Era un lugar espeluznante. Y las montañas de serrín todavía tenían que sufrir una combustión espontánea. En cuanto eso ocurriera, Ya no habría ninguna esperanza en este lugar. Para nada ni para nadie.
Estúpidos. Habían destruido este terreno, después lo habían abandonado y habían tenido el cinismo de pensar que habían hecho las cosas bien.
El hombre salió de la furgoneta, con energías renovadas debido a la cólera que sentía. Enseguida, los insectos se arremolinaron alrededor de su rostro. Mosquitos, moscas amarillas y bichos diminutos. Llegaron en masa, atraídos por el olor a carne fresca y sudor salado. El hombre osciló la mano alrededor de su cabeza, aunque sabía que era inútil. El anochecer era la hora de los mosquitos. Y también la de los murciélagos marrones, que ya estaban descendiendo en picado sobre su cabeza, preparándose para el festín.
La muchacha que había encerrado en la parte posterior de la furgoneta no se movía. Le había administrado tres miligramos y medio de Ativan hacía cuatro horas, de modo que debería permanecer inconsciente dos más o incluso cuatro. Era importante que estuviera dormida durante el trayecto.
En primer lugar se ocupó de sí mismo y se puso un par de sobretodos azules de material sintético y elástico. Por lo general despreciaba las fibras sintéticas, pero en este lugar eran necesarias. El último análisis de agua que había realizado había revelado un pH de dos y medio… y eso significaba que la acidez del agua corroería y arrancaría literalmente su piel. Por lo tanto, era imprescindible que se protegiera con ropa sintética.
Había completado su atuendo con un par de botas de lona y unos gruesos guantes. A la cintura llevaba su equipo de emergencia: agua, galletas saladas, cerillas impermeables, una navaja suiza, una linterna, una brújula, una cuerda de nailon adicional y dos abrazaderas de reserva.
Después centró su atención en la muchacha. Era morena, pero no le importaba demasiado. Llevaba una especie de vestido diminuto de flores amarillas que no conseguía cubrir sus largas y bronceadas piernas. Parecía deportista, corredora o atleta. Puede que eso le ayudara durante los próximos días. O puede que no.
Apretó los dientes, se agachó y cargó su forma inerte a los hombros. Su brazo chilló a la vez que su espalda gemía. No pesaba demasiado, pero él no era corpulento y su cuerpo estaba fatigado tras cuarenta y ocho horas de intenso esfuerzo. Entonces se incorporó y lo peor quedó atrás.
También había traído un sobretodo para ella. La vistió del mismo modo que una niña vestiría a una muñeca, moviendo cada extremidad para ponerle la ropa, colocando los pies y las manos en los puntos adecuados y tirando de las prendas para que encajaran en su lugar.
A continuación la ató a la tabla de surf y, en el último minuto, recordó su bolso y la garrafa de agua. Entonces pensó en su rostro, en lo cerca que estaría de aquel fango tan ácido, y lo cubrió lo mejor posible con la capucha.
Se levantó y el mundo se oscureció.
¿Qué?¿Dónde? necesitaba… Tenía que…
Se encontraba en un viejo aserradero. Había traído a una muchacha con él. Había venido en su furgoneta.
El mundo empezó a girar de nuevo y la oscura nada le amenazó mientras se tambaleaba sobre sus pies y se llevaba las manos a las sienes. ¿Qué? ¿Dónde? necesitaba… Tenía que…
Se encontraba en un viejo aserradero. Correcto. Había traído a una muchacha con él… Se frotó las sienes con más fuerza, intentando mantenerse firme a pesar de la explosión de dolor. Concéntrate, enfoca. Había venido en su furgoneta y se había puesto un par de sobretodos azules. Tenía su equipo de supervivencia. Ya había cargado el agua sobre la tabla de surf. La muchacha estaba atada. Todo estaba preparado.
Esto le confundió aún más. ¿Por qué no recordaba haber preparado todo esto? ¿Qué había ocurrido?
