Rainie parecía preocupada.
– Eso escaparía de lo normal -musitó.
– Lo sé. No es normal que un asesino fije como objetivo a un agente de la ley concreto, pero cosas más extrañas han ocurrido…, y como oficial al mando de la investigación, McCormack era el miembro más visible de los grupos de operaciones de Georgia. Si el asesino se identifica con un objetivo específico, es lógico que este sea McCormack.
– De modo que tenemos dos hipótesis -murmuró Rainie-: un psicópata corriente que intenta molestar a McCormack o un perturbado azotado por la culpabilidad que sigue asesinando a jóvenes, pero muestra señales de remordimiento. ¿Por qué ninguna de estas teorías me ayudará a dormir mejor esta noche?
– Porque en ambos casos se trata de un tipo letal. -Quincy se volvió hacia Kaplan-. Supongo que habrá pedido que analicen el anuncio del Quantico Sentry.
– Lo han intentado -replicó-, pero la verdad es que no hay mucho con lo que trabajar. El sello y el sobre son autoadhesivos, así que no hay restos de saliva. Tampoco se han encontrado huellas y, al tratarse de un anuncio impreso, no se puede analizar la caligrafía.
– ¿Y la forma de pago?
– Lo hizo en efectivo. Se supone que no se debe enviar dinero por correo pero, al parecer, nuestro asesino es un alma confiada.
– ¿Y el matasellos?
– De Stafford.
– ¿El pueblo de al lado?
– Sí, fue enviado ayer. Todos sus movimientos han sido locales. Un tipo de la zona asesina a una mujer y envía su mensaje.
Quincy arqueó una ceja.
– Es astuto. Ha hecho sus deberes. Bueno, el papel es un buen lugar por donde empezar. El doctor Ennunzio dijo que el GBI le había enviado el original de una carta al director. Me gustaría que le dejara también este anuncio, pues es posible que le proporcione cierta información que pueda cotejar.
Kaplan tuvo que reflexionar unos instantes.
– Podrá quedárselo una semana -dijo por fin-. Pero después, lo querré de vuelta en mi laboratorio.
– Su cooperación quedará convenientemente registrada -le aseguró Quincy.
Se oyeron unos golpes en la puerta. Quincy apretó los labios, frustrado por aquella intrusión ahora que por fin parecían estar avanzando, pero Kaplan ya se estaba poniendo en pie.
– Seguramente es uno de mis agentes -dijo, a modo de explicación-. Le dije que estaría por aquí.
Abrió la puerta del aula y apareció un joven con el cabello rapado que sostenía un papel en la mano. Su cuerpo prácticamente se sacudía por la emoción.
– Pensé que querría ver esto de inmediato -se apresuró a decir el muchacho.
Kaplan cogió el papel y, tras echarle un vistazo, miró al joven con seriedad.
– ¿Están seguros?
– Sí, señor. Nos lo confirmaron hace quince minutos.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Rainie. Incluso Watson se enderezó en su asiento. Kaplan se volvió hacia ellos lentamente.
– Ya tenemos la identificación de la joven -anunció, posando los ojos en Quincy-. Les aseguro que este caso no es como los de Georgia. Dios mío, esto es mucho, mucho peor.
– Pausa para beber.
– Enseguida.
– Kimberly, pausa para beber.
– Quiero ver qué hay al otro lado de la curva…
– O te paras para beber un poco de agua o te hago un placaje.
Kimberly le miró con el ceño fruncido. Mac, que le observaba con una expresión decidida en el rostro, se había detenido a tres metros de ella, sobre un peñasco que sobresalía por encima del riachuelo que estaban siguiendo.
Llevaban tres horas caminando y Kimberly tenía la mitad del cuerpo cubierto por un sarpullido de color rojo brillante, cortesía de la hiedra venenosa y las ortigas. Su camiseta y sus pantalones cortos estaban completamente empapados, sus calcetines emitían un sonido chapoteante a cada paso que daba y prefería no hacer comentario, alguno sobre el pegajoso casquete en el que se había convertido su cabello.
En cambio, Mac descansaba con una rodilla apoyada en el peñasco con una camisa de nailon que se amoldaba a su fornido pecho y su corto cabello moreno echado hacia atrás, realzando su rostro bronceado y cincelado. No jadeaba ni tenía ningún arañazo en la piel. A pesar de que llevaban tres horas caminando sin parar, parecía un maldito modelo de portada de la revista de venta por correspondencia L. L. Bean.
– Inténtalo -dijo Kimberly, pero por fin detuvo sus pasos y, a regañadientes, sacó la botella de agua. Estaba caliente y sabía a plástico, pero le gustó sentirla descender por su garganta. Tenía muchísimo calor. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Sus piernas temblaban. En su opinión, la carrera de obstáculos de los marines era mucho más fácil que este recorrido.
– Al menos, el calor mantiene a raya a las garrapatas -dijo Mac, intentando darle conversación.
– ¿Qué?
– Las garrapatas. No les gusta el calor. Pero te aseguro que si estuviéramos en primavera o en otoño…
Kimberly examinó frenética sus piernas desnudas. ¿Alguna de sus pecas se movía bajo aquel sarpullido rojo? Lo último que necesitaba era que uno de esos parásitos chupadores de sangre decidiera darse un banquete… De pronto advirtió la ironía que se escondía en la voz de su compañero y levantó la mirada con recelo.
– Estás jugando con fuego -gruñó.
Él se limitó a sonreír.
– ¿Vas a coger el cuchillo? Llevo todo el día deseándolo.
– No pretendo destruir tus fantasías varoniles, pero te aseguro que me arrepiento de llevarlo encima. Me está destrozando la piel del muslo y ha estado a punto de matarme.
– ¿Te lo quieres quitar? Podría ayudarte.
– ¡Por el amor de Dios!
Le dio la espalda y se pasó una mano por su corto cabello. Cuando la apartó, la palma estaba húmeda y salada. Aunque era evidente que tenía un aspecto espantoso, Mac seguía flirteando con ella. Aquel tipo era un perturbado.
Deslizó la mirada hacia el sol. Desde su posición aventajada, podía ver cómo se zambullía lentamente en el horizonte. En este lugar era fácil perder la noción del tiempo, pues los árboles proyectaban su sombra sobre el paisaje, oscureciéndolo, y la temperatura no parecía estar descendiendo. Solo ahora Kimberly fue consciente de que la noche no tardaría en llegar.
– No queda mucho tiempo -murmuró.
– No -convino él, con una voz tan sombría como la suya.
– Deberíamos iniciar el regreso. -Se inclinó para guardar la botella de agua, pero Mac se acercó a ella y le cogió la mano para impedírselo.
– Tienes que beber más.
– ¡Acabo de beber!
– No estás bebiendo lo suficiente. Apenas has bebido un litro. Ya oíste a Kathy Levine. En estas condiciones, probablemente estás sudando cada hora esa misma cantidad de líquido. Bebe, Kimberly. Es importante.
Sus dedos no se habían apartado de su brazo. No lo apretaban ni le estaba haciendo daño, pero Kimberly sintió aquel contacto con demasiada intensidad. Mac tenía las yemas de los dedos endurecidas y la palma de la mano empapada, probablemente tan sudada como el resto de su cuerpo. Y el suyo. Kimberly permaneció inmóvil.
Y por primera vez…
Pensó en acercarse un poco más. Pensó en besarle. Seguro que besaba de maravilla. Imaginaba que lo haría lentamente, con suma cautela. Para él, besar debía de ser como flirtear, una parte del juego de estimulación que había practicado durante la mayor parte de su vida.