– ¿Y cómo sabremos por dónde ir?
– Examinando el mapa y utilizando las brújulas. Es lento, pero seguro.
Kimberly apenas asintió. Observaba nerviosa el oscuro bosque que se alzaba ante ellos, enmoquetado en nueve tonos de verde. Mac veía belleza, pero ella veía algo mucho más terrible.
– Vuelve a contarme cuántas veces has hecho esto -susurró.
– Colaboré en dos de las operaciones de rescate de Georgia.
– Dijiste que la gente resultaba herida.
– Sí.
– Dijiste que el asesino preparaba escenarios como este solo para torturarnos.
– Sí.
– Es un verdadero hijo de puta, ¿verdad?
– Oh, sí.
Kimberly asintió, enderezando los hombros y alzando la barbilla en aquel gesto que Mac ya conocía tan bien.
– De acuerdo -dijo entonces, con voz tensa-. Vamos a encontrar a esa chica, vamos a alegrarnos el día y vamos a salir de este parque para poder detener a ese cabrón. ¿Trato hecho?
– Eres la mujer con la que me identifico -replicó Mac con seriedad.
Emprendieron la marcha entre los espesos y oscuros bosques.
Caminar por el sendero de tierra era fácil. Era empinado, pero manejable, pues los rebordes rocosos y las viejas raíces formaban una cascada natural de escaleras. Las sombras abundaban porque el espeso dosel de árboles impedía el paso del sol, pero resultaba más difícil escapar del calor y la humedad. Mientras descendían por el sendero, a Mac empezó a faltarle el aliento. Minutos después, su rostro se cubrió de sudor y pudo sentir que la humedad salpicaba de molestas gotitas sus omoplatos, allí donde la mochila le presionaba la camisa. El sol brillaba con fuerza, pero la humedad era su verdadero enemigo, pues podía convertir aquel bosque de alta montaña en un refugio sombrío o en una selva humeante donde cada paso requería un gran esfuerzo físico.
Mac y ella se habían cambiado de ropa para la operación. Kimberly vestía pantalones cortos de color caqui y una camiseta de algodón de manga corta, el atuendo informal de una excursionista aficionada. Mac, que contaba con mayor experiencia, se había puesto pantalones cortos de nailon y una camisa de nailon de secado rápido. En cuanto había empezado a sudar, el material sintético había secado la humedad de su cuerpo, concediéndole cierto nivel de comodidad. En cambio, Kimberly ya tenía la camiseta de algodón pegada al cuerpo y, pronto, tanto esta como los pantalones cortos empezarían a irritarle dolorosamente la piel. Mac se preguntó si Kimberly protestaría. No, estaba convencido de que no lo haría.
– ¿Crees que todavía está viva? -preguntó Kimberly, lacónica. Su aliento también escapaba en breves jadeos, pero avanzaba con paso firme. Cuando se solicitaban sus servicios, aquella mujer no decepcionaba.
– En cierta ocasión leí un estudio sobre operaciones de búsqueda y rescate -explicó Mac-. El setenta y cinco por cierto de las víctimas mortales murió durante las primeras cuarenta y ocho horas. Si realmente esa joven fue abandonada ayer, tenemos veinticuatro horas más para encontrarla.
– Por lo general, ¿qué es lo que mata a las personas perdidas? -preguntó, entre jadeos.
– La hipotermia. O en un día como este, los golpes de calor. Básicamente, la exposición a los elementos es lo que más les afecta. ¿Sabías que los niños menores de seis años que se pierden en el bosque gozan de una tasa de supervivencia más elevada?
Kimberly movió la cabeza hacia los lados.
– A los niños les resulta más sencillo confiar en sus instintos -explicó Mac-. Si están cansados, duermen y si están asustados buscan refugio. En cambio, los adultos siempre tienen la certeza de que podrán recuperar el control, así que, en vez de escapar de la lluvia, el frío o el sol, siguen caminando, convencidos de que la salvación está a la vuelta de la esquina. Y eso es exactamente lo que no se debe hacer. Las oportunidades de sobrevivir son mayores si permaneces tranquilo y te quedas quieto en un lugar. Una persona normal puede pasar hasta cinco días sin agua y hasta un mes sin comida, pero si te dedicas a caminar sin parar, te arriesgas a quedarte sin reservas, a sobreexponerte a los elementos, a caerte por un barranco, a tropezar con la guarida de un oso, etcétera. Así que ya sabes que un excursionista perdido muere durante las primeras cuarenta y ocho horas, mientras que cualquier estúpido es capaz de sobrevivir una semana entera.
