– Dime tus tres películas preferidas.
– Carros de fuego, El gran miércoles, Picnic en Hanging Rock.
– Eres el primero que contestas así… rápidamente. Sin pensar.
– Ésta de las películas preferidas es una pregunta que yo hago siempre. Se puede decir, pues, que estaba preparado. ¿Las tuyas?
– La primera es Blade Runner. Absolutamente.
– «He visto cosas que vosotros, humanos, no podríais imaginar. Naves de guerra en llamas ante los baluartes inexpugnables de Orión. Y he visto los rayos beta relampaguear en el vacío cerca de las puertas de Tannhäuser. Y todos aquellos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es-tiempo-de-morir. Time-to-die.»
– Bravo. La pronuncia exactamente así. Es-tiempo-de-morir. Separando las palabras. Y después deja volar a la paloma.
Asentí y ella continuó hablando.
– Te digo otras películas. American Graffiti y Manhattan. Quizá mañana diga otras dos -Blade Runner siempre está-, pero hoy son éstas. Cuántas veces he dicho Metropolis, por ejemplo.
– ¿Por qué hoy son éstas?
– No lo sé. Va, ¿seguimos jugando?
– De acuerdo. Juguemos este otro juego. Llega un extraterrestre a nuestro planeta y tú debes ofrecerle un ejemplo de lo mejor que hay en la tierra, para convencerle de quedarse. Tienes que darle un objeto, un libro, una canción, una frase y, bueno, había también una película pero ya la hemos dicho.
– Me gusta. La frase ya la conozco. Es de Malraux: «La patria de una persona que puede escoger es allá donde llegan las nubes más vastas».
Permanecimos un instante en silencio. Cuando ella estaba a punto de seguir la interrumpí.
– Tienes que hacerme un favor. ¿Quieres?
– Sí. ¿Qué favor?
– Si te enamoras perdidamente de mí, querría que lo dijeras enseguida. No te fíes de mi intuición. Por favor. ¿De acuerdo?
– De acuerdo. ¿Vale también para mí?
– Sí. Ahora dime las demás cosas para el marciano.
– El libro es El joven Holden. Para la canción tengo muchas dudas. Because the night, de Patti Smith. O tal vez Suzanne, de Leonard Cohen. O Ain't no cure for love, también de Leonard Cohen. No lo sé, una de éstas. Quizá.
– ¿El objeto?
– La bicicleta. Ahora dime los tuyos.
– La frase en realidad es un intercambio de sentencias. De En el camino. Dice así: «Tenemos que irnos y no detenernos hasta que no hayamos llegado». Contesta el otro: «¿A dónde vamos, amigo?» «No lo sé pero tenemos que ir.»
– El libro.
– Posiblemente no lo conozcas. El estudiante extranjero. Es de un escritor francés…
– Lo he leído. Es aquél del chico francés que va a estudiar a una universidad en Estados Unidos, en la década de 1950.
– No lo conoce nadie, ese libro. Tú eres la primera. Qué extraño.
Sus ojos relampaguearon un instante en la oscuridad del coche, como hojas de cuchillos.
Estábamos aparcados en el arrecife, casi al borde del mar de Polignano. Fuera era febrero y hacía mucho frío.
Dentro del coche no. Dentro del coche, aquella noche, parecía estar al resguardo de todo.
– Estoy contenta de haber salido contigo, esta noche. Quería llamarte para decirte que no tenía ganas. Después pensé que ya debías de haber salido de casa y que de todas formas me comportaba como una maleducada. Entonces me dije: vamos al cine y luego le pido que me acompañe a casa y voy pronto a la cama.
– ¿Por qué ya no querías salir?
– Ahora no tengo ganas de hablar. Sólo quería decirte que estoy contenta de haber salido. Y estoy contenta de no haberte pedido que me acompañaras a casa al salir del cine. Ahora juguemos. Me gusta. Dime la canción y el objeto.
– El objeto es la pluma estilográfica. La canción es Pezzi di vetro.
– ¿Puedo decir una cosa sobre el libro?
– ¿Sí?
– No estoy ya segura de El joven Holden.
– ¿Quieres cambiar?
