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Nora Ray cruzó la verja. Había dos chicas sentadas en la baranda superior. Una era rubia y la otra, morena.

– ¿Sabes dónde estamos? -le preguntó la rubia a Nora Ray.

– Estáis en mi sueño.

– ¿Te conocemos? -preguntó la morena.

– Creo que conocimos al mismo hombre.

– ¿Podremos montar a caballo? -preguntó la morena.

– No lo sé.

– Ella es muy buena -dijo la rubia.

– A mi hermana nunca se le ha resistido ningún caballo -anunció con orgullo Nora Ray.

– Yo también tengo una hermana -dijo la morena-. ¿Soñará conmigo?

– Cada noche.

– Eso es muy triste.

– Lo sé.

– Ojalá pudiera hacer algo.

– Estás muerta -replicó Nora Ray-. No puedes hacer nada. Ahora, creo que todo depende de mí.

Entonces su hermana desapareció, el campo se desvaneció y, antes de que estuviera preparada, ella empezó a alejarse del estanque. Despertó en su cama, con los ojos abiertos de par en par, el corazón latiendo a mil por hora y sujetándose con fuerza a la colcha.

Nora Ray se incorporó muy despacio. Se sirvió un vaso de agua de la jarra que descansaba en su mesita de noche y bebió un largo trago, sintiendo cómo el frío líquido se deslizaba por su garganta. En ocasiones sentía la sal endureciéndose como escarcha alrededor de su boca, cubriendo su barbilla y envolviendo sus labios. En ocasiones, recordaba la intensa e inextinguible sed que sentía en todos los poros de su piel, mientras el sol brillaba con todas sus fuerzas, la sal se endurecía y ella enloquecía por beber. Agua, había agua por todas partes, pero no tenía ni una gota que beber.

Terminó el vaso de agua y dejó que la humedad se demorara en sus labios, como el rocío sobre los pétalos de una rosa. Entonces abandonó la habitación.

Su madre dormía en el sofá, con la cabeza encorvada con torpeza hacia un lado. En la tele, Lucille Ball se metía en un tonel de uvas y empezaba a pisotearlas. Su padre estaba en la habitación contigua, durmiendo solo en la cama de matrimonio.

El silencio que reinaba en la casa hizo que Nora Ray sintiera una soledad que amenazó con partir en dos su corazón. Habían pasado ya tres años, pero nadie se había curado. Nada iba mejor. Todavía podía recordar el áspero tacto de la sal blanqueando la última gota de humedad que quedaba en su cuerpo. Todavía podía recordar la rabia y la confusión que había sentido mientras los cangrejos le mordisqueaban los dedos de los pies. Todavía podía recordar su deseo de sobrevivir a aquel infierno y regresar junto a su familia. Si tan solo pudiera volver a ver a sus padres y fundirse en sus amorosos brazos…

Pero su familia nunca había regresado junto a ella. Nora Ray había sobrevivido, pero ellos no.

Y ahora, habían aparecido otras dos chicas en los campos de sus sueños. Sabía qué significaba eso. La ola de calor había comenzado el domingo y el hombre que invadía sus pesadillas había recuperado su juego letal.

El reloj marcaba las dos de la madrugada, pero decidió que no importaba. Cogió el teléfono y marcó el número que se sabía de memoria. Momentos después dijo:

– Necesito contactar con el agente especial McCormack. No, no quiero dejar ningún mensaje. Necesito verle. Lo antes posible.

Tina no soñó. Su cuerpo exhausto se había rendido y ahora estaba tumbada en el barro en un sueño que bordeaba la inconsciencia. Uno de sus brazos todavía tocaba el peñasco, permitiéndole conservar un vínculo con la relativa seguridad. El resto de su cuerpo pertenecía al cieno, que se deslizaba entre sus dedos, cubría su cabello y reptaba por su garganta.

