Ahora pienso que quizá buscaba una coartada para una posible -mejor, probable- derrota. Entonces no estaba lo bastante lúcido como para hacerme a una idea de ese tipo y por ello, simplemente, daba palos de ciego.
No es una buena cosa para un abogado venirse abajo así, antes de un juicio semejante. Sobre todo no es una buena cosa para el cliente de aquel abogado. El abogado se prepara para quedar mal. El cliente se prepara para ser destrozado.
En los días anteriores había hablado dos veces con Abdou para preparar la defensa. Buscaba indicios de alguna prueba a su favor, un principio de coartada, algo. No encontramos nada.
Una mañana di una vuelta por los lugares de la desaparición del niño y del posterior hallazgo del cadáver. Una idea un tanto cinematográfica y patética: confiaba en alguna intuición definitiva. Obviamente no la hallé.
Y entonces había llegado al día del juicio, el proceso estaba a punto de comenzar y no tenía un solo testigo, una sola prueba de descargo, nada.
El fiscal traería a sus testigos, sus pruebas materiales y casi con seguridad nos arrollaría. Yo sólo confiaba en lograr poner en dificultad a alguno de sus testigos cuando llegase mi turno para interrogarles.
Si conseguía lograrlo, no tendría ninguna seguridad de un resultado positivo, pero como mínimo podía jugármela.
Si no lo conseguía -como era más que probable-, no me podría jugar nada. En cambio, en el registro de la cárcel, al lado del nombre de Abdou, bien visible, timbrarían: «final pena nunca».
Aplasté con el zapato el cigarrillo, tras fumarlo hasta el filtro, y proseguí mi camino hacia los juzgados.
Frente a la sala de la audiencia había periodistas y cámaras de televisión. Una cronista de la Gazzetta del Mezzogiorno me vio primero y se acercó. ¿Cómo iba a plantear la defensa? ¿Tenía testigos de descargo? ¿Creía que el proceso duraría mucho tiempo?
Tuve una sensación de náusea que sin embargo controlé bastante bien, creo. El fiscal -dije- no tenía pruebas, sino sólo conjeturas. Plausibles, pero sólo conjeturas. Durante el proceso lo demostraríamos y para hacer eso, por el momento, no hacían falta testigos de descargo.
Mientras hablaba se habían acercado los demás periodistas. Tomaron algunos apuntes y las cámaras de las televisiones filmaron una toma rápida de mi cara. Luego me dejaron entrar en la sala.
Sólo había algunos carabineros, el ayudante y el oficial de juzgados. Me senté en mi sitio, detrás del banco de la defensa, a la derecha para quien mira al tribunal. No sabía qué hacer y no tenía ganas de fingirme atareado. Se oía el zumbido del aire acondicionado que aquel día no era necesario. Pasados algunos minutos empezó a llegar un poco de público.
Luego, entró en la sala la escolta de uniformes azules de la policía carcelaria. En el medio Abdou. Cuando le vi me sentí un poco mejor. Menos solo, con menos vacío alrededor.
Lo hicieron entrar en la jaula y luego le quitaron las esposas. Fui a saludarle y a hablarle. Más por mí que por él, creo ahora.
– Entonces, Abdou, ¿cómo va?
– Bien. Estoy contento de que haya llegado el juicio, que haya acabado la espera.
– Hemos de decidir si pedimos que te interroguen. Es una cosa que depende principalmente de ti.
– ¿Por qué no pedirlo?
– Porque puede ser un riesgo. Aunque no lo pidamos nosotros, casi con toda seguridad lo pedirá el fiscal y, bueno, hemos de decidir si quieres contestar a las preguntas. Si quieres podrías decir que no piensas contestar y en ese caso procederán a la lectura de tu interrogatorio ante el fiscal.
– Quiero contestar.
