– ¿La echas de menos?
– La verdad es que hace años que no pienso en ella.
– ¿Por qué? Por lo que dices, parece la mujer perfecta.
Mac le dedicó una mirada impaciente.
– Nadie es perfecto, Kimberly. Y si de verdad quieres saberlo; te diré que teníamos un problema. Un problema importante, a mi modo de ver. Nunca discutíamos.
– ¿Nunca discutíais?
– Jamás. Y un hombre y una mujer deben discutir. Francamente, deberían librar una verdadera batalla cada seis meses, y después hacer el amor hasta que rompieran los muelles del colchón. Al menos, esa es mi opinión. Ahora te toca a ti. ¿Cómo se llamaba él?
– No hay ningún nombre.
– Cariño, todo el mundo tiene un nombre. El chico que se sentaba delante de ti en matemáticas, el jugador de rubgy que se esfumó de la universidad, el novio de tu hermana que secretamente deseabas que fuera tuyo… Vamos. Confesarse es bueno para el alma.
– Sigue sin haber ningún nombre. En serio. Nunca he estado enamorada. No creo que sea de esas.
Mac le miró con el ceño fruncido.
– Todo el mundo se enamora.
– Eso no es cierto -replicó-. El amor no es para todos. Hay personas que viven solas durante toda la vida y son muy felices. Enamorarse implica dar. Y también implica ser más débil. A mí nunca se me han dado demasiado bien esas cosas.
Él le dedicó una lenta e intensa mirada.
– Bueno, preciosa. Es evidente que todavía no has conocido al hombre correcto.
Las mejillas de Kimberly se sonrojaron. Le dio la espalda y siguió mirando por la ventana. Ahora la carretera ascendía por una abrupta pendiente. Habían llegado oficialmente al Blue Ridge y estaban recorriendo el Swift Run Gap. La carretera zigzagueaba en ángulos muy cerrados que ofrecían pequeños atisbos de paisajes suntuosos. Al cabo de unos minutos coronaron la cima, situada a más de siete mil trescientos metros de altura, y contemplaron el mundo que se extendía ante ellos como una manta de color verde oscuro. Los verdes valles se zambullían en el vacío, el granito gris remontaba el vuelo y el cielo azul se extendía hasta más allá de lo que sus ojos alcanzaban a ver.
– ¡Guau! -exclamó Kimberly y Mac fue incapaz de añadir algo mejor.
Se detuvieron en el acceso del Parque Nacional Shenandoah, pagaron la entrada y recibieron un mapa que señalaba los diferentes miradores. Entonces se dirigieron hacia el norte, hacia Big Meadows, por la Carretera Skyline.
Ahora avanzaban más despacio, pues el límite de velocidad era de treinta y cinco kilómetros por hora. Ninguno de los dos protestó, porque de repente había millones de cosas que ver y apenas el tiempo suficiente para verlas. Los hierbajos bordeaban el serpenteante camino, salpicados de flores amarillas y blancas. Más allá, entre los árboles, los helechos creaban una gruesa moqueta verde y suntuosos robles y majestuosas hayas entrelazaban sus ramas en lo alto, rompiendo el sol en una docena de piezas de oro. Una mariposa amarilla pasó a toda velocidad ante ellos. Al oír jadear a Kimberly, Mac volvió la cabeza y vio que un cervatillo y su madre cruzaban la carretera a sus espaldas.
Dos pinzones amarillos jugaban al pilla-pilla en un bosquecillo de pinos. Minutos después llegaron al primer mirador, donde los árboles retrocedían y la mitad del estado de Virginia se mostraba una vez más ante ellos.
Mac necesitaba parar. No era la primera vez que se encontraba en un lugar como este, pero en ocasiones un hombre sentía la necesidad de sentarse a mirar. Kimberly y él se embebieron de aquel panorama de bosques esmeralda, salpicados de piedras grises y flores salvajes de brillantes colores. Las montañas Blue Ridge realmente sabían ofrecer un buen espectáculo.
– ¿Crees que de verdad es ecologista? -preguntó Kimberly en un murmullo.
