

Rió en silencio entrecerrando los ojos. También Patrono intentó reír, pero no lo logró. Hizo una especie de mueca forzosa, intentó decir algo pero sin éxito. No sabía perder.

Mantovani se quitó la toga de los hombros, dijo que iba a su despacho, que nos veríamos al reanudarse la audiencia y se marchó.

De vez en cuando, un hombre de verdad. Pensé.

10

Pasó algún día más y luego llegó la llamada de Abagiage.

Necesitaba verme. Enseguida.

Dije que podía venir el mismo día, a las ocho de la tarde, hora de cierre de la oficina. Así podríamos hablar con más calma.

Llegó con casi media hora de retraso y eso me asombró: no correspondía a la imagen que me había forjado de ella.

Oí sonar el timbre cuando ya estaba pensando en marcharme.

Atravesé el despacho desierto, abrí y la vi. En medio del rellano, con la luz apagada.

Entró arrastrando una caja. Había libros y unas pocas cosas de Abdou, entre ellas un sobre con algunas decenas de fotografías.

Dije que podíamos ir a hablar a mi despacho y ella me indicó que no con la cabeza. Tenía prisa. Permaneció allí, a un metro de la puerta y abrió la bolsa, sacando un fajo de billetes similar al de la primera vez que había venido a mi oficina.

Me dio el dinero y sin mirarme a los ojos empezó a hablar rápidamente. Esta vez se notaba el acento. Fuerte como un olor.

Tenía que marcharse. Tenía que regresar a Assuan. Estaba obligada, estaba obligada -dijo- a regresar a Egipto.

Pregunté cuándo y por qué, y la explicación se hizo confusa. Cortada a veces por palabras que no comprendía.

Hacía más de una semana había hecho el examen de final de curso. En teoría, habría tenido que marcharse inmediatamente; además el resto de los becarios ya se habían ido.

Se había quedado, solicitando una prórroga de la beca, exponiendo que debía profundizar en algunos estudios. La prórroga no había sido concedida y el día anterior había llegado un fax, de su país, en el que le notificaban que debía regresar. Si no lo hacía enseguida, perdería su puesto de funcionaría en el ministerio de agricultura.

No tenía elección, dijo. Si se quedaba no podría ayudar a Abdou. Sin dinero y sin trabajo.

Sin una casa, visto que le habían dicho que tenía que dejar libre la habitación en la residencia cuanto antes.

Iría a Nubia e intentaría conseguir un período de excedencia. Haría lo imposible para regresar a Italia.

Había recogido todo el dinero que había podido para pagar la defensa de Abdou, es decir, a mí. Eran casi tres millones. Tenía que hacer el máximo, todo lo posible para ayudarle.

No, Abdou no lo sabía todavía. Se lo diría al día siguiente, durante la visita.

De todas maneras -repitió, demasiado rápido y sin mirarme- haría el máximo para regresar pronto a Italia.

Ambos sabíamos que no era verdad.

Maldición, pensé. Maldición, maldición, maldición.

Tenía ganas de insultarla porque me dejaba solo con aquella responsabilidad.

Yo no la quería, aquella responsabilidad.

Tenía ganas de insultarla porque me reflejaba en su inesperada mediocridad y en su cobardía. Y me reconocía con una claridad insoportable.

Me acordé de aquella vez en la que Sara había hablado de la posibilidad de tener un hijo. Era una tarde de octubre y yo dije que no creía que hubiera llegado todavía el momento. Ella me miró y asintió sin decir nada. Nunca más habló de ello.

No insulté a Abagiage. Oí sus explicaciones sin decir nada.

Cuando terminó se fue retrocediendo, como si tuviera miedo de darme la espalda.

Yo permanecí de pie en el umbral, cerca de la caja de cartón con las cosas de Abdou, el fajo de billetes en la mano. Luego cogí el teléfono que estaba en el escritorio de mi secretaria y sin pensarlo marqué el número de Sara, que antes también era mi número.

Sonaron cinco timbrazos y luego contestaron.

La voz era nasal, más bien joven.

– ¿Sí? -el tono era el de alguien que está en su casa. Quizás acababa de regresar del trabajo, cuando había sonado el teléfono se estaba quitando la corbata y mientras contestaba se quitaba la americana y la echaba sobre el sofá.

Inexplicablemente no colgué.

– ¿Está Estefanía?

– No, mire, aquí no hay ninguna Estefanía, se ha equivocado de número.

– Oh, perdóneme. ¿Podría decirme a qué número he llamado?

Me lo dijo y yo lo escribí, también. Para estar seguro de haber comprendido bien.

Miré detenidamente aquel trozo de papel, mientras mi cerebro daba vueltas inútilmente alrededor de una voz nasal, sin rostro, que contestó el teléfono de mi casa.

11

– Ha sido una película muy buena, esta noche. ¿Cómo se llaman los actores?

– Harry es Billy Cristal. Sally, Meg Ryan.

– Espera, ¿cómo era la frase… aquella del sueño de las olimpíadas?

– He vuelto a tener aquel sueño. Estoy haciendo el amor y los árbitros olímpicos observan. He llegado a la final. El árbitro canadiense me da un 9, el americano un 10, y mi madre, disfrazada de árbitro de Alemania del Este, me da un 3.

Ella empezó a reír. Cuánto me gustaba su risa, pensé.

La risa es importante porque no se puede fingir. Para comprender si uno es auténtico o es falso el único sistema seguro es mirar -y escuchar- su risa. Las personas que de verdad merecen la pena son las que saben reír.

Me sacudió tocándome el brazo.