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Yo tenía poco que decir, porque en un proceso como aquél no había, obviamente, ninguna posibilidad de libre absolución en la audiencia preliminar.

Y entonces, simplemente, dije que no teníamos observaciones sobre la petición de apertura de juicio.

Luego la jueza leyó el acta.

El juicio contra Abdou Thiam, nacido en Dakar, Senegal, el 4 de marzo de 1968, por las acusaciones de secuestro de persona y homicidio con agravantes quedaba fijado para el 12 de junio, en la Audiencia Provincial de Bari.

TERCERA PARTE

1

Regresaba a casa, del despacho. Pensaba que habría tenido que hacer la compra para evitar comer fuera una vez más cuando oí una voz de mujer, ligeramente gutural, a mi espalda.

– ¿Puede ayudarme, por favor? Estoy a punto de caerme.

Mi vecina Margarita. Era impresionante que no se hubiese caído ya al suelo. Llevaba una cartera repleta, numerosas bolsas de plástico llenas de comida y un tubo largo para llevar dibujos del tipo que usan los arquitectos.

La ayudé, en el sentido de que cargué con toda la compra. Así que empezamos a andar juntos.

– Menos mal que me he encontrado con usted. Hace una semana estaba más o menos en la misma situación y me encontré con aquel profesor anciano, Costantini, que se ofreció para ayudarme. Le di las bolsas, y él, después de recorrer la primera manzana, estuvo a punto de tener un infarto.

Sonreí con un aire vagamente idiota. Evidentemente, habría tenido que saber quién era ese profesor Costantini.

– ¿Quién es el profesor Costantini?

– El que vive en el segundo piso, en nuestro edificio. Perdone, pero ¿usted desde cuándo vive allí?

Pensé que vivía en aquel edificio desde hacía más de un año. No conocía el nombre de ninguno de los inquilinos.

– Vivo allí desde hace un año, más o menos.

– Bien, felicidades, usted debe de ser un tipo sociable. ¿Qué hace, duerme de día y de noche deambula con un chándal, una capa y una máscara para librar a la ciudad de los criminales?

Le dije que era abogado, y ella -tras hacer una pequeña mueca- me dijo que ella también, mucho tiempo atrás, parecía destinada a ser abogada. Había hecho las prácticas, había aprobado los exámenes y se había inscrito en el colegio, pero luego había cambiado de rumbo. Completamente. Ahora trabajaba en publicidad y otras cosas. Pero -acordamos- de algún modo éramos colegas, de modo que nos podíamos tutear. Dijo que eso la hacía sentirse más cómoda.

– Yo siempre he tenido problemas con el usted. No me sale espontáneamente, tengo que esforzarme. Intentaron enseñarme hace algunos años que una chica bien no habla de tú a los desconocidos, pero yo siempre he tenido mis dudas sobre el hecho de ser una chica bien. ¿Y tú?

– ¿Si no estoy seguro de ser una chica bien? Efectivamente, alguna duda la tengo.

Sonrió brevemente -como un gorgoteo- antes de volver a hablar.

– Se ve que tienes dudas, en general. Siempre tienes un aire… no sé, no encuentro la palabra idónea para definirlo. Como si estuvieras considerando las preguntas y las respuestas te gustaran poco. O no te gustaran en absoluto.

Me giré para mirarla, ligeramente sorprendido.

– Dado que ésta es la segunda vez que nos vemos, ¿puedo saber en qué se basa ese diagnóstico?

– Es la segunda vez que tú me ves. Yo te he visto al menos cuatro o cinco veces desde que he venido a vivir a este edificio. Dos veces nos hemos cruzado por la calle y literalmente ni me has visto. Hasta el punto de que no me ha apetecido saludarte. No ha sido agradable para mi vanidad, pero tú estabas en otra parte.

Caminamos en silencio algunas decenas de metros. Fue ella quien volvió a hablar.

– ¿He dicho algo que no esté bien?

– No. Pensaba en lo que has dicho. Me preguntaba si era tan evidente.

– No es tan evidente. Es que yo soy hábil.

Habíamos llegado al portal de casa. Entramos y subimos juntos el pequeño tramo de escaleras que conducía al ascensor. Me disgustaba que hubiera llegado el momento de despedirnos.

– Has conseguido despertar mi curiosidad. ¿Ahora qué debo hacer para tener un asesoramiento más detallado?

