– ¿Dónde se pueden encontrar abedules negros? -preguntó Mac.
– Oh, por todas partes. En las montañas de la mitad occidental del estado o en zonas de la Bahía de Chesapeake, cerca de los riachuelos. ¿Eso tiene sentido?
– Todavía no lo sé -replicó Mac. Ahora, también él fruncía el ceño-. ¿Otras opciones?
– La Betula lútea o abedul amarillo, que se suele encontrar en las montañas, a mayor altura que el abedul negro. Sin embargo, se trata de un árbol bastante más grande. Llega a medir veinticuatro metros de altura y tiene hojas de más de doce centímetros, así que supongo que esta hoja se le queda pequeña. Veamos… -Ray hojeó el volumen con rapidez.
– De acuerdo, la Betula papyrifera o abedul de papel. Las hojas también alcanzan los siete centímetros de largo, lo que se aproxima más en tamaño. Crece en las montañas, por lo general en áreas taladas o quemadas. Después está la Betula nigra o abedul de río, que se encuentra en zonas poco elevadas, junto a vías fluviales o en las proximidades de riachuelos, embalses, lagos, etc. Se trata de un abedul de menor tamaño, con hojas de entre cinco y siete centímetros, así que podría ser otra posibilidad. -Les miró con intensidad-. ¿No había amento?
– ¿Qué?
– Las flores que suelen brotar en las hojas. En los abedules, son como racimos largos de forma cónica que penden entre las hojas. El tamaño de la flor varía de forma drástica, así que podría ayudarnos a estrechar la búsqueda. Además, habría una ramita pegada a la corteza. Como habrán podido suponer a partir de los nombres (negro, amarillo y papel), uno de los rasgos distintivos del abedul es el color de su tronco.
– Solo tengo la hoja -repitió Mac. Entonces musitó-: A nuestro hombre también le gustan los retos.
Se volvió hacia Kimberly. Sus hombros estaban cargados de tensión.
– Él no utilizaría nada común -dijo ella, en voz baja-. No hay brújula, ¿recuerdas? Por lo tanto, las pistas tienen que delimitar una región concreta… De lo contrario, no se trataría de ningún juego.
– Buena observación. -Mac se volvió hacia el geógrafo-. Ha dicho que el abedul es un árbol típico de Virginia. ¿Hay alguno que no sea común? ¿Alguna variedad extraña o en peligro de extinción?
Los ojos oscuros de Ray se iluminaron. Se acarició la barbilla.
– Buena pregunta… No, esto no va a servir de ninguna ayuda. -Cerró el libro y, tras reflexionar unos instantes, se volvió con brusquedad hacia el ordenador y tecleó con rapidez-. Lo que ustedes necesitan es un dendrólogo. Yo no soy más que un geógrafo al que le interesa la botánica. Sin embargo, un dendrólogo…
– ¿Tiene un nombre más importante? -preguntó Kimberly.
– No, es un botánico experto en árboles. Verán, yo soy generalista. Pregúntenme sobre la flor que quieran. Se me dan muy bien las flores. Y los helechos. En cambio, un dendrólogo podrá explicarles todo aquello que siempre hayan querido saber sobre los árboles.
– Dios mío, hay «ólogos» para todo -murmuró Kimberly.
– Tantos que ni te lo imaginas -replicó Mac.
– Señores, han venido a la oficina de campo de Richmond. Las personas que trabajamos aquí somos, en nuestra mayoría, geógrafos e hidrólogos. Muchos tenemos también otros intereses como la botánica, la biología, la geología y demás. Estaremos encantados de ayudarles, pero creo que nuestros conocimientos son menos específicos de lo que ustedes necesitan. En Reston, en nuestra sede nacional, hay botánicos, palinólogos, geólogos, geólogos cársticos y demás. Ahí es donde viven los peces gordos.
– ¿Dónde está Reston? -preguntó Mac.
– A dos horas al norte.
– No tenemos dos horas.
Los dedos de Ray se deslizaron por el teclado.
– Para los investigadores apremiados por el tiempo, disponemos de la mejor maravilla del siglo veinte. ¡Tachan! Internet, donde prácticamente hay un sitio web para cada «ología». La verdad es que a los tipos raros les encanta la tecnología. -Pulsó la tecla de retorno y apareció en pantalla una página del Departamento Estadounidense de Agricultura, titulada Dendrología de Virginia.
