Sin embargo, no se sentía mal. No le faltaba el aliento, indicándole que iba a sufrir un ataque de ansiedad. No tenía los músculos agarrotados, ni le dolía la cabeza ni le palpitaban las sienes. De hecho, hacía semanas que no tenía la cabeza tan despejada. Quizá, tras la neblina causada por la privación de sueño, se sentía incluso un poco nerviosa.
Pero no quería saber qué significaba eso.
No tardaron demasiado en llegar a Richmond. Mac le había tendido la copia impresa de un correo electrónico para que le indicara el camino hacia las oficinas del Instituto de Cartografía de los Estados Unidos, que estaban ubicadas en un parque empresarial situado al norte de la ciudad. A primera vista, aquel lugar no era lo que Kimberly había esperado, sobre todo porque el parque empresarial se alzaba en medio de una extensión suburbana. Dejaron atrás el instituto de la comunidad, una zona residencial y un colegio local. Los gráciles árboles proyectaban su sombra sobre las adorables aceras, había amplias extensiones de campos verdes y brillantes mirtos, con flores rosas y blancas.
El edificio del Instituto Cartográfico también era diferente a lo que había imaginado. Era una nueva construcción de ladrillo y cristal, con montones de ventanas y hermosamente ajardinado con más mirtos y Dios sabía qué otros arbustos. En definitiva, una decoración muy diferente a la que solía encontrarse en los monocromáticos edificios gubernamentales.
Era un bonito edificio que se alzaba en un bonito lugar. Kimberly se preguntó si Mac sabía que la sede de Richmond del FBI se encontraba literalmente al final de aquella misma calle.
Salieron del coche, cruzaron la pesada puerta de cristal y fueron recibidos de inmediato por una recepcionista.
– Querríamos ver a Ray Lee Chee -anunció Mac. La recepcionista les dedicó una sonrisa brillante y les indicó que la siguieran.
– ¿Es botánico? -preguntó Kimberly, mientras seguía a Mac por el amplio y soleado pasillo.
– Geógrafo.
– ¿Y a qué se dedica un geógrafo?
– Creo que trabaja con mapas.
– ¿Le vas a enseñar la hoja a un tipo que dibuja mapas?
– Genny le conoce. Fue al colegio con su hermano o algo así. Al parecer, tiene buenos conocimientos de botánica y dijo que podría ayudarnos. -Mac se encogió de hombros-. Carezco de jurisdicción en este estado, de modo que no puedo solicitar los servicios del experto que prefiera.
La recepcionista se había detenido ante una oficina interior. Tras señalar una puerta parcialmente abierta, dio media vuelta y regresó a recepción. Kimberly se quedó a solas con Mac, preguntándose si estaba cometiendo una locura.
– ¿Señor Chee? -preguntó Mac, asomando la cabeza por el umbral. Un asiático bajito y fornido abandonó al instante su asiento y se acercó a recibirles.
– Por Dios, no me llame así. Soy Ray, a secas. Si me llama «señor Chee», solo conseguirá que mire a mí alrededor en busca de mi padre.
Tras estrechar con vigor la mano de Mac, Ray saludó a Kimberly con el mismo entusiasmo. El geógrafo era más joven de lo que había imaginado; no tenía nada que ver con los típicos académicos estirados. Vestía pantalones cortos de color caqui y una camiseta de manga corta fabricada con aquellas microfibras que tanto gustaban a los excursionistas porque absorbían el sudor corporal.
Ray les condujo a su despacho repleto de papeles y volvió a ocupar su asiento, utilizando más energía de la necesaria. Sus bíceps se agitaban incluso cuando estaba sentado y sus manos se movían a mil por hora sobre la mesa, buscando Dios sabía qué.
– Genny me dijo que necesitaban mi ayuda -comenzó Ray, radiante.
– Deseamos identificar una hoja y, según tengo entendido, usted tiene cierta experiencia en esas cosas.
– Pasé mis días universitarios estudiando botánica -explicó Ray-, antes de pasarme a geografía. La verdad es que también estudié zoología y, durante una breve temporada, mecánica. En aquella época me gustaba, y ahora, cada vez que nuestro camión se estropea, todos mis compañeros se alegran de tenerme cerca. -Se volvió hacia Kimberly-. ¿Usted no habla?