Lo pensó algunos segundos. Estaba decidiendo.

– ¿Eres de los que malinterpretan las cosas si los invita a cenar una chica que vive sola?

– Antes yo era un profesional del equívoco, pero ahora lo he dejado, creo. Espero.

– Entonces: si no malinterpretas y no estás ocupado esta noche a mí me iría bien.

– Esta noche a mí también me va bien. ¿Estás en el sexto o en el séptimo?

– En el séptimo. Tengo una terraza. Una pena que de noche haga demasiado fresco, si no, habríamos podido estar fuera. De acuerdo, ¿entonces a las nueve?

– Sí. ¿Qué he de traer?

– Vino, si eres bebedor, porque yo no tengo.

– De acuerdo. Hasta luego.

– ¿No subes en ascensor?

– No, no, subo a pie.

Me miró un instante sin decir nada, con aire ligeramente interrogativo, luego asintió, cogió sus compras y me saludó.

No me acuerdo de nada concreto de lo que hice en el despacho aquella tarde, pero recuerdo la sensación de levedad. Una sensación que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.

Me sentía como en las tardes de mayo de los últimos años del instituto.

Ya casi no se iba más a la escuela. Iban aquellos que tenían que recuperar los suspensos y debían ser examinados. Y pocos más.

Para todos nosotros eran los primeros días de vacaciones, y eran los mejores. Porque eran ilegales, en cierta medida. Según las normas, teníamos que seguir asistiendo a clase, pero no lo hacíamos. Eran días robados, uno tras otro, al calendario de la escuela y devueltos a la libertad.

Tal vez por aquel motivo había aquella electricidad, aquella extraña tensión cargada de expectativa en las tardes de mayo en equilibrio entre la escuela y los misterios del verano.

Algo estaba a punto de ocurrir -tenía que ocurrir- y nosotros lo sentíamos. Nuestro tiempo se tensaba como un arco, presto para lanzarnos quién sabe dónde.

Aquella tarde me sentía así, como en aquellos grafitos de mi adolescencia.

Salí hacia las siete y media y fui a una bodega para comprar el vino. No sabía lo que íbamos a comer ni cuáles eran los gustos de Margarita, así que no podía llevarme sólo vino tinto, como me habría parecido natural. No me gusta el vino blanco.

Entonces cogí uno de Manduria y, para quedar como un provinciano, un blanco californiano de Napa Valley.

Tras escoger el vino me sobraba tiempo y entonces fui a pasear por la calle Sparano.

Veía a toda la gente que caminaba a mi alrededor y me parecía percibir una suspensión del tiempo.

El aire parecía atravesado por un sentido de dulce melancolía y de algo más, que no lograba captar del todo.

Llegué a casa a las nueve menos cuarto, me duché y me vestí. Pantalones de marca claros, camisa vaquera, zapatos ligeros de piel suave.

Cerré la puerta aguantando con la otra mano las dos botellas por el cuello y brinqué por las escaleras al estilo de Alberto Sordi, americano en Roma.

Tropecé y por puro milagro evité que se rompiera todo. Me entraron ganas de reír y cuando llamé a la puerta de Margarita, dos pisos arriba, debía de tener todavía una especie de sonrisa un poco estúpida.

– ¿Qué ha pasado? -dijo ella un tanto perpleja, cerrando ligeramente los ojos tras haberme saludado.

– Nada, he estado a punto de caer por las escaleras y, dado que estoy perturbado mentalmente, he encontrado la cosa divertida. Tranquila, por favor: soy inofensivo.

Sonrió, siempre con aquella especie de orgullo.

La casa olía bien, a muebles nuevos, a limpio y a comida bien cocinada. Era un apartamento más grande que el mío y evidentemente habían sido derribadas algunas paredes, porque no había recibidor y se entraba directamente a una especie de salón con una gran vidriera que daba a una terraza. Pocos muebles. Sólo una especie de armario bajo que parecía japonés, algunas estanterías empotradas de madera clara y una mesa de hierro y cristal con cuatro sillas de metal. En el suelo una gran alfombra de fibra de coco y, en los dos lados de la habitación, algunas gruesas velas coloreadas de diversas medidas, vasos de cristal azul con una especie de gravilla en el interior, un equipo estéreo negro.