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Le di el cigarrillo y yo también encendí uno. Aspiró con fuerza dos caladas y fue a poner un CD.

Making movies. Dire Straits.

Dio otro par de caladas antes de volver a hablar.

– Con este alegre paso llegamos al matrimonio. En los pocos momentos de lucidez se apoderaba de mí un sentimiento de desesperación indescriptible. Yo no quería casarme, no tenía nada que ver con aquel señor que era notario. No quería ejercer de abogada, quería regresar a San Francisco o largarme a cualquier otro lugar. Y en cambio estaba en un tren en movimiento y no era capaz de utilizar el freno de emergencia. En dos o tres ocasiones pensé que tendría el coraje de decir a los míos que no quería casarme -mi mayor miedo era la reacción de mis padres, no de Pierluigi-, que lo lamentaba, pero creía que era mejor tomar una decisión como aquella antes del matrimonio que seis meses o un año después.

»Después mi madre se asomaba a mi habitación y me decía que me apresurara, que teníamos que salir para escoger, qué sé yo, el menú para la recepción o las flores para la iglesia. Entonces decía «sí, mamá», me tragaba una botellita en miniatura de cualquier licor, me cepillaba los dientes -me cepillaba tantísimas veces los dientes- y salía. Me acuerdo de que en una de esas salidas dejé a mi madre en una de las tiendas para ir a tomarme en un santiamén una cerveza, en el primer bar con el que me topé. Luego estuve atemorizada toda la tarde pensando que podría notarme el aliento.

»¿No adivinas cómo llegué al matrimonio? Borracha. Bebí la noche anterior, mezclé alcohol con ansiolíticos para dormir. A la mañana siguiente bebí. Un chupito -o dos- de whisky. Pero me cepillé los dientes muy bien. Al entrar en la iglesia tropecé, porque estaba bebida. Todos creyeron que era la emoción. Durante toda la ceremonia pensaba cuándo iba a empezar la recepción. Para poder beber.

Aspiró la última calada, hasta el filtro, y luego apagó la colilla en el mortero, con un gesto duro. Sentí el impulso de tocarle una mano, o el hombro, o el rostro. Para demostrar que estaba allí. No fui capaz y ella siguió hablando.

– Todavía hoy me pregunto cómo pudieron, todos, no darse cuenta de nada. Hasta el matrimonio e incluso bastantes meses después. La situación degeneró cuando aprobé los exámenes de abogado. Antes de casarme había hecho los escritos y algunos meses después hice los orales. Fui la segunda en la clasificación final. No está mal para una alcohólica, ¿eh? Lo celebré a mi manera. Regresé a casa y me encontré mal. Mi marido me encontró en la cama. Había devuelto varias veces y apestaba bastante. No sólo a alcohol, pero seguro que también a alcohol. A partir de entonces empezó la peor fase. Él empezó a darse cuenta. No de golpe, pero al cabo de varios meses se dio cuenta de que tenía una mujer alcohólica. A su manera no se portó mal, intentó ayudarme. Hizo desaparecer de casa todo el alcohol y me llevó a un especialista, a otra ciudad. Para evitar el escándalo, obviamente. Yo prometí que lo dejaría y empecé a beber a escondidas. Controlar a un alcohólico es imposible. Los alcohólicos son listos y mentirosos, como los toxicómanos, incluso peor, porque conseguir bebida es más fácil que conseguir droga. Un día alguien me vio a las diez de la mañana en un bar del centro mientras me bebía de un trago una cerveza de barril, y se lo dijo a Pierluigi. Juré que lo dejaría y media hora después estaba de nuevo bebiendo, a hurtadillas. Él habló con mis padres, que al principio no se lo creían. Luego tuvieron que creerlo.

Fuimos juntos a otro especialista, a otra ciudad. Resultado: igual que antes. Quiero ser breve. Esta historia duró todavía un año desde que fui descubierta. Luego mi marido se fue de casa. Cómo no darle la razón. Yo deambulaba con grandes moratones o rasguños en la cara, porque me levantaba por la noche para hacer pipí después de haberme dormido con mezclas de tequila o vodka y ansiolíticos, y me golpeaba contra las puertas. O caía directamente al suelo. El sexo, las raras veces que lo había, no era muy divertido para él, creo. Para mí, en absoluto. Tenía ganas de llorar y de beber. Al final él se fue e hizo bien.

»Después que él se marchara los recuerdos son muy confusos. Se aclaran de nuevo no sé cuánto tiempo después. Estaba en una clínica, en Piemonte, especializada en la curación de adicciones de todo tipo. Había toxicómanos tradicionales, había farmacoadictos, había ludópatas y luego estábamos nosotros, los alcohólicos. La mayoría.

»Aquél fue el período más duro de mi vida. En aquel lugar eran despiadados, pero me ayudaron a salir de la mierda en la que me había metido. Ahora hace casi cinco años que no bebo. Los dos primeros iba contando los días. Luego dejé de hacerlo y ahora estoy aquí. En estos cinco años han ocurrido muchas otras cosas, pero son historias distintas.

Yo la miraba a la cara y no sabía qué decir, o qué hacer. Pensaba que cualquier cosa habría sido un error y permanecí en silencio. Entonces ella habló de nuevo.

– Tal vez piensas que yo cuento esta historia a todos los que encuentro, así. Si te fijas bien, yo apenas te he conocido hoy. ¿Piensas eso?

– No.

– ¿Por qué?

– No lo sé. Pero me gusta pensar que no se la cuentas a todos, esta historia.

Por suerte esta vez no me había equivocado de respuesta. Hizo un gesto con la cabeza, como diciendo: de acuerdo.

Nos quedamos allí hablando hasta altas horas.

2

Las semanas que me separaban del juicio pasaron raudamente.

El doce de junio, hacia las nueve de la mañana, el aire todavía era fresco. Yendo hacia los juzgados vi que el termómetro de cristal líquido de una tienda de ordenadores marcaba 23 grados. Por debajo de la media estacional, pensé.

La temperatura parecía la única cosa buena de aquel día.

La noche anterior había ido a la cama y no había conseguido dormirme. Pasadas las dos había tomado unas pastillas, pero no me habían servido de nada. Me dormí sólo a las cuatro y media y me desperté un par de horas más tarde. Como en la peor época.

Me detuve en un bar para tomar un café -café de verdad- y fumarme un cigarrillo. Me sentía hecho una piltrafa.

Desde hacía algunos días me atormentaba la idea de que las cosas acabarían mal para mí y, sobre todo, para Abdou.

El juicio se acercaba y yo pensaba cada vez con más insistencia que había cometido una gran tontería al dejarme llevar por la emoción. Pensaba que me había comportado como un personaje de ficción pésima. Una especie de Cabaña del tío Tom ambientada en el Bari del dos mil.

Coraje, amigo negro, yo, abogado blanco y progresista, me batiré ante el tribunal para que te absuelvan. Será muy duro, pero al final la justicia triunfará y tu inocencia quedará demostrada.

¿Inocencia? Las dudas me habían asaltado y se me habían aferrado al cerebro en aquellos últimos días antes del comienzo del juicio. ¿Qué sabía en realidad sobre Abdou? ¿Quién me aseguraba, aparte de una discutible intuición personal, que mi cliente no tenía nada que ver con el secuestro y la muerte de aquel niño?