– Quizá sí. El principito. Me parece más idóneo, quizá. ¿Qué le dice el zorro al principito cuando quiere que lo amaestre?
– «Los campos de trigo no me recuerdan nada. Y esto es triste. Pero tú tienes los cabellos color de oro. Entonces será maravilloso cuando me hayas amaestrado. El trigo, que es dorado, me hará pensar en ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.»
Ella me miró. En sus ojos había estupor infantil. Era muy hermosa.
– ¿Cómo logras sabértelo todo de memoria?
– No lo sé. Siempre ha sido así. Si una cosa me gusta, con leerla u oírla una sola vez ya tengo bastante y me acuerdo. El principito lo he leído en cambio muchas veces. Así no tiene mucho mérito.
– En tu opinión, ¿cuál es la cualidad más importante en una persona?
– El sentido del humor. Si tienes sentido del humor -no la ironía, o el sarcasmo, que son otra cosa-, no te tomas en serio. Y entonces no puedes ser malo, no puedes ser estúpido y no puedes ser vulgar. Si lo piensas, lo comprendes casi todo. ¿Conoces a personas con sentido del humor?
– Pocas. En cambio he encontrado a muchas -hombres especialmente- que se tomaban muy en serio.
Tuvo un momento de duda, pero luego prosiguió.
– Mi novio es uno de ésos.
– ¿Qué hace tu novio?
– Es ingeniero.
– ¿Una persona seria?
– No. Él es capaz de hacerte reír, es simpático. Quiero decir: es inteligente, suelta frases divertidas, y cosas por el estilo. Pero sólo es capaz de bromear sobre los demás. Sobre sí mismo es tremendamente serio. No, no tiene sentido del humor.
Se detuvo y a continuación prosiguió.
– Me gustaría que tú tuvieras sentido del humor.
– También a mí me gustaría poder tenerlo. Para decir la verdad, teniendo en cuenta lo que has dicho, para tenerlo vendería a mi madre y a mi padre a los caníbales. Siempre sin tomarme en serio, por supuesto.
Ella rió de nuevo y luego seguimos hablando así, en el coche, que nos protegía del viento y del exterior. Durante horas.
Ya habían pasado las cuatro de la madrugada cuando nos dimos cuenta de que teníamos que regresar.
Llegamos a su casa, en el centro, cuando el cielo empezaba a clarear.
– Si mañana piensas que todavía tienes ganas de salir conmigo, llámame. Si me llamas te regalo un libro.
Sara me tomó la barbilla entre sus dedos y me dio un beso en los labios. Luego, sin decir nada, salió del coche. Tras unos segundos había desaparecido detrás de un portal de madera reluciente.
Yo me propiné dos pequeños puñetazos en la cara, en un lado y en el otro. Luego puse en marcha el coche y me fui, con la música a todo volumen.
Diez años después estaba solo en mi despacho desierto, con los recuerdos y su melodía lancinante.
Desde hacía mucho tiempo ya no era capaz de aprender de memoria -oyéndolas o leyéndolas una sola vez- las canciones, las frases de los libros y de las películas.
Entre todas las cosas desaprovechadas también estaba aquélla.
Entonces tuve que ir a casa, esperando que entre los libros que había cogido y llevado conmigo estuviera El principito. Porque a aquella hora no había librerías abiertas, y yo tenía prisa, y no podía esperar a la mañana siguiente.
Estaba. Fui a las últimas páginas, cuando el principito está a punto de ser mordido por la serpiente y saluda a su amigo aviador.
«Tú, tú tendrás unas estrellas como nadie ha tenido. Cuando mires al cielo, de noche, dado que yo viviré en una de ellas, dado que yo reiré en una de ellas, entonces para ti será como si todas las estrellas rieran. Tú tendrás, tú solo, ¡estrellas que saben reír! Y cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contento por haberme conocido. Siempre serás mi amigo. Tendrás ganas de reír conmigo. Y a veces abrirás la ventana así, por placer. Y tus amigos estarán atónitos cuando te vean reír mirando el cielo. Entonces tú dirás: ¡Sí, las estrellas siempre me hacen reír!, y pensarán que estás loco.»