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Cuando lo descubrí, sin que ello tuviera un sentido especial, decidí estudiar un poco su manera de moverse y trabajar en la playa. No tenía, naturalmente, ninguna idea precisa. Se me ocurrió, por un instante, preguntarle si conocía a Abdou. Lo dejé correr y me limité a observarle.

Parecía estar cómodo moviéndose entre las tumbonas y las toallas colocadas en la arena. Casi a intervalos regulares saludaba con la mano a algunas de las señoras de la playa, y ellas le contestaban. Una lo llamó desde lejos con un nombre que no entendí. Él se giró y se dirigió hacia ella sonriendo, apoyó su mercancía en el suelo, le dio la mano y luego empezó a hablar. Obviamente no oía lo que decía, pero por los movimientos de las manos resultaba claro que describía la mercancía. Se entretuvo más de cinco minutos y al final la señora le compró un bolso. Él reanudó su marcha y yo continué siguiéndole. Con la mirada, primero, y luego también andando, manteniéndome a una veintena de metros de distancia. La escena que había visto se repitió varias veces, en el período de una media hora. Sin motivo alguno decidí pasar a su lado, sólo para mirarle y luego irme, dado que me había cansado de aquella vigilancia. Precisamente cuando estaba junto a él, caminaba tan cerca que podía tocarlo, oí un timbrazo desgarrador salir de su bolsa. Él se detuvo y sacó un viejo teléfono móvil Motorola con el volumen, evidentemente, al máximo.

Dijo dígame como los negros de las películas de tercera categoría. Tígame. Precisamente así. Pensé que si hubiese sido chino habría dicho lígame. No era un pensamiento agudo. Pero era exactamente, textualmente, lo que me pasó por la cabeza en aquel momento.

La conversación fue breve y se desarrolló en italiano. Es decir, en una especie de italiano.

Sí, estaba trabajando. En la playa, amigo. Bastante gente, había. Sí, amigo, en Monopoli, playas de Capitolo. Podía venir mañana, mañana por la mañana. De acuerdo, amigo, adiós.

Cerró el teléfono y reanudó su deambular. Yo permanecí quieto, en la playa donde me había arrodillado para oír la llamada. Pensaba en una cosa que me había pasado por la cabeza.

Y me preguntaba por qué no lo había pensado antes.

7

– Comprendes Guido, ésta es la mejor edad. Podemos hacer lo que queramos.

– ¿En qué sentido, perdona?

– Joder, Guido, precisamente tú. Desde que estás solo pasarás de un polvo a otro, sin problemas. Y me preguntas en qué sentido.

– Ah, de un polvo a otro -dije con voz neutra.

– Vamos Guido, qué coño te pasa. No nos vemos desde hace un año, tal vez más y no me cuentas nada.

Andaba a velocidad más bien sostenida hacia los juzgados, transportando dos carteras pesadas, que contenían el material que necesitaba para la sesión. Nos habíamos encontrado por la calle, tras más de un año sin vernos. Tenía cuarenta años recién cumplidos, dos hijos, una mujer gorda y maleada.

Tenía un bufete de abogados -heredado del padre- que se ocupaba de bancos y de seguros y ganaba una gran cantidad de dinero. Su argumento preferido eran los polvos. Hablando sobre ellos, era un verdadero especialista.

De joven había sido muy simpático. De carácter cómico natural, que decía siempre palabrotas y hacía reír a todo el mundo. Porque las decía de una manera ante la que no podías no reír. Alguien que habría tenido que hacer otro trabajo, y quizá habría sido feliz, o algo parecido. En cambio era abogado. Con los años, el carácter cómico había desaparecido, junto con el pelo y con todo lo que de él valía. Alberto todavía decía palabrotas, pero -pensé aquella mañana- desde hacía mucho tiempo ya no hacía reír. Era un hombre desesperado, si bien no lo sabía.

– No hay nada que contar Alberto, de verdad. No salgo con ninguna.

– Perdona, ¿ahora que estás solo y puedes hacer lo que te salga de las pelotas?

– Sí. La vida es extraña, ¿verdad?

