De modo que ya tenían una localización. Si lograban encontrarla y daban con la joven antes de que fuera demasiado tarde…
– Agua… peligro -estaba diciendo Ray al otro extremo del teléfono-. Entrada difícil… Cuerdas… Monos… luces.
– Necesitamos equipo especial para entrar en la caverna -tradujo Mac-. De acuerdo, ¿cuándo llegará el equipo de búsqueda y rescate?
– Haciendo llamadas… diferentes posiciones… Murciélagos… en coche.
– ¿Sus coches tendrán murciélagos?
– Etiquetas.
– Entendido.
Mac abrió la portezuela y salió a examinar el árbol caído. Kimberly, que ya estaba allí, alzó la mirada al verle y sacudió la cabeza con una expresión sombría. Mac entendió el gesto. El tronco del árbol medía un metro de diámetro. Necesitarían un todoterreno, una sierra mecánica y una grúa para moverlo. Era imposible que un chico, dos chicas y un Camry pudieran apartar aquel obstáculo.
– Giramos a la izquierda -dijo Mac por teléfono-. ¿Qué tenemos que hacer ahora?
Esta vez no oyó ni una sola palabra de su respuesta, pero le pareció entender algo similar a «huele a hongos». Mac miró a su alrededor con amargura. Estaban en medio de un bosque de árboles gigantescos en mitad de la nada. Desde que habían abandonado la interestatal 81 cuarenta minutos atrás, se habían sumergido en la zona occidental del estado, una pequeña península situada entre Kentucky y Carolina del Norte. A su alrededor no había nada más que árboles y grandes extensiones. El último edificio que habían visto había sido una gasolinera decrépita a unos veinticinco kilómetros de distancia, que parecía no haber servido ni media gota de combustible desde el año 1968. Antes de eso, habían visto media docena de caravanas y una diminuta iglesia bautista. Lloyd Armitage no había mentido. Los mejores días que había vivido esta región habían quedado atrás hacía largo tiempo.
– Intentaré ponerme de nuevo en contacto contigo en la escena -dijo Mac. Ray dijo algo a modo de respuesta, pero Mac no pudo distinguir sus palabras y decidió colgar.
– ¿Y ahora qué hacemos? -le preguntó Nora Ray.
– Caminar.
En realidad, lo primero que hicieron fue recoger el equipo. Fiel a su palabra, Nora Ray había venido preparada. De su bolsa de viaje había sacado una bolsa de ropa de repuesto, además de comida enlatada, un botiquín de primeros auxilios, una brújula, una navaja suiza y un sistema de filtración de agua. También tenía cerillas impermeables y una linterna. La joven cargó su equipo; Kimberly y Mac se encargaron del suyo.
Les quedaban tres galones de agua. Imaginando las condiciones en las que posiblemente se encontraría la joven, Mac separó la camisa de su cuerpo por cuarta vez en los últimos cinco minutos y guardó las tres garrafas en su mochila. Ahora la bolsa de nailon pesaba tanto que tenía la impresión de llevar a un tipo agarrado a los hombros y su sudada camisa se pegaba aún más a su piel recalentada.
Kimberly se acercó, le quitó una de las garrafas y la guardó en su bolsa.
– No seas idiota -le dijo, mientras cargaba a la espalda su mochila y la ataba alrededor de sus caderas.
– Al menos, los árboles nos proporcionan sombra -comentó Mac.
– Ojalá también absorbieran la humedad. ¿A qué distancia se encuentra?
– A unos cuatro kilómetros, creo.
Kimberly consultó de nuevo el reloj.
– Será mejor que nos pongamos en marcha -miró de reojo a Nora Ray y Mac pudo leer sus pensamientos. ¿Cuánto aguantaría una civil? Pronto lo sabrían.
Más adelante, Mac pensaría que aquella había sido una excursión surrealista. Habían descendido por una carretera maderera envuelta en sombras, en plena tarde abrasadora. Era como si el sol tratara de darles caza, pues aparecía y desaparecía entre los árboles, esquivando sus pasos y chamuscándoles con sus implacables rayos.
