La recepcionista se había detenido ante una oficina interior. Tras señalar una puerta parcialmente abierta, dio media vuelta y regresó a recepción. Kimberly se quedó a solas con Mac, preguntándose si estaba cometiendo una locura.
– ¿Señor Chee? -preguntó Mac, asomando la cabeza por el umbral. Un asiático bajito y fornido abandonó al instante su asiento y se acercó a recibirles.
– Por Dios, no me llame así. Soy Ray, a secas. Si me llama «señor Chee», solo conseguirá que mire a mí alrededor en busca de mi padre.
Tras estrechar con vigor la mano de Mac, Ray saludó a Kimberly con el mismo entusiasmo. El geógrafo era más joven de lo que había imaginado; no tenía nada que ver con los típicos académicos estirados. Vestía pantalones cortos de color caqui y una camiseta de manga corta fabricada con aquellas microfibras que tanto gustaban a los excursionistas porque absorbían el sudor corporal.
Ray les condujo a su despacho repleto de papeles y volvió a ocupar su asiento, utilizando más energía de la necesaria. Sus bíceps se agitaban incluso cuando estaba sentado y sus manos se movían a mil por hora sobre la mesa, buscando Dios sabía qué.
– Genny me dijo que necesitaban mi ayuda -comenzó Ray, radiante.
– Deseamos identificar una hoja y, según tengo entendido, usted tiene cierta experiencia en esas cosas.
– Pasé mis días universitarios estudiando botánica -explicó Ray-, antes de pasarme a geografía. La verdad es que también estudié zoología y, durante una breve temporada, mecánica. En aquella época me gustaba, y ahora, cada vez que nuestro camión se estropea, todos mis compañeros se alegran de tenerme cerca. -Se volvió hacia Kimberly-. ¿Usted no habla?
– Si no tomo café, no.
1-¿Necesita un estimulante? Hace media hora preparé la mezcla más fuerte del mundo en el hornillo. Ese mejunje le quitará el sueño de golpe y hará que le crezca un poco de pelo en el pecho. -Levantó ambas manos, que temblaban por la cafeína-. ¿Le apetece un poco?
– Mmmm, creo que esperaré.
– De acuerdo, usted misma, pero después de las primeras dieciséis tazas, de verdad le digo que no está tan malo-. Sus oscuros ojos se posaron de nuevo en Mac-. ¿Dónde está la hoja?
– En realidad, le hemos traído una imagen. -Mac rebuscó en su carpeta y extrajo una hoja de papel.
– ¿Esto es todo lo que tienen? ¿Una imagen?
– Es una imagen escaneada. A tamaño real. Por delante y por detrás. -Ray siguió mirándole fijamente, hasta que Mac se encogió de hombros con tristeza-. Lo siento. Es todo lo que tenemos.
– Una hoja de verdad sería mejor, ¿sabe? Es decir, mucho mejor. ¿Puede volver a explicarme para qué es esto?
– Es una de las pruebas de un caso.
– ¿La encontraron en la escena de un crimen? -El rostro de Ray se iluminó-. Si identifico esto, ¿podrá ser utilizado para atrapar al malo o localizar un cadáver? ¿Cómo hacen en CSI?
– Por supuesto -le aseguró Mac.
– ¡Genial! -Ray aceptó el papel con más entusiasmo-. El hecho de disponer solo de una imagen lo hará más complicado, pero me gustan los retos. Veamos de qué se trata.
Sacó una lupa y estudió la imagen durante un segundo.
– Bueno, empecemos por lo básico. Es una angiosperma… para ustedes, un árbol de hojas grandes. Teniendo en cuenta la forma ovalada acabada en punta y los bordes toscamente dentados, es probable que pertenezca a la familia Betula… un tipo de abedul. -Alzó la mirada-. ¿Pueden volver a decirme dónde han encontrado esto?
– Me temo que no puedo comentarle nada más a ese respecto.
Ray volvió a mirar la imagen y frunció el ceño.
– ¿Realmente es todo lo que tienen? ¿No había tronco, ni flores ni ramas?
– Nada.
