La choza llevaba mucho tiempo abandonada. Poca gente ponía todavía trampas en Honey Island. La actividad se había desplazado en su mayor parte hacia el interior de los pantanos, donde podían cazarse castores, ciervos y, en algunos casos, caimanes.
Cuando el grupo de búsqueda se acercaba, se oyeron ruidos dentro de la choza, a través de la puerta abierta: pataleos, golpes sordos y resoplidos.
– Un jabalí -dijo uno de los ayudantes del sheriff.
A su lado, el empleado de banca que había denunciado el hecho retiró el seguro de su fusil Ruger.
– Joder, eso no sirve de nada contra un jabalí -comentó el otro ayudante del sheriff.
El empleado de banca, un hombre corpulento y medio calvo, con una camiseta de Tulane Green Wave y un chaleco de caza casi sin usar, se sonrojó. Llevaba un 77V con mira telescópica, lo que en Maine llamaban un «fusil para alimañas». Servía para caza menor y algunos cuerpos de policía incluso lo utilizaban como arma de francotirador, pero no detendría a un jabalí a la primera a menos que el disparo fuera perfecto.
Se encontraban sólo a unos metros de la choza cuando el jabalí percibió su presencia. Salió por la puerta abierta con una mirada feroz en sus ojos pequeños y malévolos y sangre goteándole del hocico. El hombre del Ruger se lanzó a las aguas del pantano para eludir la embestida. El jabalí, arrinconado entre la orilla y el grupo de hombres armados, dio media vuelta, agachó la cabeza y arremetió de nuevo. En el pantano se oyó una detonación, luego otra, y el jabalí cayó. La parte superior de su cabeza había desaparecido por completo y el cuerpo se estremeció por un momento, pateando el suelo, hasta que dejó de moverse. El ayudante del sheriff, con un gesto teatral, sopló el humo del largo cañón de un Colt Anaconda, extrajo los cartuchos gastados Magnum calibre 44 accionando el eyector y volvió a cargar el arma.
– ¡Dios Santo! -exclamó su compañero. Estaba en el umbral de la puerta de la choza, arma en mano-. El jabalí se ha ensañado con él, pero no cabe duda de que es Dave Fontenot.
El jabalí había roído casi por completo la cara y parte del brazo derecho de Fontenot, pero ni siquiera los destrozos causados por el animal impedían adivinar que alguien había obligado a David Fontenot a salir del coche, lo había perseguido a través del bosque y lo había acorralado en la choza, donde le disparó en la entrepierna, las rodillas, los codos y la cabeza.
– Tío, cuando Lionel se entere de esto, alguien lo va a pagar muy caro -dijo el que había matado al jabalí con un profundo suspiro.
Me enteré de casi todo lo ocurrido gracias a una apresurada conversación telefónica con Morphy, y del resto a través de la WDSU, la cadena local afiliada a la NBC. Después, Ángel, Louis y yo desayunamos en el Mother's de Poydras Street. Rachel a duras penas había reunido la energía necesaria para contestar el teléfono cuando llamé a su habitación, y decidió seguir durmiendo y desayunar más tarde.
Louis, vestido con un traje de hilo de color marfil y una camiseta blanca, compartió conmigo beicon y galletas caseras, regados con un café cargado. Ángel prefirió jamón, huevos y sémola de maíz.
– La sémola de maíz es comida de viejos, Ángel -dijo Louis-. De viejos y locos.
Ángel se limpió un hilillo blanco de sémola que le caía por el mentón y le hizo a Louis un corte de mangas.
– A primera hora de la mañana es menos elocuente -comentó Louis-. El resto del día no tiene excusa.
Ángel le hizo otro corte de mangas, apuró la sémola del tazón y lo apartó.
– ¿Crees, pues, que Joe Bones ha dado un golpe preventivo contra los Fontenot? -preguntó.
– Eso parece -contesté-. Morphy sospecha que encargó el trabajo a Remarr; lo sacó de su escondrijo y volvió a ocultarlo. No confiaría una tarea así a nadie más. Pero no entiendo qué hacía David Fontenot cerca de Honey Island sin protección. Tenía que saber que Joe Bones intentaría algo contra él a la que surgiera la ocasión.
