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¿Tenía ganas de salir a tomar algo, después de cenar? Sí, me apetecía. ¿La llamaba por el interfono o la iba a buscar a casa? Ah, primero salía y luego nos podíamos encontrar directamente en algún sitio, más tarde. ¿Me iba bien a mí en la calle Venecia, frente al Fortín, a eso de las diez y media? Me iba bien. Hasta luego, entonces.

Tenía un tono de voz un poco raro y me dejó una ligera sensación de inquietud.

La tarde discurrió lentamente, desde aquel momento. Me distraía y miraba constantemente al reloj.

Me fui del despacho hacia las ocho, en casa me duché, me cambié y salí mucho antes de la cita. Dejé pasar el tiempo con dificultad y a eso de las diez y media me dirigí hacia la zona del Fortín.

Subí andando por la calle Venecia, entre la muchedumbre. Estaba llena, como siempre en verano a aquella hora.

Especialmente grupos de jóvenes. Desprendían un olor mezcla de desodorante, de crema solar y de chicle de menta. Alguna familia de la ciudad vieja. Algún cincuentón moreno con chica veinteañera en medio de una nube de perfume. Gente de mi edad, poquísima. Quién sabe por qué, me pregunté sólo por pensar en algo.

Llegué al Fortín con unos diez minutos de anticipo, pero me encontraba mejor, puesto que el tiempo ya había pasado. Apoyado en la pared, encendí un cigarrillo y miré a mi alrededor, a la espera.

Llegó hacia las once menos veinte.

– Perdóname. Ha sido un día terrible. En una semana agobiante. Y dejémoslo en la semana.

– ¿Qué ha pasado?

– Caminemos, ¿quieres?

Nos dirigimos hacia el norte, siempre por la calle Venecia. A medida que nos alejábamos de la zona del Fortín la gente iba disminuyendo. Grupos más pequeños, parejas, algún paseante solitario, algún policía de uniforme, vigilando.

Andamos sin hablar, hasta que llegamos a la altura de la basílica de San Nicolás. Un tipo con un perro corso nos pasó muy cerca y la bestia se detuvo para husmear las piernas de Margarita. Ella también se detuvo, alargó la mano y acarició al perro en la cabeza. El dueño estaba un tanto atónito ante el hecho de que la fiera se dejara manosear de aquella manera por una desconocida. Era la primera vez que sucedía, nos dijo. ¿La señora tenía un perro? No, no lo tenía. Lo había tenido, pero murió hacía muchos años.

El perro y su dueño se alejaron y nosotros nos sentamos en el muro que da al lado derecho de San Nicolás.

– ¿Cómo te ha ido estos días? ¿El juicio? -dijo.

– Bien, creo. El lunes próximo se acabará todo. ¿Y a ti cómo te va?

Cauto.

Dejó pasar algunos segundos y luego habló como si no le hubiera hecho ninguna pregunta.

– En los sitios donde te enseñan a dejar de beber también te explican cómo resistir el riesgo de las recaídas. Durante el primer año posterior al tratamiento las recaídas son muy habituales e incluso después es muy normal volver a caer. Era una cosa que nos repetían continuamente. Llegarán momentos difíciles -nos decían- en los que os encontraréis tristes, tendréis una gran nostalgia del pasado o miedo al futuro. En aquellos momentos tendréis necesidad de beber. Un deseo que os parecerá invencible, que os sumergirá como una ola. Sin embargo no es invencible. Parece que lo es porque sois más débiles, en aquellos momentos. Pero, precisamente, es como una ola. Una ola os sumerge en el mar sólo durante unos pocos segundos, aunque cuando estáis bajo el agua os parece una eternidad. Salís fácilmente, si no os dejáis dominar por el terror. Entonces -decían- recordad que basta permanecer tranquilos, en aquellos momentos. No os dejéis dominar por el miedo, recordad que dentro de poco tendréis la cabeza fuera del agua porque la ola ya habrá pasado. Cuando se apodere de vosotros el deseo irresistible de beber, haced alguna cosa para que transcurran los segundos, o los minutos que dura la crisis. Flexiones, dos kilómetros corriendo, tomad fruta, llamad a un amigo. Cualquier cosa que hagáis os hará pasar el tiempo sin pensar.

Yo permanecía callado, y tenía miedo de lo que oiría después.