Los agujeros negros, pensó entonces. Últimamente se sucedían con más frecuencia. El futuro y el pasado se deslizaban entre sus dedos a una velocidad aterradora. Era un hombre culto, un hombre que se enorgullecía de su inteligencia, su fuerza y su control. Sin embargo, también él formaba parte de la red de la naturaleza. Y nada vivía eternamente. Todo lo hermoso moría.
Hacía algún tiempo que las llamas aparecían constantemente en sus sueños.
El hombre se agachó, ató su cuerda a la tabla, la cargó al hombro y empezó a tirar.
Diecisiete minutos después había llegado a una pequeña grieta que se abría en el suelo. Pocas personas advertirían su presencia, pues no era más que otro sumidero en un estado cuyo subsuelo de piedra caliza estaba más agujereado que el queso suizo. Pero esta grieta era especial. Lo había sabido desde su juventud y, en aquel entonces, ya había comprendido su potencial.
En primer lugar, ató con firmeza su cuerda alrededor del grueso tronco de un árbol cercano. Después, separando los pies para conservar el equilibrio y utilizando la cuerda, hizo descender lentamente la tabla de surf por el agujero, hasta las entrañas de la tierra. Al cabo de diez minutos oyó el suave chapoteo de la tabla al posarse en el agua, así que se acercó al agujero y descendió haciendo rápel por aquella grieta hedionda. Cuando llegó al fondo, el agua le cubría hasta las rodillas, la luz se desvanecía a doce metros de altura y una oscuridad infinita le rodeaba.
Eran pocas las personas que se aventuraban más allá del aserradero. No sabían que allí existía un ecosistema completamente distinto.
Conectó su linterna, localizó el estrecho pasaje de la caverna que se abría a su derecha y se apoyó sobre manos y rodillas para avanzar a gatas. La muchacha flotaba tras él, pues había vuelto a atar la tabla a su cintura.
Minutos después, el pasaje empezó a estrecharse y el hombre tuvo que avanzar con mayor cautela por aquella aceitosa corriente de agua putrefacta. Aunque le protegían los monos sintéticos, tenía la certeza de que el agua daba lengüetadas a su piel, se abría paso por sus células y se filtraba en sus huesos. Pronto penetraría en su cerebro y entonces no habría esperanza. Cenizas a las cenizas. Polvo al polvo.
El hedor putrefacto de diversas capas de guano de murciélago se combinó ahora con el de la ciénaga rezumante que chapoteaba alrededor de sus manos y rodillas. Un intenso y punzante olor a aguas residuales y residuos inundaba sus fosas nasales. El olor amenazador de la muerte.
Avanzaba lentamente, tanteando su camino a pesar de la linterna. Los murciélagos se asustaban con facilidad y no deseaba que una criatura rabiosa y muerta de pánico revoloteara ante su rostro. Lo mismo sucedía con los mapaches, aunque le sorprendería que alguno de ellos hubiera sobrevivido en este lugar. Sin duda, la mayoría de las criaturas que antaño vivían aquí habían muerto años atrás.
Ahora solo quedaba esta agua putrefacta, que corrompía los muros de piedra caliza a medida que propagaba su lenta e insidiosa muerte.
La tabla se balanceaba a sus espaldas y chocaba de vez en cuando contra su cuerpo. Entonces, cuando el techo ya estaba tan cerca que le obligaba a acercar peligrosamente el rostro a aquella corriente putrefacta, el túnel finalizó, los muros se retiraron y una inmensa caverna se extendió ante él.
El hombre se puso en pie de inmediato, sintiéndose algo avergonzado por su necesidad de levantarse, y respiró hondo varias veces, pues su necesidad de oxígeno se imponía a la aprensión que le causaba aquel hedor. Bajó la mirada y le sorprendió descubrir lo mucho que le temblaban las manos.
Debería ser más fuerte. Debería ser más duro. Pero llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir y empezaba a estar cansado.
Invirtió treinta segundos más en recuperar la compostura y, entonces, se centró en la cuerda que rodeaba su cintura. Ya estaba aquí. Lo peor había quedado atrás y volvía a ser consciente de lo deprisa que avanzaban las agujas del reloj.