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– Sin duda, nadie discute que actuaron correctamente. Sólo le quería formular algunas preguntas más. Usted ha mencionado el hecho de que los padres del niño estaban separados, antes de que el fiscal le interrumpiera…

El fiscal también me interrumpió a mí.

– Protesto presidente, no veo qué tiene que ver con el proceso el hecho de que los padres del niño estuvieran separados.

También Cotugno intervino.

– La acusación particular se suma a la protesta. Es una familia que ya ha vivido una tragedia, no se comprende por qué motivo se han de remover asuntos privados sin ninguna relación con el argumento procesal.

Normalmente no habría insistido. Había hecho la pregunta un poco para sondear el terreno y porque el fiscal había interrumpido al teniente sobre este punto. Ahora, en cambio, la reacción de mis adversarios me parecía excesiva. Entonces pensé en insistir sobre la cuestión un poco más. Para ver lo que ocurría.

– Presidente, yo no comprendo la postura del fiscal y de la acusación particular sobre esta circunstancia. No pretendo en absoluto faltarle al respeto a la familia del niño y al dolor que les ha golpeado y, por otro lado, no comprendo cómo mi pregunta pudiera provocar dicho efecto. Mi único interés es el de comprender lo que ocurrió en los minutos y en las horas inmediatamente posteriores a la desaparición y si los padres del niño participaron en las investigaciones.

– Dentro de estos límites puede continuar, abogado.

– Gracias, presidente. Entonces, estábamos diciendo que los padres del niño estaban -¿o están?- separados. ¿Es así?

– Creo que sí.

– ¿Cuándo se enteró del dato?

– Cuando fui al lugar.

– ¿Los padres del niño estaban allí?

– No.

– ¿Sabe dónde estaban?

– No, es decir, creo que la madre estaba fuera algunos días de vacaciones y el padre no lo sé.

– ¿Cómo se enteró de estos datos?

– Me los contó el señor Abbrescia, es decir, el abuelo materno, cuando llegué al lugar.

– ¿El señor Abbrescia le dijo si los padres habían sido avisados de la desaparición?

– Sí, me dijo que había localizado a la hija a través del móvil y que la señora estaba regresando, ahora no recuerdo de dónde. O quizá no me lo dijeron. De todas maneras, a última hora de la tarde vi a la madre del niño, siempre en el chalet, que utilizábamos como base para las investigaciones.

– ¿Y el padre?

– Mire, del padre no sé qué decirle. Yo vi al señor Rubino al día siguiente, pero no sé cuándo llegó, ni de dónde.

– ¿Sabe si estaba también él de vacaciones?

– No lo sé.

– ¿Si los abuelos maternos llamaron también al padre, además de a la madre del niño?

– No lo sé.

– En términos más generales: ¿sabe quién avisó al padre del niño?

– No.

– En cualquier caso, la noche de la desaparición la madre había llegado y el padre no. ¿Correcto?

– Es correcto.

– Gracias, yo no tengo más preguntas.

En realidad eran preguntas inútiles. La separación de los padres no tenía nada que ver con la desaparición del niño, con el proceso y con todo lo demás. Probablemente tenían razón el fiscal y la acusación particular al oponerse a aquellas preguntas.

Pero yo tenía poco espacio de maniobra. Muy poco. Y entonces tenía que hacer algo, incluso pegar tiros a ciegas, con la esperanza de oír un ruido y comprender que por aquel lado podía abrirse un camino. Para intentar recorrerlo.

Los manuales para abogados dirían que ésta es una manera equivocada de actuar.

No hagáis preguntas de las cuales no podáis prever la respuesta. No se contrainterroga a ciegas, sin tener un objetivo preciso que alcanzar. El contrainterrogatorio debe ser rigurosamente planificado, sin dejar nada en manos de la improvisación, porque en caso contrario podría incluso reforzar la posición del adversario. Etcétera, etcétera, etcétera.