– A mí me ha ocurrido varias veces, como a todos. El aikido me ha ayudado. Cuando llegaba la ola, me ponía el kimono y repetía los ejercicios, intentando concentrarme únicamente en lo que estaba haciendo. Funcionaba. Cuando terminaba el entrenamiento me había olvidado de las ganas de beber.

»Con el tiempo estos momentos fueron cada vez más raros. Hacía como mínimo un par de años que no me ocurría.

Encendí el cigarrillo que tenía entre los dedos desde hacía unos minutos. Margarita continuó hablando, sin cambiar de tono, mirando hacia un lugar indefinido frente a ella.

– Hay una persona, desde hace casi tres años. No vive en Barí y por eso ha durado tanto tiempo. Nos vemos los fines de semana: o viene él o voy yo. El fin de semana pasado vino él. Le había hablado de ti. Así, de manera normal, y al principio no tuvo problemas. O no me lo dijo.

Se giró hacia mí ligeramente, me cogió el cigarrillo y fumó un poco antes de devolvérmelo.

– Pero no lo sé muy bien, el discurso volvió a aparecer el sábado pasado. Es decir, más que un discurso se trató de una escena de celos. Tienes que saber que él no es una persona celosa. Es todo lo contrarío. Por lo que me quedé de piedra y reaccioné mal. Muy mal. Habíamos estado juntos, en definitiva, habíamos hecho el amor…

Me sentí atravesado. Enseguida noté una neblina espesa en el cerebro durante un buen rato. Hasta que volví a comprender lo que estaba sucediendo.

– …y luego le dije que nunca habría pensado que pudiera decir cosas de aquel tipo, una persona como él. Que era una desilusión y cosas por el estilo. Él me contestó diciendo que era una hipócrita. Al decir que tú eras tan sólo un amigo estaba mintiendo. No a él, sino a mí misma, y por eso era realmente una hipócrita. Y que reaccionaba con aquella violencia precisamente porque sabía que tenía razón. La discusión se prolongó hasta bien entrada la noche. Por la mañana me dijo que se iba. Que tenía que aclararme las ideas intentando ser honesta, con él y conmigo misma. Luego podríamos volver a llamarnos y hablarlo. Él se fue y yo me quedé allí, sentada en la cama con el cerebro un poco trastornado. Incapaz de pensar. Las horas fueron pasando de manera un tanto alucinante y me entraron, cosa lógica, ganas de beber. Una necesidad loca, como no la había tenido desde que dejé de beber. Intenté ponerme el kimono y entrenarme, pero en realidad no me apetecía en absoluto. Tenía en cambio ganas de beber y de encontrarme bien, de hacer desaparecer aquel lío de la cabeza, de hacer desaparecer las responsabilidades y los deberes y los esfuerzos, todo. Joder.

»Entonces salí, subí al coche y fui a Poggiofranco. ¿Sabes que hay aquel bar tan grande que está siempre abierto, nunca me acuerdo de su nombre, donde sirven vinos y licores?

Sabía cuál era el bar y asentí. Tenía la boca seca, la lengua pegada al paladar.

– Entré y pedí una botella de Jim Beam, pues era mi preferido. En aquel momento me encontraba tranquila. Mortalmente tranquila. Regresé a casa, cogí un vaso grande, y salí a la terraza. Me senté a la mesa, destapé la botella -¿recuerdas el chasquido delicioso, cuando abres una botella nueva?- y me serví tres dedos de bourbon, para empezar. Lo hice muy lentamente, mirando el líquido que descendía por el vaso, los reflejos, el color. Luego acerqué el vaso a la nariz y respiré profundamente.

»Permanecí mucho tiempo delante de aquel vaso, con los pensamientos girando alrededor de sí mismos. Eres una chica mala. Siempre lo has sido. No puedes rebelarte contra el propio destino. Es inútil. Varias veces alcé el vaso para beber, lo miré y luego lo apoyé de nuevo encima de la mesa. Estaba tan segura de que bebería que podía tomármelo con mucha calma.

»Se hizo de noche y estaba todavía allí, con aquel vaso de bourbon. Pensé que me apetecía llenarlo más todavía. Lo apoyé en la mesa, tomé la botella y me serví, muy lentamente, todavía más. El vaso se llenó hasta la mitad, dos tercios, hasta los bordes. Y yo continué sirviéndome.