– Pues en ese caso, supongo que también a ustedes les gustan los retos. -La silla de Ray empezó a retroceder y se detuvo de golpe ante la estantería que se alzaba a medio camino. El hombre examinó los títulos con rapidez y sus dedos pronto se detuvieron junto a un enorme volumen que llevaba por título «Manual de Botánica Gray»-. En lo que a buenas o malas noticias se refiere, el abedul es una de las tres familias de árboles más extensas. Son diversas las especies que tienen su hábitat aquí en Virginia. Si les gusta la historia, sabrán que los viejos montañeses de los Apalaches solían confeccionar cerveza de abedul a partir de la savia de los abedules negros. Es una cerveza que sabe ligeramente a gualteria. Estuvieron a punto de cosechar todos los abedules negros de las montañas para hacer ese mejunje, después desarrollaron el aceite de gualteria y finalmente, los montañeses empezaron a destilar alcohol de forma ilegal. Bien está lo que bien termina, ya saben.
Regresó rodando a su mesa, propulsando la silla con la misma facilidad que si fuera un pequeño automóvil, mientras sus dedos se deslizaban con rapidez por el extenso índice del manual. Kimberly miró por encima de su hombro y vio una página tras otra de hojas de árbol, todas ellas fotografiadas con una gran calidad de imagen y documentadas con una lista de palabras que parecían estar en latín. Era evidente que no se trataba de una lectura ligera para el verano.
– De acuerdo. Para empezar tenemos la Betula lenta, también conocida como abedul negro, abedul dulce o abedul de la cereza. Sus hojas miden entre siete y diez centímetros de largo. La de la imagen parece medir unos seis, pero es posible que todavía no esté madura, así que podría ser una posibilidad.
– ¿Dónde se pueden encontrar abedules negros? -preguntó Mac.
– Oh, por todas partes. En las montañas de la mitad occidental del estado o en zonas de la Bahía de Chesapeake, cerca de los riachuelos. ¿Eso tiene sentido?
– Todavía no lo sé -replicó Mac. Ahora, también él fruncía el ceño-. ¿Otras opciones?
– La Betula lútea o abedul amarillo, que se suele encontrar en las montañas, a mayor altura que el abedul negro. Sin embargo, se trata de un árbol bastante más grande. Llega a medir veinticuatro metros de altura y tiene hojas de más de doce centímetros, así que supongo que esta hoja se le queda pequeña. Veamos… -Ray hojeó el volumen con rapidez.
– De acuerdo, la Betula papyrifera o abedul de papel. Las hojas también alcanzan los siete centímetros de largo, lo que se aproxima más en tamaño. Crece en las montañas, por lo general en áreas taladas o quemadas. Después está la Betula nigra o abedul de río, que se encuentra en zonas poco elevadas, junto a vías fluviales o en las proximidades de riachuelos, embalses, lagos, etc. Se trata de un abedul de menor tamaño, con hojas de entre cinco y siete centímetros, así que podría ser otra posibilidad. -Les miró con intensidad-. ¿No había amento?
– ¿Qué?
– Las flores que suelen brotar en las hojas. En los abedules, son como racimos largos de forma cónica que penden entre las hojas. El tamaño de la flor varía de forma drástica, así que podría ayudarnos a estrechar la búsqueda. Además, habría una ramita pegada a la corteza. Como habrán podido suponer a partir de los nombres (negro, amarillo y papel), uno de los rasgos distintivos del abedul es el color de su tronco.
– Solo tengo la hoja -repitió Mac. Entonces musitó-: A nuestro hombre también le gustan los retos.
Se volvió hacia Kimberly. Sus hombros estaban cargados de tensión.
– Él no utilizaría nada común -dijo ella, en voz baja-. No hay brújula, ¿recuerdas? Por lo tanto, las pistas tienen que delimitar una región concreta… De lo contrario, no se trataría de ningún juego.
– Buena observación. -Mac se volvió hacia el geógrafo-. Ha dicho que el abedul es un árbol típico de Virginia. ¿Hay alguno que no sea común? ¿Alguna variedad extraña o en peligro de extinción?