– No te habrás vuelto marica, ¿eh? -y dale a contarme la historia de uno que habría tenido que conocer, o como mínimo recordar. No me acordaba de él, pero no se lo dije a Alberto. Este tipo -un tal Marcos- del que no me acordaba estaba casado y tenía un hijo. Llegó un momento en el que la mujer notó una serie de hechos y se convenció de que tenía otra. Le había -como se dice- puesto un detective, que había hecho bien su trabajo. Había descubierto el amorío y todo lo demás. Sólo había un pequeño problema. El tipo no tenía una novia, tenía un novio. Que era carnicero de profesión.

– Ya ves, Guido, joder. La mujer pensaba que él era un pícaro que se tiraba a alguna jovencita y en cambio él se hacía dar por el culo por un carnicero. ¿Te das cuenta? Un carnicero. Quizá le llevaba salchichas de caballo para merendar… ¿No será que también tú has cambiado de acera y te haces dar por el culo, yo qué sé, por un charcutero?

No había cambiado de acera -lo tranquilicé- e intentaba no dejarme dar por el culo por nadie, en la medida de lo posible.

Llegamos a la entrada de los juzgados. El momento de despedirnos e ir cada uno a su trabajo. Teníamos que vernos por fuerza una noche con los demás amigos. Pronunció unos nombres, que sonaban lejanos. Una pizza o tal vez un póquer. Seguro, un hermoso reencuentro. Sí, nos llamamos esta semana o como máximo la próxima. Adiós, Guido -joder-, me ha gustado verte. Adiós, Alberto. También a mí.

Se alejó hacia el ascensor que llevaba al quinto piso, a las salas de civil. Yo permanecí mirándole, pensando que en un lugar lejano, en el abismo del tiempo, habíamos sido amigos de verdad.

Pensaba en esto, incrédulo.

Adiós, Alberto, me salió. Lo dije, sí. En voz baja, pero audible para quien hubiera estado a mi lado, en aquel momento.

Pero no había nadie.

Antes de que comenzara la sesión hablé con Abdou. Tenía que verificar si la idea que se me había ocurrido en la playa tenía un sentido y podía ser desarrollada.

Podía. Quizá teníamos una posibilidad más y yo intenté reprimir mi entusiasmo. Cuando se te ocurre una idea que parece muy brillante, normalmente luego no funciona, me dije. Y entonces te quedas destrozado.

Comprobado demasiadas veces. Comprobado no lo suficiente para resignarse.

Margarita llegó a las nueve y media en punto. Me saludó con una sonrisa desde los bancos del público. Yo le hice un gesto para que viniera a sentarse a mi lado. Ella me indicó que no con la cabeza y con un movimiento de ambas manos, como queriendo decir que ya estaba bien allá donde estaba. Me acerqué.

– Estás bien con la toga -dijo ella.

– Gracias. Ven a sentarte a mi lado. Has hecho los exámenes de abogado. Puedes.

Ella sonrió brevemente.

– Si es por eso también estoy inscrita en el colegio. Mi padre no se ha resignado nunca y cada año ha seguido pagando las cuotas por mí. Si quiero, puedo ponerme a ejercer de abogado en cualquier momento.

– Perfecto. Entonces ven a sentarte a mi lado. Si querías ver cómo va este proceso, bien, ésta es la mejor posición.

Accedió con un ademán de la cabeza, vino a mi lado y se sentó a mi derecha. Me gustaba que estuviera allí, me proporcionaba una sensación de seguridad.

Empezamos con el médico forense. Confirmó todo lo que había escrito en el acta sobre la autopsia. Dijo que la muerte del niño había sido provocada por asfixia. No podía ser más preciso, porque las causas de la asfixia pueden ser muchas. El niño no había sido estrangulado porque no había huellas de las lesiones correspondientes. Pero podía haber sido ahogado con un cojín, tapándole la boca y la nariz, o manteniéndolo encerrado en un espacio muy angosto, como el maletero de un coche. También era posible

– la literatura científica citaba algunos casos parecidos- que el ahogamiento se hubiera producido en el transcurso de una felación violenta.