– Hicimos todo lo que pudimos, y lo hicimos lo mejor que pudimos. Pero él era nuestro enemigo, Kimberly. Él les quitó la vida. Y Dios intentó ayudarnos, pero el enemigo era demasiado astuto.
– Quiero que regresen.
– Lo sé.
– Las echo de menos continuamente. Incluso a Mandy.
– Lo sé.
– Papá, no sé por qué sigo viva…
– Porque Dios se apiadó de mí, Kimberly. Porque sin ti, creo que me habría vuelto loco.
Volvió a abrazarla con fuerza. Ella lloró desconsolada, apoyada en su pecho, y pudo sentir que su padre también lloraba, pues las lágrimas caían sobre su cabello. Su estoico padre, que ni siquiera lloraba en los entierros…
– Deseaba tanto salvarla -susurró Kimberly.
– Lo sé. No es malo preocuparse por los demás. Algún día, ese será tu punto fuerte.
– Pero duele. Y ahora ya no podemos hacer nada. El juego ha terminado y ha ganado la persona equivocada… Me siento incapaz de regresar a casa a esperar que comience el siguiente partido. Estamos hablando de vidas y de muertes. Deberíamos tomárnoslo más en serio.
– No ha terminado, Kimberly.
– Por supuesto que sí. No conseguimos encontrar a la segunda chica. Ahora, lo único que podemos hacer es esperar.
– No. Esta vez no. -Su padre respiró hondo y se separó lentamente de ella. Entonces la miró en la oscura y sofocante oscuridad, con el semblante más triste que Kimberly había visto en su vida-. Kimberly -le dijo, con voz calmada-. Lo siento mucho, cariño, pero esta vez no había solo dos chicas. Esta vez, el asesino se llevó a cuatro.
Cuando logró llegar a la escena del crimen, Rainie resoplaba con fuerza. Las lámparas iluminaban el camino, haciendo que fuera sencillo avanzar, pero la pendiente era demasiado pronunciada. Y aunque era más de medianoche y la luna brillaba en el cielo, parecía que nadie se había molestado en comentárselo al calor. Tenía la camiseta y los pantalones cortos empapados; había echado a perder el tercer conjunto del día.
Odiaba este tiempo. Odiaba este lugar. Deseaba regresar a casa, pero no al piso que compartía con Quincy en un elevado edificio de Manhattan, sino a Bakersville, Oregón, donde los abetos alcanzaban alturas asombrosas y la fresca brisa del océano agitaba el agua. Donde las personas se conocían por su nombre y, aunque resultaba difícil escapar del pasado, te proporcionaba un ancla para el presente. Bakersville, su pueblo, su comunidad, el lugar donde se sentía como en casa…
El ataque de nostalgia la golpeó con fuerza, como había hecho con tanta frecuencia durante los últimos meses. El dolor del pasado le llenaba de una inquietud tan grande que cada vez le resultaba más difícil ocultarlo. Sabía que Quincy se había dado cuenta, pues en ocasiones veía que la miraba con una pregunta en los ojos. Deseaba poder darle una respuesta, ¿pero cómo iba a hacerlo cuando ni siquiera ella misma sabía lo que le pasaba?
En ocasiones ansiaba cosas que no sabía nombrar. Y en ocasiones, cuando pensaba en lo mucho que amaba a Quincy, todo esto le hacía aún más daño.
Encontró a Mac reunido con tres personas alrededor del cadáver. La primera parecía el médico forense, la segunda tenía pinta de ayudante y la tercera era una mujer pelirroja con el cabello corto y el rostro salpicado de pecas. Tenía la constitución de un petardo, con las piernas musculosas y la espalda amplia de una excursionista versada. No pertenecía al departamento forense. Probablemente, era quien dirigía las operaciones de búsqueda y rescate.
Treinta segundos después, Mac efectuó las presentaciones pertinentes y Rainie se sintió complacida al descubrir que no se había equivocado. El forense resultó ser Howard Weiss, su ayudante era Dan Lansing y la pelirroja era Kathy Levine, la mujer que había organizado la búsqueda.
Levine todavía tenía asuntos que tratar con los forenses, de modo que los tres se retiraron, dejando a Mac y Rainie solos junto al cadáver.