Mac se interrumpió de repente. Miró de nuevo el mapa y después la brújula.
– Espera. Sí. Aquí es donde debemos desviarnos.
Kimberly se detuvo junto a él y Mac pudo sentir que su inquietud se multiplicaba inmediatamente por diez. No había ningún camino marcado ante ellos, sino tierra que descendía en picado entre un amasijo de peñascos, arbustos y hierbajos. Los árboles caídos yacían en medio de su camino, cubiertos de mullido musgo y brillantes helechos. Ramas tronchadas sobresalían a una altura peligrosamente baja, y gruesas enredaderas verdes cubrían la mitad de los árboles que había a la vista.
El bosque era frondoso, oscuro. Kathy Levine tenía razón: contenía secretos que podían ser hermosos y, a la vez, letales.
– Si nos separamos -dijo Mac, con voz tranquila-, quédate quieta y toca el silbato. Te encontraré.
A todos los miembros de los equipos de búsqueda y rescate se les habían proporcionado estridentes silbatos de plástico. Debían dar un silbido para comunicarse con sus compañeros y dos para anunciar que habían encontrado a la joven. Tres silbidos era la llamada internacional de socorro.
Kimberly había deslizado los ojos hacia el suelo. Mac la veía examinar cada roca y cada grieta en busca de señales de avispas o serpientes de cascabel. Tenía la mano apoyada sobre su muslo izquierdo. Ahí es donde lleva el cuchillo, pensó, y al instante sintió que un anticuado arrebato de lujuria masculina hacía que se le encogiera el estómago. No sabía por qué una mujer armada podía resultarle tan atractiva, pero Kimberly le encantaba.
– Todo irá bien -le dijo entonces.
Kimberly por fin le miró.
– No hagas promesas que no puedas cumplir -replicó. Acto seguido abandonó el sendero y accedió a aquel terreno repleto de maleza.
Avanzar deprisa cada vez le resultaba más difícil. Kimberly resbaló en dos ocasiones y bajó rodando media pendiente. Los largos y gruesos hierbajos le ofrecían poca tracción, a pesar de que llevaba botas de montaña, y las rocas y las raíces de los árboles surgían en los lugares más inoportunos. Si miraba hacia el suelo en busca de obstáculos, la rama de un árbol le arañaba el muslo; si miraba hacia arriba, se arriesgaba a golpearse las espinillas con un tronco caído; y si intentaba mirar a todas partes a la vez, acababa cayéndose…, por lo general, con dolorosos y sangrientos resultados.
Tras dos horas de caminata, sus piernas lucían un entramado de arañazos que hacía juego con los que todavía se estaban curando en su rostro. Logró evitar las avispas, pero sin darse cuenta metió el pie en hiedra venenosa. Dejó de tropezar con troncos caídos, pero se torció dos veces los tobillos al resbalar en una roca.
Podía decirse que no estaba disfrutando demasiado del bosque. Suponía que debería ser hermoso, pero para ella no lo era. Sentía la soledad de este lugar, donde el sonido de los pasos de su compañero era sofocado por el musgo que cubría las rocas y, aunque sabía que había otro equipo de búsqueda en un radio de cinco kilómetros, era incapaz de oír nada. Se sentía desorientada bajo aquellos gigantescos árboles que bloqueaban la luz del sol y hacían que fuera tan difícil saber en qué dirección avanzaban. Aquel terreno escarpado y ondulante les obligaba continuamente a descender para subir o a ascender para bajar. ¿Dónde estaba el norte? ¿Y el sur? ¿Y el este? ¿Y el oeste? Ya no lo sabía, y eso le hacía sentirse ansiosa de un modo que era incapaz de explicar.