– Ver para creer -comentó Kimberly.
– Y que lo digas -replicó Mac.
– Y tenemos un sospechoso final para su consideración -anunció Ray-. Señoras y señores, permítanme presentarles a la Betunapopulifolia, también conocida como abedul gris. Este miembro menor de la familia de los abedules alcanza tan solo los nueve metros y sus hojas miden unos siete centímetros y medio. Puede que la corteza parezca marrón, pero en realidad es de color blanco agrisado. A diferencia del abedul amarillo y el abedul de papel que, francamente, siempre parecen andar algo escasos de corteza, la del abedul gris es suave y no se descascara. Su madera es ligera y se utiliza sobre todo como combustible y para hacer pasta de papel. Lo mejor de todo es que únicamente se encuentra en una zona de todo el estado. Oh, aquí está el problema: no dicen cuál es.
Ray guardó silencio, arrugó la nariz y la movió de un lado a otro mientras seguía estudiando la pantalla. Mac se acuclilló tras él y su rostro adoptó aquella expresión intensa que Kimberly empezaba a conocer tan bien.
– ¿Está diciendo que este abedul podría ser el de nuestra fotografía?
– Podría ser.
– ¿Y que solo se encuentra en una zona de Virginia?
– Eso es lo que dicen los dendrólogos.
– Necesito conocer ese lugar. -Mac se interrumpió un segundo-. Ahora.
– Mmm, mmm, mmm, mmm. Bueno, esto es solo una conjetura. -Ray golpeó la pantalla del ordenador con su lapicero-. Fíjense en la distribución. El abedul gris es un árbol común en Nueva York, Pensilvania y Nueva Jersey. Estos tres estados se encuentran al norte de Virginia, y eso significa que, probablemente, a este árbol le gustan las temperaturas frescas. Por lo tanto, tiene que crecer en algún lugar de las…
– De las montañas -dijo Kimberly.
Él asintió.
– Sí. Y ahora la pregunta es la siguiente: ¿en qué cadena montañosa crece? ¿En el Blue Ridge, en los montes Shenandoah o en los Apalaches? Esperen, tengo una idea. -Su silla salió disparada por la sala una vez más. Cogió un listín telefónico de lo alto de la estantería, pasó diversas páginas, cogió el teléfono y marcó unos números-. Con Kathy Levine, por favor. ¿Ha salido? ¿Cuándo cree que volverá? Le dejaré un mensaje. -Guardó silencio unos instantes-. Kath, hola. Soy Ray Lee Chee, del Instituto Cartográfico. Tengo una pregunta sobre el abedul gris. ¿Dónde puedo encontrarlo en este estado? Se trata de un asunto bastante importante, muy de Sherlock Holmes. Cuando regreses, pégame un toque. Estaré esperando tu llamada. Adiós.
Colgó el teléfono y observó los ojos expectantes de sus interlocutores.
– Kathy trabaja como botánica en el Parque Nacional Shenandoah. Está muy familiarizada con los árboles de esa zona y, si alguien sabe algo del abedul gris, ese alguien es ella. Por desgracia, en estos momentos está realizando trabajo de campo.
– ¿Hasta cuándo? -preguntó Mac.
– Hasta dentro de cuatro días.
– ¡No disponemos de cuatro días!
Ray levantó una mano.
– Ya lo sé, ya lo sé. Eso ya lo tenía bastante claro. De todos modos, supongo que a mediodía irá a comer, comprobará los mensajes, me llamará y entonces yo les llamaré a ustedes. Solo faltan cuatro horas para el mediodía.
– Cuatro horas pueden ser demasiado tiempo -dijo Mac, con el rostro sombrío.
– ¿Qué quieren que les diga? No es nada sencillo cuando solo dispones de la fotografía de una hoja.
– Tengo una pregunta -dijo Kimberly-. De todos los estudios que tiene… ¿sabe si existe alguna relación entre Virginia y Hawai?
– ¿Virginia y Hawai?
– Sí.
– Uf. No tengo ni idea. Desde una perspectiva vegetal, no se me ocurre ninguna. Hawai es un lugar tropical, ya saben. Y Virginia no. Bueno, excepto esta semana. Siempre estamos preparados para hacer una excepción.