– ¿No podrían haberle tendido una trampa sus propios hombres? -sugirió Ángel-. ¿Haberlo arrastrado hasta allí con algún pretexto ineludible e informado a Joe Bones de que iba?
Era verosímil. Si alguien había hecho ir a Fontenot a Honey Island, debía de ser alguien en quien él confiaba bastante. Para ser más exactos, ese alguien debía de haber ofrecido algo que Fontenot quería, algo que mereciera el riesgo de ir hasta la reserva natural en plena noche.
No dije nada a Ángel y Louis, pero me preocupaba que tanto Raymond Aguillard como David Fontenot, cada uno a su manera, hubieran dirigido mi atención hacia Honey Island en menos de veinticuatro horas. Pensé que, después de hablar con Joe Bones, tal vez tendría que molestar a Lionel Fontenot en su momento de dolor.
Sonó el teléfono móvil. Era el conserje del Flaisance para informarnos de que se había recibido un paquete a nombre del señor Louis y de que el mensajero esperaba su firma. Regresamos al hotel en taxi. Fuera, una camioneta negra estaba estacionada con dos ruedas sobre el bordillo.
– Servicio de mensajería -comentó Louis, pero la furgoneta no tenía la menor marca que la identificara como vehículo comercial.
En el vestíbulo, el conserje, nervioso, observaba a un negro enorme encajonado en un sillón. Tenía la cabeza afeitada y vestía una camiseta con el lema matar a los del klan escrito con irregulares letras blancas sobre el pecho. Llevaba unos pantalones de combate negros remetidos en unas botas militares de nueve agujeros. A sus pies había una larga caja metálica cerrada con candados.
– Hermano Louis -dijo, y se levantó.
Louis sacó la cartera y le entregó trescientos dólares. El hombre. se metió el dinero en el bolsillo del muslo, extrajo de él unas gafas de sol Ray-Ban y se las puso. A continuación salió parsimoniosamente a la luz del sol.
Louis se acercó a la caja.
– Caballeros, suban esto a la habitación si son tan amables -dijo.
Ángel y yo agarramos la caja cada uno por un extremo y la subimos a la habitación. Pesaba mucho y dentro algo traqueteaba al moverse.
– Estos mensajeros de UPS son cada vez más grandes -comenté mientras esperábamos a que abriera la puerta.
– Es un servicio especializado -contestó Louis-. Hay cosas que las compañías aéreas sencillamente no entenderían.
Cuando entramos y cerró la puerta con llave, sacó un juego de llaves del bolsillo de su traje y abrió la caja. Estaba dividida en tres compartimentos, que se desplegaban como los de una caja de herramientas. El primero contenía las piezas de un Mausser SP66, un rifle de francotirador de cañón pesado y tres balas, provisto de un complemento que servía a la vez para apoyar el extremo del arma y ocultar el fogonazo. Las piezas iban en un estuche extraíble. Al lado, en un compartimento encajado, había una pistola SIG P226 y una funda para llevarla al hombro.
El segundo compartimento incluía dos minimetralletas Calico M-960A de fabricación nacional, las dos con un cañón corto que sobresalía apenas siete centímetros por delante. Con la culata plegada, cada arma medía unos setenta centímetros de longitud y, sin carga, pesaba algo más de dos kilos. Eran armas pequeñas excepcionalmente letales, con una frecuencia de disparo de setecientas cincuenta balas por minuto. El tercer compartimento contenía munición variada, entre otras cosas cuatro cargadores de cien balas de Parabellum nueve milímetros para las metralletas.
– ¿Un regalo de Navidad? -pregunté.
– Sí -contestó Louis mientras insertaba un cargador de quince balas en la culata de la SIG -. Espero que para mi cumpleaños me regalen un lanzamisiles con acelerador electromagnético.
Entregó a Ángel el estuche que contenía la Mausser, se colgó la pistolera y enfundó la SIG. A continuación volvió a cerrar la caja y entró en el baño. Bajo nuestra atenta mirada, extrajo el panel de debajo del lavabo con un destornillador, introdujo la caja en el hueco y colocó de nuevo el panel. Después de comprobar que estaba bien encajado nos marchamos.