Era una de sus frases preferidas, en la Audiencia. Estaba convencido de que impresionaría al jurado popular, creo. Siguió en este tono, y yo, enseguida, empecé a distraerme.
Oía la voz como un ruido de fondo. De vez en cuando seguía el discurso algunos minutos y luego continuaba divagando por mi cuenta.
Habló de lo que había ocurrido durante el juicio, leyó con voz monótona largos fragmentos de las actas y explicó los motivos por los cuales las pruebas incriminatorias debían considerarse plenamente válidas, sin excluir ninguna de ellas.
Uno de los alegatos finales más aburridos que había oído nunca, pensé mientras hojeaba el informe que tenía delante, por ir haciendo algo.
En un momento dado llegó a hablar del testimonio del propietario del bar, que era el corazón del proceso.
Volvió a leer las declaraciones de Renna -pero no las respuestas a mis preguntas- y las comentó. Me preocupé de escuchar con atención.
– Entonces nos hemos de preguntar, tienen que preguntarse: ¿cuáles eran los motivos del testigo Renna para acusar falsamente al actual acusado? Porque la cuestión, en realidad, es muy sencilla y la alternativa es clara. Una hipótesis es que el testigo Renna mienta, propiciando las condiciones para la condena de un inocente a cadena perpetua. Porque él sabe perfectamente cuáles son las consecuencias de su declaración, y a pesar de ello insiste en ella, incluso después de las dificultades que hemos constatado con motivo del contrainterrogatorio. Si miente, acusando de hecho a un inocente de un delito de cadena perpetua, debe de tener una razón. Una hostilidad personal y un odio feroz y terrible, porque sólo un odio tal podría explicar una acción tan aberrante.
»¿Existe alguna prueba, o únicamente la sospecha de este odio destructivo por parte de Renna contra el acusado? Evidentemente no.
»La otra hipótesis es que el testigo, por el contrario, diga la verdad. Y si no existe ningún elemento para afirmar que el testigo miente, hemos de admitir -de acuerdo que con imprecisiones, con errores, con naturales momentos de confusión- que él dice la verdad.
»Las consecuencias sobre el resultado de este proceso son evidentes. Porque no hay que olvidar que el acusado niega haber estado en Monopoli, en Capitolo, aquella tarde. Y si él lo niega, cuando en realidad allí estuvo -y nosotros podemos afirmarlo con serenidad porque nos lo dice un testigo que no tiene motivo alguno para mentir-, la explicación es una sola y lamentablemente está a la vista de todo el mundo.
Este concepto lo anoté, porque tenía sentido y era necesario refutarlo explícitamente.
Cervellati continuó y, siguiendo el orden cronológico del juicio, empezó a hablar de los listados.
Dijo lo que yo esperaba. La averiguación requerida por la defensa no sólo no había demostrado la inocencia del acusado, sino que facilitaba, al contrario, más motivos para sostener la acusación.
Porque aquel agujero de casi cinco horas, sin llamadas, en las que con toda probabilidad el aparato había estado apagado, constituía una prueba a tener en cuenta. Era verosímil -muy verosímil, dijo- que el acusado, llegado a Bari desde Nápoles, hubiera proseguido hacia Capitolo teniendo ya una idea en la cabeza. O quizá preso de un ataque. Era probable que hubiera apagado el móvil, para no ser molestado durante su acción infame. Y esto explicaba, mejor que cualquier otra hipótesis, la ausencia de llamadas desde las diecisiete hasta pasadas las veintiuna.
También durante esta parte del alegato final tomé notas. Era un argumento insidioso que podía sugestionar a los jueces.
Siguió una reconstrucción hipotética sobre cómo Abdou podía haber llevado a cabo su plan, explotando de manera engañosa y abyecta la confianza del niño.
Lo que había ocurrido después del secuestro podía ser conjeturado fácilmente. El niño, dándose cuenta de lo que estaba ocurriendo, había intentado resistirse ante el violento ataque. Tal vez había intentado huir, y eso había provocado la reacción fatal del acusado. Probablemente no se habían encontrado huellas de abusos sexuales porque la situación se había precipitado antes de que el mencionado abuso -que evidentemente era el objetivo que perseguía el acusado- se hubiera producido.
