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De cualquier manera, no había huellas de violencia sexual y la búsqueda de semen había resultado infructuosa. El niño, cuando el cadáver había sido recuperado, estaba completamente vestido, con la ropa que llevaba puesta en el momento de la desaparición.

Cuando había sido arrojado al pozo, el niño ya estaba muerto, porque no había agua en los pulmones.

Yo no tenía especial interés en contrainterrogar al médico. Me limité a hacerle precisar mejor que las referencias a la felación violenta eran fruto sólo de sus conjeturas, pero que no había ningún dato objetivo a partir del cual deducir que aquella forma de violencia sexual -u otras- realmente hubiera sido practicada contra el niño.

Tras el médico forense el fiscal llamó a declarar al brigada Lorusso, subcomisario del centro operativo de Monopoli. Entre los investigadores, era el testigo más importante. Las investigaciones de alguna importancia las había realizado prácticamente todas él. Yo le conocía desde hacía muchos años. Me lo había encontrado en otros procesos y sabía que se trataba de un hueso duro. Parecía un empleado o un profesor, con gafitas, poco pelo amarillento, americana y corbata de grandes almacenes. Tenía un aspecto inofensivo, a primera vista. Los ojos, sin embargo, si uno lograba verlos detrás de las gafas, eran inteligentes y fríos. Antes trabajaba en Barí en la sección contra el crimen organizado, luego se vio implicado en una historia de violencia sobre un arrestado, junto con un capitán y otro suboficial. Todos fueron trasladados y Lorusso, concretamente, se pasó dos años adiestrando a reclutas en una escuela. Para alguien de la bofia como él era un castigo bien escogido.

El interrogatorio realizado por Cervellati duró más de una hora. El testigo contó la búsqueda del niño, cómo se había llegado a la localización de los testigos; contó el arresto de Abdou, el registro, todo.

Fue una declaración clara y eficaz. El brigada Lorusso era alguien que sabía lo que se hacía.

El abogado de la acusación particular, como de costumbre, no tenía preguntas. Lo que hacía el fiscal, en este caso, siempre le parecía bien. Luego el presidente me concedió la palabra.

– Buenos días, brigada.

– Buenos días, abogado -respondió sin mirar hacia mí. Era inteligente, sabía que toda mi cordialidad era para ganarme al jurado.

Déjate de mierdas, abogado, y veamos lo que sabes hacer. Esto es lo que se escondía detrás de su saludo. De acuerdo, pensé.

– ¿Nos puede repetir cuál es su cargo?

– Soy el subcomisario del centro operativo de la compañía de Monopoli.

– ¿Cuál era su cargo anterior?

Lo mejor es pasar directamente al juego duro, pensé.

– ¿Qué tiene eso que ver, abogado?

Tocado.

– Por favor, ¿puede decir al tribunal cuál era su cargo anterior?

Dudó un instante, pareció que estaba a punto de mirar al fiscal, luego apretó las mandíbulas y finalmente contestó.

– Era instructor en el batallón de alumnos de los carabineros de Reggio Calabria.

– No un cargo de policía judicial, si lo entiendo bien.

– No.

– ¿Y un poco antes?

En aquel momento Cervellati intervino.

– Presidente, protesto. No veo qué tienen que ver los anteriores cargos del brigada con el objeto de la declaración.

El presidente se dirigió a mí.

– ¿Qué tienen que ver los anteriores cargos del testigo con este proceso, abogado?

– Presidente, es necesario que haga estas preguntas de acuerdo a los fines previstos por el artículo 194, apartado segundo del código. Las respuestas, como se aclarará a continuación, me servirán para valorar la Habilidad de la declaración.

El presidente permaneció un momento en silencio; el juez que tenía al lado le dijo algo al oído. Finalmente, tras otra pausa, me hizo una señal con la mano para que continuara.

– Entonces, brigada, ¿cuál era su cargo anterior al de instructor de reclutas?