Mac no tuvo que preguntarle a quién se refería.
– No estoy seguro, aunque siempre elige lugares de grandes dimensiones.
– El planeta agoniza -dijo ella, con voz suave-. Mira a la derecha. Hay extensiones de abetos muertos, probablemente por el pulgón lanígero, que está infestando tantos y tantos bosques. Aunque estas montañas pertenezcan a un parque natural protegido, ¿cuánto tiempo crees que estará a salvo el valle que se extiende ante nosotros? Algún día, esos campos se dividirán y todos esos árboles distantes se convertirán en centros comerciales que alimentarán a los hambrientos consumidores. Antaño, la mayor parte de los Estados Unidos tenía un aspecto parecido, pero ahora tienes que conducir cientos de kilómetros para encontrar paisajes de semejante belleza.
– Es el progreso.
– Eso es solo una excusa.
– No -replicó Mac-, Y sí. Todo cambia. Las cosas mueren. Probablemente, deberíamos estar preocupados por nuestros hijos. De todos modos, sigo sin saber qué tiene eso que ver con el hecho de que un hombre se dedique a matar a mujeres inocentes. Quizá al Ecoasesino le gusta pensar que es diferente. Quizá tiene un poco de conciencia y le molesta matar por el simple hecho de matar. Sin embargo, sus cartas y sus comentarios sobre el medio ambiente. La verdad es que creo que todo eso no es más que un montón de mierda que se inventa para permitirse hacer lo que realmente desea: secuestrar y asesinar a esas muchachas.
– En psicología aprendimos que existen muchas razones distintas por las que la gente se comporta de cierta forma. Y esto también se aplica a los asesinos. A algunos, es su ego lo que les impulsa a matar. Su ego superdesarrollado les obliga a anteponer sus necesidades a todo lo demás y les impide poner límites a su conducta. Algunos ejemplos son el asesino en serie que mata porque le gusta sentirse poderoso, el niño que aprieta el gatillo porque le apetece o el agente de bolsa que se carga a su amante después de que esta le haya amenazado con contárselo todo a su esposa; y la mata porque realmente cree que su deseo de seguridad es más importante que la vida de otra persona. Pero también existe otro tipo de asesino: el asesino moral. Se trata del fanático que entra en una sinagoga y empieza a disparar a diestro y siniestro porque cree que es su obligación. O aquel que dispara a los médicos que practican abortos porque considera que lo que hacen es pecaminoso. Esas personas no matan para satisfacer a su niño interior, sino porque creen estar haciendo lo correcto. Puede que el Ecoasesino entre en esta categoría. Mac arqueó una ceja.
– ¿De modo que esas son nuestras únicas opciones? ¿Perturbados inmaduros por un lado y perturbados justicieros por el otro?
– Técnicamente hablando, sí.
– De acuerdo. ¿Quieres que hablemos de psicología? Yo también sé jugar a eso. Creo que fue Freud quien dijo que todo lo que hacemos comunica algo sobre nuestra forma de ser.
– ¿Conoces a Freud?
– Eh, no te dejes engañar por mi atractivo físico, bonita. Tengo cerebro en la cabeza. Según Freud, la corbata que eliges, el anillo que llevas o la camisa que compras dice algo sobre ti. Nada es aleatorio; todo lo que hace tiene una intención. Bien, centrémonos ahora en lo que hace ese tipo. Siempre secuestra a mujeres que viajan en pareja y que fueron vistas por última vez saliendo de un bar. ¿Por qué lo hace? En mi opinión, los asesinos que actúan como terroristas atacan a personas que profesan ciertas creencias, pero les da igual que sus objetivos sean hombres, mujeres o niños. El asesino moral ataca al médico que practica abortos por su profesión, no por su sexo. Sin embargo, nuestro hombre lleva a sus espaldas ocho crímenes en Georgia… y dos más si consideramos que también ha actuado aquí. En todos los casos, ha escogido como víctimas a jóvenes universitarias que una noche salieron a tomar algo. ¿Qué nos dice eso sobre él?