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Me senté en el banquillo, cerca de Abdou, y experimenté un absurdo sentido de alivio al oír el chasquido del cerrojo al cerrarse de nuevo la reja.

Estaba a punto de ofrecerle un cigarrillo cuando sacó una cajetilla y quiso que cogiera uno de los suyos. Diana rojos. Los Marlboro de los presos.

Lo cogí y, después de haberme fumado la mitad, le dije que no tenía una respuesta para la pregunta que me había hecho.

Dije que pensaba que había sido por un buen motivo, pero no sabía exactamente cuál era aquel motivo.

Abdou asintió, como si la respuesta lo hubiera dejado satisfecho.

– Tengo miedo -dijo a continuación.

– Yo también.

Fue así como empezamos a hablar. Hablamos de muchas cosas y todavía nos fumamos dos cigarrillos. En un determinado momento nos entraron ganas de beber y llamé al bar con mi móvil, para pedir algo. Diez minutos después llegó el chico del bar con la bandeja e hizo pasar a través de los barrotes dos vasos de té frío. Pagó Abdou.

Luego bebimos, bajo las miradas perplejas de los agentes.

A eso de las ocho le dije que salía a dar unos pasos para desentumecer las piernas.

No tenía ganas de regresar a casa o al despacho. Ni de ir al centro y pasear en medio de la gente y las tiendas. Por eso me adentré por las cercanías de los juzgados, en dirección al cementerio. Entre casas populares, de las que llegaban olores de comida un poco quemada, tiendas estrechas, y calles que no recordaba haber pisado nunca antes, en treinta y nueve años de vida en Bari.

Caminé bastante, sin meta alguna y sin pensar en nada. Me parecía estar en otro lugar, y los espacios eran tan feos que de ellos emanaba una fascinación extraña, escuálida.

Había anochecido y me había distraído completamente cuando noté la vibración en el bolsillo posterior de los pantalones.

Saqué el móvil y al otro lado oí la voz del ujier. Estaba un poco agitado.

¿Ya había llamado una vez y no le había contestado nadie? No lo había oído, lo lamentaba. ¿Estaban listos desde hacía diez minutos? Llegaba enseguida. Enseguida, enseguida. Pocos minutos.

Miré a mi alrededor y tardé un poco para darme cuenta de dónde estaba. Para nada cerca. Tenía que correr y lo hice.

Entré en la sala una decena de minutos más tarde, esforzándome en respirar por la nariz y no por la boca, notando la camisa mojada de sudor que se pegaba a la espalda, intentando ponerme presentable.

Ya estaban todos allí, preparados en sus sitios. Acusación particular, fiscal, ujier, periodistas y, a pesar del horario, también público. Noté que había también algunos africanos, que no había visto nunca en las otras sesiones.

Apenas me vio, el ujier desapareció detrás de la puerta de la Cámara del Consejo. Iba a avisar al tribunal de que finalmente había llegado.

Me eché la toga a la espalda y miré el reloj. Las nueve y cincuenta y cinco minutos.

El ujier regresó a su sitio y luego, de manera inmediata, sonó la campanita y los jueces salieron.

El presidente se dirigió rápidamente a su sitio, con el aire de quien quiere despachar con rapidez una tarea desagradable. Miró primero a la izquierda y luego a la derecha. Se aseguraba de que los miembros del tribunal estuvieran todos en su lugar. Se puso las gafas para leer la sentencia.

Bajé la mirada, entrecerré los ojos y escuché los latidos de mi corazón. Fuertes y raudos.

– En nombre del pueblo italiano, la Audiencia Provincial de Bari, leído el artículo 530, párrafo del código penal…

Sentí una descarga por todo el cuerpo y luego las piernas que se aflojaban.

Absuelto.

El artículo 530 del código penal se titula Sentencia de absolución.

– …absuelve a Thiam Abdou de los cargos que se le imputaron por no haber cometido el delito. Leído el artículo 300 del código penal, se decreta el cese de la medida de prisión preventiva actualmente en vigor contra el acusado y la inmediata puesta en libertad del susodicho si no está detenido por otra causa. La sesión se levanta.