Mientras hacía esta pregunta Lorusso se giró hacia mí un instante y me miró con odio. Estaba a punto de hacer una cosa que normalmente no se hace. Estaba a punto de violar el pacto tácito de no agresión que existe entre los abogados y la bofia, en los procesos. Se dio cuenta. Si alguna vez podía, me lo haría pagar caro. Seguro.

– Estaba destinado en el núcleo operativo, sección operativa de Bari, primera sección, crimen organizado.

– Es decir, la compañía en la que se hallan los mejores investigadores de la provincia. Por lo tanto, si lo he entendido bien, usted fue trasladado de un cargo de investigador de gran nivel a un cargo… hemos dicho, de instructor de reclutas en Reggio Calabria. ¿Es correcto?

– Sí.

– ¿Se trató de un cambio normal o existía algún motivo especial?

No me gustaba mucho lo que estaba haciendo, pero necesitaba que perdiera la calma para pasar a lo que de verdad me interesaba.

– Abogado, usted sabe perfectamente por qué me trasladaron y que salí de aquella historia con la cabeza muy erguida.

– ¿Puede decirnos a qué historia se refiere?

Mi tono era falsamente cordial. Odioso.

El presidente intervino, esta vez sin esperar al fiscal.

– Abogado, no abuse de la paciencia del tribunal. Vaya al grano.

– Brigada, ¿puede decirnos por qué fue trasladado a Reggio Calabria?

– Porque un delincuente arrestado in fraganti por la venta de un kilo de cocaína, con tres páginas de antecedentes penales, me había acusado a mí, a un capitán y a otro brigada de haberle pegado. Los tres fuimos absueltos y aquel señor fue condenado por tráfico de droga a diez años de cárcel. ¿Es suficiente?

– De acuerdo. Usted ha oído declarar al señor Renna, propietario del bar Maracaibo, además de los dos ciudadanos senegaleses Diouf y… no me acuerdo del nombre del otro. ¿Pero es exacto?

– Sí.

– ¿Puede decir al tribunal de qué manera procedió a la redacción del acta?

– ¿En qué sentido, abogado?

– ¿Grabaron en audio o vídeo estas declaraciones?

– No lo grabamos. Si lee con atención las actas, consta que por falta de aparatos de grabación se procedió a una mera redacción del acta de forma resumida.

– Ah, de acuerdo. Veamos si lo he entendido bien. Ustedes redactaron el acta de manera resumida sólo porque no disponían de los aparatos para grabar en vídeo o audio. ¿Es así?

Lorusso comprendió a dónde quería llegar, pero era demasiado tarde.

– En aquel momento no creo- trabajamos en una situación de emergencia…

– Tengo una pregunta muy sencilla para usted: ¿en el núcleo operativo de los carabineros de Monopoli no se disponía de una grabadora o de una cámara de vídeo?

– Los teníamos, pero en aquel momento… creo que la grabadora no funcionaba. Ahora no lo recuerdo con precisión, pero ciertamente había algún problema.

– La grabadora no funcionaba. ¿Y la cámara de vídeo?

– No disponemos de cámara de vídeo.

– Perdone, tengo aquí el acta de la inspección que se hizo al encontrar el cuerpo del niño. Aquí pone que las actividades de inspección han sido documentadas mediante una cámara de vídeo… Y precisamente junto al acta figura una cinta. ¿Qué me dice, pues?

Cervellati protestó casi gritando. Estaba perdiendo la calma.

– Protesto, presidente, protesto. Es inadmisible que se lleve el contrainterrogatorio del testigo hacia cómo se redactó el acta, si disponía de una cámara de vídeo, o de una pluma o de un ordenador.

– Presidente, que sea inadmisible es una opinión del fiscal. Nos interesa comprender cómo se redactaron las actas de algunas declaraciones para verificar si, incluso involuntariamente, porque nadie duda de la buena fe de los investigadores, decía, para comprobar si los testigos pudieron haber sido condicionados o si hubo malentendidos sobre lo que realmente declararon. No nos olvidemos de que el fiscal le ha pedido que se lean las declaraciones efectuadas por dos ciudadanos extracomunitarios en la fase de investigación…