– Muy bien. Ahora escúchame. El presidente te dirá que, si quieres, puedes hacer declaraciones espontáneas, en cualquier momento del juicio. Tú da las gracias y luego no hagas ninguna declaración. No digas nada en ningún momento, aunque tengas ganas de gritar, sin haber hablado antes conmigo. Si hay algo que quieras decir, llámame, dime de qué se trata y yo te diré si viene al caso que hables, y cuándo. ¿Está claro?
– Sí.
En aquel momento se oyó la campanilla que anunciaba la entrada del tribunal.
– Bien Abdou, empezamos.
Me había girado y estaba dirigiéndome hacia mi banco, mientras ya se oía el ruido de los pasos del tribunal, que entraba en la sala.
– Abogado.
Me giré, a pocos metros de la jaula. El presidente ya había entrado y los demás jueces lo seguían.
– ¿Sí?
– Gracias.
Permanecí allí unos instantes, sin saber qué decir o hacer. El tribunal, mientras tanto, ya había ocupado su sitio detrás del gran banco alzado.
Luego asentí con la cabeza y fui a mi sitio.
3
Las formalidades de apertura del juicio fueron despachadas con rapidez. El presidente ordenó al ayudante que leyera los cargos de la acusación y luego cedió la palabra al fiscal.
Cervellati se levantó, se arregló la toga sobre los hombros con los cordoncillos de oro, se puso las gafas y empezó a leer sus apuntes.
– Con fecha de 5 de agosto de 1999 a las 19.50 horas fue denunciada telefónicamente a los carabineros de Monopoli la desaparición del menor Francesco Rubino, de nueve años. La llamada provenía del abuelo materno, Domenico Abbrescia, que había constatado la desaparición del pequeño, que, hasta pocos minutos antes, estaba jugando delante del chalet, precisamente de los abuelos maternos, en el barrio Capitolo. La búsqueda del niño se activó inmediatamente, incluso con la utilización de perros, y se prolongó, sin resultados, durante toda la noche. Paralelamente se puso en marcha una investigación preliminar, con interrogatorios, en calidad de personas informadas sobre los hechos, a sujetos residentes, veraneantes o propietarios de negocios en la zona de la desaparición.
»Las investigaciones prosiguieron durante todo el día y la noche sucesivos, también sin resultado. El 7 de agosto los carabineros de Polignano recibieron una información anónima en la que se refería que en la zona entre la nacional 16 bis y la zona de San Vito, en un pozo, se hallaba el cuerpo de un niño. La investigación rápidamente desarrollada en aquella zona dio, desgraciadamente, resultado positivo, en el sentido de que se encontró el cadáver del pequeño Francesco. El cuerpo no mostraba señales evidentes de violencia.
»La autopsia posteriormente efectuada evidenciaría que la muerte se había producido por asfixia.
»Las investigaciones completadas inmediatamente después del hallazgo permitieron acumular pruebas decisivas contra el ciudadano senegalés Abdou Thiam, actual acusado.
»Resumiendo al máximo, y con la finalidad de evidenciar los puntos sobre los que se basará el sumario oral, las pruebas obtenidas son las siguientes.
»Varios testigos han relatado haber visto -en varias ocasiones- al acusado detenerse a hablar con el pequeño Francesco en la playa Duna Beach.
»El dueño de un bar, en las inmediatas cercanías de la casa de los abuelos del niño -y por ello del lugar donde el niño fue visto vivo por última vez- ha referido haber visto pasar al acusado unos minutos antes de la desaparición del niño. Thiam caminaba en dirección a la casa de los abuelos del pequeño.
»Dos compatriotas de Thiam han referido, respectivamente, que el antedicho no acudió a la playa -siempre Duna Beach- el día siguiente a la desaparición del niño y que en aquellos días llevó a lavar su coche. Evidentemente, para hacer desaparecer cualquier huella.
»El registro en el alojamiento del acusado ha permitido encontrar una fotografía polaroid del niño. La importancia del hecho no requiere comentarios. También durante el registro se hallaron numerosos libros sobre la infancia cuya posesión, de por sí sospechosa en manos de un adulto que vive solo, se convierte en un elemento inquietante y significativo en el cuadro incriminatorio del presente proceso.