En conclusión, el fiscal explicó los motivos por los cuales la única pena adecuada para aquel delito era la de cadena perpetua. Era la parte más convincente de todo el alegato final porque, efectivamente, la cadena perpetua era la pena más idónea para el autor de un acto como aquél.
Mientras pensaba esto, Cervellati concluía con la fórmula ritual de la petición de condena.
– Por los motivos hasta ahora enunciados, les ruego que confirmen la responsabilidad penal del acusado respecto a todos los delitos que le han sido imputados y le condenen por ello a la pena de cadena perpetua, en aislamiento diurno durante seis meses, aplicándole además la pena adicional de la privación perpetua de los oficios públicos.
Respiré profundamente, miré el reloj y me di cuenta de que habían pasado casi dos horas.
El presidente dijo que debíamos hacer una breve pausa antes de conceder la palabra a la acusación particular. Luego habría una interrupción de una hora para el almuerzo y al reanudar la sesión hablaría yo. Tras las eventuales réplicas el tribunal se retiraría a la Cámara del Consejo.
La sala se vació y yo también me levanté para ir a fumar, mientras se quedaba sólo Cotugno, que preparaba los últimos detalles de su alegato final.
Fuera, una periodista que no había visto nunca antes me preguntó qué pensaba de la petición del fiscal.
Pensaba que raras veces había oído peticiones tan idiotas. Tuve el impulso de verbalizar este pensamiento, pero evidentemente no lo hice. No dije nada, alcé los hombros, moví la cabeza y alargué las manos, con las palmas hacia arriba. Me alejé mientras sacaba la cajetilla de cigarrillos y la chica me contemplaba un poco atónita.
Estaba bastante tranquilo. No tenía ganas de volver a examinar mis notas. No tenía ganas de hacer nada más hasta el momento en que me tocara hablar a mí. Y a pesar de todo no sentía la necesidad de hacerlo.
Era una sensación nueva para mí. Siempre llegaba con nervios a las citas importantes, de trabajo, de estudio o de lo que fuera. Siempre lo dejaba para el último momento, la última noche, el último repaso y luego siempre tenía la impresión de haber robado algo y de haberme salido con la mía. Lograba una vez más tomarle el pelo al mundo. Una vez más no habían logrado descubrirme, pero para mis adentros sabía que era un impostor. Más tarde o más temprano alguien se daría cuenta. Seguro.
Aquella mañana me encontraba bien. Sabía que había hecho todo lo que podía. Tenía miedo, pero se trataba de un miedo sano, no el miedo de ser descubierto y de que todos se dieran cuenta de que era falso. Tenía miedo de perder el proceso, tenía miedo de que Abdou fuera condenado, pero no tenía miedo de perder la dignidad. No me sentía un impostor.
Cotugno habló poco más de una hora, utilizó muchos adverbios y muchos adjetivos y logró no decir absolutamente nada.
En la pausa para el almuerzo subí al sexto piso, al colegio de abogados. Necesitaba un diccionario para verificar una idea que se me había ocurrido mientras hablaba el fiscal. Encontré a la empleada cerrándolo todo y a punto de marcharse, pero conseguí convencerla de que se trataba de una emergencia. Me permitió entrar en la biblioteca, donde hice mi verificación y tomé algunas notas. Luego se lo agradecí, la saludé y me marché.
Me apetecía entonces salir para andar un poco, pero fuera el calor era insoportable. Entonces fui al bar de los juzgados, pedí un batido y un croissant, me senté a una mesa y dejé pasar el tiempo.
Cuando llegó la hora me levanté, regresé a la sala, me quité la americana y me puse la toga. Casi al mismo tiempo sonó la campanilla y se abrió la puerta de la Cámara del Consejo. Los jueces entraron uno tras otro y yo los contemplaba, de pie, con los brazos cruzados, apoyado en la pierna izquierda. Todos se sentaron y me senté también yo. Se impuso el silencio.