– ¿Dónde está Quincy? -preguntó Mac.
– Me dijo que necesitaba mantener una conversación paternal con Kimberly. Al ver su cara preferí no entrometerme.
– ¿Discuten mucho?
– Solo porque se parecen demasiado. -Se encogió de hombros-. Algún día se darán cuenta.
– ¿Qué me dice sobre Kaplan y Watson? ¿Van a unirse al grupo o no les han permitido abandonar la base?
– Todavía no lo sé. Watson trabaja a jornada completa en la Academia, de modo que, aunque el FBI por fin se haya decidido a formar un equipo para investigar este caso, es posible que prefiera no involucrarle personalmente. Kaplan es el investigador jefe del homicidio de Quantico, de modo que tiene tiempo de sobra para ocuparse del caso, pero carece de jurisdicción. Sin embargo, como es un hombre de recursos, supongo que en una hora o dos se pondrá en marcha y aparecerá rodeado de agentes del NCIS. ¿No cree que somos las personas más afortunadas del planeta? -Deslizó la mirada hacia la bolsa de plástico negro, cuyo contenido estaba bien iluminado por uno de los focos alimentados por un generador-. ¡Joder!
– Recibió dos docenas de mordeduras -dijo Mac-. Como mínimo. La pobre debió de dirigirse directamente hacia el nido y no tuvo ninguna oportunidad.
– ¿Y su bolso? ¿Y la garrafa de agua?
– Todavía no han aparecido, pero tampoco sabemos en qué lugar fue abandonada. A la luz del día podremos encontrar su rastro y seguirlo. Probablemente encontraremos sus cosas durante el camino.
– Parece extraño que se deshiciera del agua.
Mac se encogió de hombros.
– Con este calor, un galón apenas es suficiente para cuatro horas. Ella llevaba aquí al menos veinticuatro, así que…
– Así que, aunque este tipo juegue bien, es un verdadero cabrón. -Rainie se enderezó-. Bueno, ¿quiere que le cuente primero la buena noticia o la mala?
Mac guardó silencio unos instantes. Rainie advirtió que su mandíbula era ahora más huesuda y que habían aparecido nuevas arrugas en su frente. Era obvio que se había esforzado al máximo. Sin embargo, ni siquiera parpadeaba.
– Si de verdad da igual, creo que prefiero empezar por la buena.
– Puede que sepamos su nombre. -Rainie sacó la libreta de espiral del bolsillo trasero de su pantalón y empezó a pasar las páginas. Entonces, observó una vez más el cadáver-. Morena, veinte años de edad, ojos marrones, con una marca de nacimiento en la parte superior del pecho izquierdo…- se inclinó, guardando silencio, y miró de reojo a Mac. El agente ya había apartado la mirada, gesto que Rainie agradeció. Era incapaz de comprender que algunas personas manipularan los cadáveres como si fueran simples muñecas. Aunque estuviera muerta, aquella muchacha tenía una familia, una vida y personas que la amaban profundamente. No había ninguna necesidad de faltarle al respecto de un modo innecesario.
Con suma cautela, desabotonó la parte superior de la blusa de la joven y tuvo que moverle la cabeza para que la luz del foco pudiera iluminar el punto que buscaba. Entonces pudo ver, asomando por el borde de su sujetador negro de satén, una marca de nacimiento de color marrón oscuro en forma de trébol.
– Sí -dijo Rainie en voz baja-. Es Vivienne Benson. Estudiaba en la Universidad Mary Washington de Fredericksburg y durante el verano trabajaba para su tío. Cuando ayer no se presentó al trabajo, el hombre llamó a su casera, que fue a su apartamento y lo encontró vacío… Bueno, solo estaba el perro, aullando desesperado por salir. La mujer se apiadó del pobre animal y después llamó a la policía. Según ella, ni Vivienne ni su compañera de piso, Karen Clarence, serían capaces de salir la noche entera. Sobre todo por el perro, al que querían con locura.
– ¿Karen es rubia?
– No, morena.
Mac frunció el ceño.
– El cadáver que encontramos en Quantico tenía el cabello rubio.
– Lo sé.
– ¿No era Karen Clarence?
– No. Era Betsy Radison. Su hermano la identificó hace unas horas.