– Es posible. -Sin embargo, el agente estaba mirando con el ceño fruncido la boca cosida de la víctima. Kimberly, escondida detrás de un árbol, pudo leer sus pensamientos: ¿Qué tipo de ladrón cose la boca de su víctima? ¿Y qué tipo de ladrón se deshace de un cadáver en una base de los marines?
– Tengo que ir a buscar bolsas de papel para proteger las manos -anunció el médico forense-. Están en mi furgoneta.
– Le acompañaremos. Quiero revisar algunas cosas. -El agente naval de mayor edad hizo un gesto con la cabeza a su compañero, que se apresuró a ponerse en marcha. Los tres descendieron por el sendero de tierra, dejando el cadáver vigilado por los cuatro marines.
Kimberly estaba considerando el modo de abandonar sigilosamente aquel lugar cuando una mano fuerte le cogió por la muñeca y, al instante siguiente, una segunda mano le tapó la boca. No se molestó en gritar; en vez de ello, le mordió.
– Mierda -rugió una voz profunda en su oído-. ¿Alguna vez hablas antes de disparar? Si sigo tropezando contigo, no me va a quedar ni solo un músculo sano.
Kimberly reconoció la voz y, a regañadientes, relajó la presión de sus dientes. A cambio, el hombre apartó sus manos de ella.
– ¿Qué estás haciendo aquí? -susurró Kimberly, lanzando una mirada furtiva a los guardias apostados en la escena del crimen, antes de girarse para mirar el semblante sombrío del agente especial McCormack.
– ¿Qué ha ocurrido? -Al instante levantó una mano para indicarle que guardara silencio-. Si tú estás así, no quiero imaginar cómo habrá acabado el otro tipo.
Kimberly se llevó una mano a la cara y advirtió que tenía diversos arañazos en la nariz y las mejillas, salpicados de puntos de sangre seca. Su apresurada carrera por el bosque había pasado factura. No era de extrañar que su supervisor hubiera intentado enviarla a su cuarto a descansar.
– ¿Qué estás haciendo aquí? -repitió Kimberly, en voz baja.
– Oí un rumor y decidí seguirlo. -Su mirada recorrió brevemente su cuerpo-. Y también he oído decir que una estudiante de la Academia encontró el cadáver. ¿Debo asumir que has tenido tú ese honor? ¿Te parece bien abandonar la ruta de la carrera de entrenamiento físico?
Kimberly le miró colérica. El agente se encogió de hombros y volvió a centrar su atención en la escena del crimen.
– Quiero esa hoja -rugió su voz en su oreja-. La que el médico forense apartó de la cabeza de la víctima…
– No es el protocolo correcto.
– Eso díselo a él, querida. Quiero esa hoja. Y ya que estás aquí, podrías ayudarme a conseguirla.
Ella se apartó de un salto.
– No pienso…
– Lo único que tienes que hacer es distraer a esos guardias. Conversa con ellos, distráelos con esos ojos azules y, en menos de sesenta segundos, yo habré terminado.
Kimberly le miró con el ceño fruncido.
– Tú distraes a los guardias y yo cojo la hoja -replicó.
Él la miró como si fuera ligeramente retrasada.
– Querida -dijo, hablando con voz cansada-, tú eres la chica.
– ¿Y por eso no puedo coger una hoja? -preguntó, alzando la voz sin darse cuenta.
El agente especial volvió a cubrirle la boca con la mano.
– No, pero sin duda posees más atractivo para esos muchachos que yo. -Contempló el sendero arbolado, en la dirección por la que se habían alejado el médico forense y ambos investigadores navales-. Vamos, preciosa. No tenemos el resto de nuestras vidas.
Este tío es un idiota, pensó ella. Y un machista. A pesar de todo asintió. El medico forense había sido negligente al retirar aquella hoja del cabello de la joven, así que lo mejor sería que alguien la recuperara.
Mac señaló a la pareja de guardias y le indicó que quería que los llevara hacia el frente, pues así podría acercarse por detrás.
Treinta segundos después, Kimberly respiró hondo, salió de entre los árboles y empezó a avanzar por el sendero de tierra. Entonces, giró con brusquedad a la izquierda y echó a andar hacia la pareja de guardias.
– Necesito ver el cadáver un momento -dijo, con tono jovial.
– Se encuentra en un área restringida, señora -dijo el primer centinela, con la mirada fija en algún punto situado más allá de su oreja izquierda.
– Oh, estoy segura de ello. -Kimberly hizo un ademán con la mano y siguió caminando.
Sin realizar ningún tipo de esfuerzo, el guardia se movió discretamente hacia la izquierda y le cerró el paso.
– Disculpe -dijo Kimberly, con firmeza-, pero creo que no me ha entendido. Estoy acreditada. Formo parte del caso. Por el amor de Dios, fui la primera oficial que estuvo presente en la escena.
El marine la miró con el ceño fruncido, sin dejarse impresionar. La otra pareja de guardias había empezado a acercarse para ayudar a sus compañeros. Mientras Kimberly les dedicaba una sonrisa enfermizamente dulce, vio que el agente especial McCormack accedía al claro tras ellos.
– Señora, debo pedirle que se marche -dijo el primer centinela.
– ¿Dónde está el registro de la escena del crimen? -preguntó Kimberly-. Tráiganlo y les demostraré que mi nombre aparece en él.
Por primera vez, el marine vaciló. Kimberly no se había equivocado: aquellos tipos eran simples soldados de infantería. No sabían nada sobre procedimientos de investigación ni sobre jurisdicción legal.
– En serio -insistió, acercándose un paso más y haciendo que todos empezaran a impacientarse-. Soy la nueva agente Kimberly Quincy. Esta mañana, aproximadamente a las ocho horas y veintidós minutos, encontré a la víctima y aseguré la escena para el NCIS. Quiero seguir este caso.
Mac ya se encontraba a medio camino del cadáver. Para lo grande que era, se movía con un sigilo sorprendente.
– Señora, esta zona pertenece a los marines y está restringida a los marines. A no ser que venga acompañada por el agente apropiado, no podrá acceder a la escena del crimen.
– ¿Y quién es el agente apropiado?
– Señora…
– Señor, yo encontré a esa muchacha por la mañana. Comprendo que usted tenga que cumplir con su deber, pero no voy a permitir que una pobre chica se quede sola con un puñado de hombres vestidos de camuflaje. Necesita tener cerca a una de las suyas. Es así de simple.
El marine la miró colérico. Era evidente que, en su cabeza, aquellas palabras habían cruzado alguna línea que rozaba la locura. El hombre suspiró y pareció luchar consigo mismo para mostrarse paciente.
Mac ya se encontraba en la zona por la que había revoloteado la hoja antes de posarse en el suelo. Estaba apoyado sobre manos y rodillas y avanzaba con cautela. Por primera vez, Kimberly fue consciente del problema al que se enfrentaban. Había demasiadas hojas secas en el suelo, rojas, amarillas y marrones. ¿De qué color era la que había quedado atrapada en el cabello de la joven? Oh, Dios, ya no lo recordaba.
Los guardias de refuerzo se habían acercado un poco más y tenían las manos en la empuñadura de sus rifles. Kimberly alzó la barbilla y les desafió a disparar.
– Tiene que marcharse -repitió el primer guardia.
– No.
– Señora, o se marcha por sí misma o nos veremos obligados a ayudarla.
Mac ya tenía una hoja en las manos. La sostenía en alto y la observaba con el ceño fruncido. ¿También él se estaba preguntando de qué color era la hoja que llevaba la víctima en el pelo o acaso lo recordaba?
– Pónganme una mano encima y les demandaré por acoso sexual.