– Si no tomo café, no.
1-¿Necesita un estimulante? Hace media hora preparé la mezcla más fuerte del mundo en el hornillo. Ese mejunje le quitará el sueño de golpe y hará que le crezca un poco de pelo en el pecho. -Levantó ambas manos, que temblaban por la cafeína-. ¿Le apetece un poco?
– Mmmm, creo que esperaré.
– De acuerdo, usted misma, pero después de las primeras dieciséis tazas, de verdad le digo que no está tan malo-. Sus oscuros ojos se posaron de nuevo en Mac-. ¿Dónde está la hoja?
– En realidad, le hemos traído una imagen. -Mac rebuscó en su carpeta y extrajo una hoja de papel.
– ¿Esto es todo lo que tienen? ¿Una imagen?
– Es una imagen escaneada. A tamaño real. Por delante y por detrás. -Ray siguió mirándole fijamente, hasta que Mac se encogió de hombros con tristeza-. Lo siento. Es todo lo que tenemos.
– Una hoja de verdad sería mejor, ¿sabe? Es decir, mucho mejor. ¿Puede volver a explicarme para qué es esto?
– Es una de las pruebas de un caso.
– ¿La encontraron en la escena de un crimen? -El rostro de Ray se iluminó-. Si identifico esto, ¿podrá ser utilizado para atrapar al malo o localizar un cadáver? ¿Cómo hacen en CSI?
– Por supuesto -le aseguró Mac.
– ¡Genial! -Ray aceptó el papel con más entusiasmo-. El hecho de disponer solo de una imagen lo hará más complicado, pero me gustan los retos. Veamos de qué se trata.
Sacó una lupa y estudió la imagen durante un segundo.
– Bueno, empecemos por lo básico. Es una angiosperma… para ustedes, un árbol de hojas grandes. Teniendo en cuenta la forma ovalada acabada en punta y los bordes toscamente dentados, es probable que pertenezca a la familia Betula… un tipo de abedul. -Alzó la mirada-. ¿Pueden volver a decirme dónde han encontrado esto?
– Me temo que no puedo comentarle nada más a ese respecto.
Ray volvió a mirar la imagen y frunció el ceño.
– ¿Realmente es todo lo que tienen? ¿No había tronco, ni flores ni ramas?
– Nada.
– Pues en ese caso, supongo que también a ustedes les gustan los retos. -La silla de Ray empezó a retroceder y se detuvo de golpe ante la estantería que se alzaba a medio camino. El hombre examinó los títulos con rapidez y sus dedos pronto se detuvieron junto a un enorme volumen que llevaba por título «Manual de Botánica Gray»-. En lo que a buenas o malas noticias se refiere, el abedul es una de las tres familias de árboles más extensas. Son diversas las especies que tienen su hábitat aquí en Virginia. Si les gusta la historia, sabrán que los viejos montañeses de los Apalaches solían confeccionar cerveza de abedul a partir de la savia de los abedules negros. Es una cerveza que sabe ligeramente a gualteria. Estuvieron a punto de cosechar todos los abedules negros de las montañas para hacer ese mejunje, después desarrollaron el aceite de gualteria y finalmente, los montañeses empezaron a destilar alcohol de forma ilegal. Bien está lo que bien termina, ya saben.
Regresó rodando a su mesa, propulsando la silla con la misma facilidad que si fuera un pequeño automóvil, mientras sus dedos se deslizaban con rapidez por el extenso índice del manual. Kimberly miró por encima de su hombro y vio una página tras otra de hojas de árbol, todas ellas fotografiadas con una gran calidad de imagen y documentadas con una lista de palabras que parecían estar en latín. Era evidente que no se trataba de una lectura ligera para el verano.
– De acuerdo. Para empezar tenemos la Betula lenta, también conocida como abedul negro, abedul dulce o abedul de la cereza. Sus hojas miden entre siete y diez centímetros de largo. La de la imagen parece medir unos seis, pero es posible que todavía no esté madura, así que podría ser una posibilidad.