Me gustaría verles participando en un maldito proceso, a esos señores que escriben los manuales. Me gustaría verles en medio del ruido, de la porquería, de la sangre, de la mierda, de un juicio de verdad. Y quiero verles aplicando sus propias teorías.

No se contrainterroga a ciegas.

Me gustaría verles. Yo tenía que proseguir a ciegas por fuerza. No sólo en el proceso.

Aquella sesión concluyó con otros testigos. Vino el carabinero que había recibido la llamada que permitió hallar el cuerpo del niño. Dijo que el acento del informante anónimo era extraño. El fiscal quería algo más. Probablemente habría querido que el testigo dijera que el acento era senegalés. Pero el carabinero no ayudó mucho. El acento, para él, era simplemente extraño, que quería decir todo y nada.

Llegaron los carabineros de la brigada canina que no contaron nada nuevo respecto a lo que había dicho el teniente. Vino el bombero que había bajado al pozo para amarrar el cuerpo del niño y sacarlo fuera. Fue un testimonio triste e inútil.

Luego oímos a algunos de los habitantes de la playa Duna Beach. Conocían a Abdou, alguno había comprado su mercancía, todos recordaban que a veces el senegalés se detenía a hablar con ellos, en la playa. Dijeron que a veces lo habían visto charlar con el niño. Yo les pregunté cómo se comportaba Abdou y todos dijeron que siempre era cordial y que nunca había tenido actitudes extrañas. Con el niño, parecían casi amigos.

Habríamos tenido que oír al médico forense que había realizado la autopsia, pero no estaba. Había enviado una justificación y pedía comparecer en otra sesión. Al presidente no le disgustaba tener que acabar un poco antes de lo previsto. El juicio fue aplazado hasta el lunes siguiente.

Pensé que para entonces, desgraciadamente, habría llegado el calor. No se podía ser siempre tan afortunado con el clima, en junio.

5

Desde la velada en casa de Margarita habían pasado un par de semanas. Desde entonces no nos habíamos vuelto a ver. Me había ocurrido una cosa extraña, a la mañana siguiente: me había sentido culpable. Respecto a Sara, creía.

Era una cosa extraña porque Sara me había dejado y desde hacía más de un año y medio vivía su propia vida. Y en cambio, absurdamente, por primera vez sentía que la había traicionado. Por el mero hecho de haber estado bien aquella noche en compañía de Margarita.

Cuando estábamos casados y vivíamos juntos había hecho muchas cosas desagradables. Me habían hecho sentir incómodo, a veces me habían hecho sentir desprecio de mí mismo, pero nunca me había sentido culpable de verdad, como después de aquella noche.

He pensado a menudo en este fenómeno. Entonces no lo entendí. Ahora tal vez sí.

Nos encariñamos también con el dolor, incluso con la desesperación. Cuando hemos sufrido mucho por una persona, el hecho de que el dolor esté pasando nos asusta. Porque creemos que significa, una vez más, que todo, verdaderamente todo termina.

No es verdad, pero eso todavía no estaba preparado para comprenderlo.

Y no había llamado a Margarita. No la había buscado porque tenía miedo de perder mi dolor. Extrañas criaturas, somos.

Pero fue ella quien me llamó. Estaba en una librería alrededor de las dos y media de la tarde, mi hora preferida. Casi nunca hay nadie, se puede oír la música y, sin la gente, se consigue notar en el aire el perfume del papel nuevo.

Cuando contesté al móvil estaba leyendo velozmente un ensayo. Una vieja técnica desarrollada cuando no tenía bastante dinero para comprarme todos los libros que quería.

¿Qué estaba haciendo? Ah, estaba en una librería. ¿Si me apetecía tomar un café con ella? Me apetecía. Sólo el tiempo de ir desde la librería Laterza a casa. Diez minutos. No, no quería un descafeinado, prefería el café normal. Nos vemos dentro de poco. Sí, también yo me alegro de oírte. De verdad.