En el espeso barro había cosas que se movían. Algunas no sentían ningún interés por una presa de semejante tamaño y otras no sentían ningún interés por una comida que todavía no estaba muerta. Arriba, una oscura sombra avanzó con pesadez por el sendero y se detuvo al borde del pozo. Una cabeza gigantesca miró hacia abajo y sus oscuros ojos brillaron en la noche. Olía a carne cálida y sangrienta, una comida buena y deliciosa que era justo de su tamaño.

Nuevos olfateos. Dos zarpas gigantescas rastrillaron un lado del agujeró. La presa se encontraba a demasiada profundidad y el terreno no era manejable. El oso retrocedió, dejando escapar un gruñido. Si la criatura subía, lo intentaría de nuevo, pero mientras tanto había otras cosas buenas que comer en la oscuridad.

El hombre no dormía. A las dos de la madrugada empezó a empaquetar sus cosas. Ahora tenía que moverse deprisa. Podía sentir la oscuridad que se congregaba en los bordes de su mente. El tiempo se volvía más fluido, los momentos se deslizaban entre sus dedos y desaparecían en el abismo.

La presión aumentaba en la base de su cráneo. Podía sentirlo, una verdadera presencia física en lo alto de su columna, un nuevo zarcillo que empezaba a presionar el canal interno de su oído izquierdo. Estaba bastante seguro de que se trataba de un tumor. Ya había tenido uno, hacía años, cuando el tiempo había empezado a desvanecerse por primera vez. ¿Lo que había perdido al principio habían sido solo minutos? Ya ni siquiera podía recordarlo.

El tiempo se volvía más fluido y los agujeros negros invadían su vida. Le habían extirpado un tumor, pero había aparecido otro nuevo para devorar su cerebro. Probablemente, en estos momentos era del tamaño de una uva. O puede que incluso de una sandía. De hecho, era posible que su cerebro ya ni siquiera fuera un cerebro, sino una gigantesca masa maligna de células que se dividían de forma constante. No le cabía ninguna duda. Eso explicaría los malos sueños y las noches sin dormir. También revelaría la razón por la que el fuego le llegaba ahora con tanta frecuencia, obligándole a hacer cosas que sabía que no debía hacer.

Advirtió que volvía a pensar en su madre. Su rostro pálido, sus hombros delgados y encorvados. También pensaba en su padre, en su forma de moverse por la pequeña cabaña del bosque.

«Un hombre tiene que ser duro, muchachos, un hombre tiene que ser fuerte. No escuchéis nunca a nadie que trabaje para el gobierno, pues ellos solo desean convertirnos en personas dependientes e incapaces de opinar, que no saben vivir sin ayudas federales. Nosotros no somos así, muchachos. Nosotros tenemos tierras. Y mientras conservemos nuestras tierras, siempre seremos fuertes».

Y él era lo bastante fuerte para golpear a su esposa, maltratar a sus hijos y retorcerle el pescuezo al gato. Era lo bastante fuerte y vivía en un lugar lo bastante aislado para hacer lo que le diera la gana sin que ningún vecino oyera los gritos.

Las oscuras nubes de tormenta se estaban congregando, rugían. Ahora estaba sentado, atado a la silla, mientras su padre ataba a su hermano, su madre lavaba los platos y su padre les decía que enseguida les tocaría a ellos Ahora, su hermano y él estaban escondidos debajo del porche delantero, planeando su gran huida; sobre sus cabezas, su madre lloraba y su padre le decía que entrara a limpiarse la maldita sangre que ensuciaba su rostro Y ahora era medianoche y su hermano y él se estaban escabullendo por la puerta principal, en el último momento se habían girado y habían visto a su madre, pálida y silenciosa a la luz de la luna Marchaos, decían sus ojos Escapad mientras podáis. Lágrimas silenciosas surcaban sus magulladas mejillas Ellos habían regresado al interior y ella los había abrazado con fuerza, como si fueran la única esperanza que le quedaba.

Y en aquel momento había sabido que odiaba a su madre tanto como la amaba. Y había sabido que ella compartía ese mismo sentimiento con su hermano y con él. Eran cangrejos apiñados en el fondo de un cubo, subiéndose los unos sobre los otros de forma que, nunca, ninguno de ellos lograra quedar en libertad.