Es difícil explicar lo que se siente en un momento como aquél. Porque en realidad es difícil comprenderlo.

Yo permanecí donde estaba, mirando en dirección a los bancos del tribunal, vacíos. A mi alrededor voces agitadas, algunos me golpeaban por la espalda y algunos me agarraban de la mano y me la estrechaban. Me pregunté qué hacía tanta gente en una sala de una audiencia provincial, el nueve de julio, a las diez de la noche.

No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil.

Hasta que distinguí, en medio de las voces, la de Abdou. Me quité la toga y fui a la jaula. En teoría tenían que liberarlo inmediatamente. En la práctica era necesario que lo llevaran a la cárcel para efectuar todas las formalidades. Estaba todavía allí dentro.

Nos encontramos cara a cara, muy cerca, los barrotes entre medio. Tenía los ojos húmedos, las mandíbulas apretadas y un temblor en las comisuras de la boca.

Mi cara no era muy distinta, creo.

Nos estrechamos las manos un largo rato, a través de los barrotes. No de la manera tradicional, la de las presentaciones y la de los hombres de negocios, sino entrelazando los pulgares, los brazos doblados.

Pronunció sólo algunas palabras, en su lengua. No necesitaba un intérprete para comprender lo que significaban.

18

Le dejé a Margarita un mensaje en el buzón del móvil la misma noche de la sentencia, pero sólo pudimos vernos la tarde del día siguiente.

Pasó por mi despacho, bajamos y fuimos a sentarnos a un bar. Del proceso hablamos sólo un poco. Yo no tenía ganas, ella lo comprendió y dejó de hacerme preguntas casi enseguida. Estábamos los dos en una especie de extraña, ligera incomodidad.

Cuando llegamos de nuevo debajo de mi despacho hice un esfuerzo para decirle lo que había pensado.

– Tengo ganas de invitarte a salir a cenar. Por favor, no me digas que no, aunque no sea gran cosa como invitación. Estoy desentrenado.

Ella me miró como si le entraran ganas de reír, pero permaneció en silencio.

– ¿Entonces? -dije pasados unos segundos.

– Efectivamente, como invitación da un poco de pena, pero quiero premiar la buena intención.

– ¿Quiere decir que aceptas?

– Quiere decir que acepto. ¿Esta noche?

– Esta noche no. Mañana, por favor.

Me miró con aire perplejo, entornando los ojos, y tuve que decir por fuerza algo más.

– Tengo que hacer una cosa esta noche. Una cosa importante. No puedo aplazarla. No puedo llevarte a cenar si no la hago antes.

Me miró aún, por algunos segundos, con el mismo aire de perplejidad. Luego asintió y dijo que estaba bien.

Hasta mañana entonces.

Hasta mañana.

Regresé a casa desde el despacho, me duché, me puse unos pantalones cortos y me preparé un batido. Deambulé un poco de arriba abajo por las habitaciones de mi apartamento. De vez en cuando me detenía para mirar el teléfono. Lo estudiaba a distancia.

Un poco más tarde me senté en una butaca. El teléfono estaba frente a mí y si alargaba el brazo podía coger el auricular. Pero me quedé sencillamente mirando el aparato.

No hay que tener prisa, pensé.

Además, para telefonear lo primero que hay que hacer es repetir mentalmente el número. El número. 080… 5219… O sea, 080… 52198… No. 52196… No.

No conseguía acordarme. Absurdo. No habían pasado ni dos años y ya no me acordaba. Y algunos meses antes lo había marcado, de memoria. O sea, para ser exactos: habían pasado pocos meses, y no lo recordaba.

De acuerdo, inútil atormentarse. Sucede.

Busqué el nombre de Sara en el listín telefónico, pero no estaba.

Permanecí unos instantes sin saber qué hacer. Luego llegó la intuición y busqué mi nombre en el listín. Aparecía. Quiero decir en la antigua dirección. Donde ahora vivía, el teléfono estaba a nombre de la propietaria de la casa.