Fue un fin de semana todavía bastante fresco, por suerte. Así que no fue demasiado penoso trabajar.
El domingo hacia la una y media pensé que estaba todo el pescado vendido, y decidí salir. A aquella hora podía ir al mar. Con la ciudad desierta y las calles vacías llegaría a donde quisiera, en poco tiempo. Cogí una bolsa, metí una toalla, un bañador y un libro y salí de casa.
La ciudad estaba realmente desierta y en pocos minutos atravesé el centro y me deslicé hacia el paseo marítimo, dejando atrás el viejo Hotel de las Naciones. El Mercedes avanzaba con un zumbido relajante y llegué a la autovía sin apenas darme cuenta. Al salir había pensado que me detendría a unos veinte kilómetros de Bari, qué sé yo, en Cozze o lo más lejos en Polignano. Por el camino cambié de idea y pisé a fondo el acelerador hasta la salida de Capitolo.
Estaba menos abarrotado de lo que pensaba y encontré sitio fácilmente, en el aparcamiento de un establecimiento de baños que -me di cuenta mientras salía del coche- debía de estar como máximo a un kilómetro del lugar donde había desaparecido el niño.
Pagué la entrada, que incluía el aparcamiento y derecho al baño, y me dirigí a la arena, después de haberme quitado los zapatos. Notaba una sensación extraña. Había pasado un año desde el verano en el que creí que me volvería loco. El año anterior detestaba la luz cegadora del sol, detestaba las playas, a la gente, que parecía estar tan a gusto mientras yo me sentía como pez fuera del agua en todas partes.
Ahora me sentía como un convaleciente. Miraba a la gente, el mar, la arena que había aborrecido el año anterior y me sorprendía que no me hiciera daño mirarlo. Experimentaba una especie de dulce indiferencia y tenía alguna dificultad para pensar que, hacía menos de un año, hubiera podido estar tan mal.
Era una sensación extraña, un poco melancólica, pero hermosa.
Me desnudé en una cabina normal, alquilé una tumbona y me la hice colocar cerca de la orilla. El mar estaba tal como a mí me gusta. Calmado pero no plano, con el viento que encrespaba ligeramente la superficie. Al sol se estaba bien, calor, el adecuado, para cerrar los ojos y adormecerse con el libro en la arena junto a la tumbona. Así lo hice, con las voces de la playa que se desvanecían entre el extraño bienestar que me había invadido.
Soñé, como se sueña en aquella fase extraña entre la vigilia y el sueño o, viceversa, entre el sueño y la vigilia.
Me encontraba a Sara por la calle, cerca de nuestra casa, quiero decir la que había sido nuestra casa y ahora era la suya. Ella se dirigía a mí, me abrazaba y me besaba en los labios. Yo respondía al abrazo pero estaba cohibido. En el fondo -en el sueño- no nos veíamos ni nos hablábamos desde hacía cuatro años. Entonces se lo decía, de alguna manera. Ella me miraba y me preguntaba si estaba loco, pero tenía una cara asustada, como si estuviera a punto de llorar. Yo le repetía que no nos veíamos desde hacía cuatro años y entonces sí, ella rompía a llorar, desesperadamente. Me preguntaba por qué le decía una maldad semejante y yo no sabía qué hacer, porque ella parecía desesperada de verdad. Me entristecí y pensé que sólo era un sueño y quería abrir los ojos. Durante un tiempo indefinible, sin embargo, no lo conseguí y permanecí allí, a caballo entre el sueño y las voces de la playa.
Luego noté salpicaduras de agua en la cara y en el pecho y una voz que reconocí enseguida. Helena.
– ¡Guido! ¡Guido, cuánto tiempo!
– Helena, qué placer…
Mentiroso, terrible mentiroso, pensé literalmente. Yo a Helena siempre la había detestado. Ella y su horrible marido y su grupo de horribles amigos. Había estudiado el bachillerato y la carrera con Sara y estaba convencida de ser su mejor amiga. Sara no tenía la misma opinión, pero le molestaba ser maleducada. Así que nos veíamos obligados, periódicamente, a aceptar las invitaciones de Helena para cenar y, a veces, a tener que corresponderías.
Me rodeó con una nube de Opium mientras se agachaba para abrazarme. ¿Opium en el mar? Sabía con seguridad que, tras la separación, había dicho muchas cosas sobre mí, ninguna de ellas agradable. Ahora, en perfecta coherencia con su personaje, me abrazaba, me besaba y me preguntaba qué había hecho durante todo este tiempo.
– ¡Guido, qué bien estás! ¿Has ido al gimnasio este invierno? ¿Estás solo o con alguna novia? -amigablemente, estilo: a mí me lo puedes decir, ya que me limitaré a poner un anuncio en el periódico y algunos centenares de carteles por la ciudad.
– Sí, imbécil, estoy solo y me gustaría seguir estándolo. Además, dado que has venido a tocarme las narices, tengo algo que decirte, así que óyeme bien. Tus cenas siempre fueron una tortura y especialmente la comida daba asco. Lo sé, todos decían que eras una gran cocinera, y eso para mí será siempre un misterio. Tu marido, si es posible, es peor que tú. Y vuestros amigos, si es posible, son peores que él. Una vez me propusieron incluso que me inscribiera en el Rotary. Quería decirte que soy comunista. Durante tantas noches, durante tantos años has invitado a cenar a un comunista. ¿Comprendes?