Los insectos salían a su encuentro. Mosquitos del tamaño de colibríes y moscas repulsivas que picaban con saña. Antes de que hubieran recorrido cinco metros, empezaron a enjambrarse alrededor de sus rostros; a los diez, tuvieron que detenerse para sacar de sus mochilas los repelentes de mosquitos; y cuatrocientos metros después, hicieron un nuevo alto en el camino y se rociaron los unos a los otros como si el repelente fuera perfume barato.
No sirvió de nada. Las moscas se enjambraban a su alrededor, el sol ardía con fuerza y la humedad empapaba sus cuerpos en sudor. Ninguno de ellos hablaba. Todos se limitaban a poner un pie delante de otro y centrarse en caminar.
Mac fue el primero en olerlo, cuarenta minutos después.
– ¿Qué diablos es eso?
– Repelente -respondió Kimberly, sombría-. O sudor. Lo que prefieras.
– No, es peor que eso.
Nora Ray se detuvo.
– Huele a podrido -dijo-. Como a… aguas residuales.
De pronto, Mac entendió lo que Ray Lee Chee había intentado decirle por teléfono. Huele a hongos. Aceleró sus pasos.
– Vamos -dijo-. Casi hemos llegado.
Echó a correr, y Kimberly y Nora Ray se apresuraron a seguirle. Coronaron una colina pequeña, descendieron por la ladera contraria y se detuvieron en seco.
– ¡Joder! -exclamó Mac.
– El escenario de una película de terror de serie B -murmuró Nora Ray.
Kimberly simplemente movió la cabeza hacia los lados.
Quincy cada vez se sentía más frustrado. Había llamado a Kimberly tres o cuatro veces sin ningún éxito. Ahora se volvió de nuevo hacia Ennunzio y Rainie.
– ¿Sabe dónde se encuentra esa cueva? -le preguntó al lingüista.
– Por supuesto. Está en el condado de Lee, a unas tres o cuatro horas de aquí. Pero no pueden entrar en esa caverna como si fuera uno de esos deportes que practican los turistas del valle Shenandoah. Para entrar en la caverna Orndorff es necesario contar con un equipo especial.
– Bien. Consiga el equipo y llévenos allí.
Ennunzio guardó silencio durante un prolongado momento.
– Creo que ha llegado el momento de informar al equipo oficial de lo que está ocurriendo.
– ¿En serio? ¿Y qué cree que será lo primero que hagan esos agentes, doctor? ¿Rescatar a las víctimas o interrogarnos durante tres o cuatro horas para corroborar todos los detalles de la historia?
El lingüista entendió su punto de vista.
– Iré a por mi equipo.
– ¿Qué estamos buscando?
– Ojalá lo supiera. Algún tipo de entrada de gruta. Quizá se encuentra entre un montón de rocas o podría tratarse de un sumidero cercano a un árbol. Nunca he practicado la espeleología y no tengo ni idea de cuánto cuesta encontrar la entrada de una caverna.
Resultó que bastante. Mac ya llevaba más de quince minutos dando vueltas al aserradero, al igual que Kimberly y Nora Ray. Probablemente, ninguno de ellos lo estaba haciendo bien. El hedor era el principal problema: era tan intenso en aquella atmósfera pesada y húmeda que les picaba en los ojos y les abrasaba la garganta. Mac se había cubierto la boca con una vieja camiseta, pero no servía de mucho.
Además del hedor, estaba el intenso muro de calor que emanaba del mismo montón de serrín que se alzaba hacia el cielo. En un principio, ninguno de ellos había reconocido aquel residuo de madera. Todos habían pensado que era un montón de arena blanca o, quizá, polvo cubierto de nieve, pero diez minutos atrás, Kimberly se había acercado lo suficiente para averiguar la verdad. Eran hongos. El conjunto de aquel hediondo y putrefacto montón estaba cubierto de algún tipo de hongo.