Estas cosas, y otras, habría querido decirle. Obviamente, en cambio, contesté con nauseabunda gentileza. Sí, estaba solo, no, no tenía ninguna novia, sí, lo decía en serio, no, no veía a Sara desde hacía tiempo. Ah, ¿ella estaba aquí en la playa sola? ¿Con Mario tenían problemas? Y quién no había tenido problemas, con Mario. También con ella, si es por esto. ¿Teníamos que vernos, una noche de éstas? ¿Ella y yo? Claro, cómo no. ¿Si tenía su número de móvil? Creo que sí. Ah, no podía ser porque tenía uno nuevo. Entonces tenía que dármelo. ¿Entonces, la llamaría? Confiaba en ello. Claro, podía confiar en ello. Seguro. Adiós, hasta pronto, beso, Opium, aún otro beso y gran final con un guiño.
Me bañé para ver cómo estaba el agua y para sacarme el Opium de encima. El agua estaba muy fría. Por otro lado, todavía estábamos a mediados de junio y no había hecho calor de verdad. Di algunas brazadas, pensé que como primer baño de la estación podía bastar y decidí pasear por la playa, entre la arena y el mar.
Había jugadores de palas, pero no eran tan numerosos como en julio y agosto. Habría querido matarlos, pero estaba dispuesto, dado que estábamos a comienzos de la estación, a concederles una muerte rápida. En julio o agosto habría querido matarlos haciéndoles sufrir.
Yo detesto a los jugadores de palas, pero mientras andaba -esforzándome para molestarles lo máximo posible y poniéndome deliberadamente en medio de las trayectorias de la bola- vi a un tipo de criatura al que detesto todavía más que a los jugadores de palas. El fumador de pipa en la playa.
No pierdo la cabeza por quien fuma en pipa. Más bien me pongo nervioso cuando veo a alguien que fuma en pipa por la calle. Me pongo de verdad muy nervioso cuando veo a alguien -como aquella tarde- que fuma en pipa en la playa, mirando a su alrededor con la afectación de Sherlock Holmes. En calzoncillos.
Hacía estas reflexiones sobre los fumadores de pipa y los jugadores de palas y pensé que tal vez estaba mejor, si había recuperado un poco de mi sana intolerancia.
En aquel momento entró en mi campo de visión un chico de color con varias mercancías, colgadas de una especie de bastón flexible que llevaba haciendo equilibrio sobre un hombro y en una bolsa descosida semiabierta. Llevaba puesta una túnica coloreada, larga hasta los tobillos, y un sombrerito de forma cilíndrica. Me detuve con los pies en el agua para mirarlo, bastantes segundos, antes de darme cuenta de por qué lo miraba.
Cuando lo descubrí, sin que ello tuviera un sentido especial, decidí estudiar un poco su manera de moverse y trabajar en la playa. No tenía, naturalmente, ninguna idea precisa. Se me ocurrió, por un instante, preguntarle si conocía a Abdou. Lo dejé correr y me limité a observarle.
Parecía estar cómodo moviéndose entre las tumbonas y las toallas colocadas en la arena. Casi a intervalos regulares saludaba con la mano a algunas de las señoras de la playa, y ellas le contestaban. Una lo llamó desde lejos con un nombre que no entendí. Él se giró y se dirigió hacia ella sonriendo, apoyó su mercancía en el suelo, le dio la mano y luego empezó a hablar. Obviamente no oía lo que decía, pero por los movimientos de las manos resultaba claro que describía la mercancía. Se entretuvo más de cinco minutos y al final la señora le compró un bolso. Él reanudó su marcha y yo continué siguiéndole. Con la mirada, primero, y luego también andando, manteniéndome a una veintena de metros de distancia. La escena que había visto se repitió varias veces, en el período de una media hora. Sin motivo alguno decidí pasar a su lado, sólo para mirarle y luego irme, dado que me había cansado de aquella vigilancia. Precisamente cuando estaba junto a él, caminaba tan cerca que podía tocarlo, oí un timbrazo desgarrador salir de su bolsa. Él se detuvo y sacó un viejo teléfono móvil Motorola con el volumen, evidentemente, al máximo.
Dijo dígame como los negros de las películas de tercera categoría. Tígame. Precisamente así. Pensé que si hubiese sido chino habría dicho lígame. No era un pensamiento agudo. Pero era exactamente, textualmente, lo que me pasó por la cabeza en aquel momento.
La conversación fue breve y se desarrolló en italiano. Es decir, en una especie de italiano.
Sí, estaba trabajando. En la playa, amigo. Bastante gente, había. Sí, amigo, en Monopoli, playas de Capitolo. Podía venir mañana, mañana por la mañana. De acuerdo, amigo, adiós.
Cerró el teléfono y reanudó su deambular. Yo permanecí quieto, en la playa donde me había arrodillado para oír la llamada. Pensaba en una cosa que me había pasado por la cabeza.
Y me preguntaba por qué no lo había pensado antes.