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– ¿Crees que a Joe Bones le gustará ver aparecer a un puñado de desconocidos ante su puerta? -preguntó Ángel mientras nos dirigíamos a mi coche de alquiler.

– No somos desconocidos -dijo Louis-. Somos amigos que aún no conoce.

Joe Bones tenía tres fincas en Louisiana, incluida una casa para los fines de semana en Cypremont Point, donde su presencia debía de inquietar manifiestamente a los residentes más respetables, con sus lujosos chalets de nombres tan ridículos como Eaux-Asis y Final del Camino.

En la ciudad vivía frente al Audubon Park, casi delante de la parada del autobús que llevaba a los turistas al zoo de Nueva Orleans. Yo había tomado el tranvía de St. Charles para inspeccionar la casa, un edificio de un blanco resplandeciente adornado con balcones negros de hierro forjado y una cúpula coronada con una veleta dorada. Buscar a Joe Bones en un sitio como aquél era como buscar una cucaracha en una tarta nupcial. En el jardín bien cuidado abundaba una flor que no identifiqué. Desprendía un aroma denso y embriagador, y la flor era tan grande y roja que parecía más podrida que lozana, como si fuera a reventar súbitamente y derramar un líquido viscoso por los tallos de la planta, que envenenaría a los áfidos.

Joe Bones había dejado la casa durante el verano para instalarse en una mansión restaurada dentro de una plantación en el distrito de West Feliciana, a unos ciento sesenta kilómetros al norte de Nueva Orleans. Ante la posibilidad de inminentes hostilidades con los Fontenot, había decidido quedarse en West Feliciana, ya que en su casa de campo podía atrincherarse mejor que en la ciudad.

Era una mansión blanca de ocho columnas en el porche, en medio de dieciséis hectáreas de superficie, que delimitaba por dos de sus lados un río que corría hacia el sur para desembocar en el Mississippi. Cuatro grandes ventanas daban a un amplio porche, y en el tejado había dos buhardillas. Una avenida flanqueada por robles conducía desde una verja negra de hierro, y a través de los jardines poblados de camelias y azaleas, hasta una ancha extensión de césped. En la hierba, un pequeño grupo de personas se congregaba alrededor de una barbacoa o descansaba en sillas de hierro.

Detecté tres cámaras de seguridad a tres metros de la verja cuando nos acercamos por el costado. Habíamos dejado a Ángel a un kilómetro después de pasar ante la casa, y yo sabía que se dirigía hacia el cipresal situado frente a la verja. En caso de que se torcieran las cosas con Joe Bones, pensé que con Louis a mi lado tenía más posibilidades de salir airoso que con Ángel.

Una cuarta cámara enfocaba a la propia verja. No había interfono y la verja permaneció cerrada a cal y canto, incluso cuando Louis y yo, apoyados en el coche, agitamos los brazos.

Al cabo de dos o tres minutos un carrito de golf adaptado salió de detrás de la casa y se encaminó hacia nosotros por la avenida flanqueada de robles. Se apearon tres hombres que vestían pantalones de algodón y polos. No se molestaron en esconder sus metralletas Steyr.

– Hola -dije-. Hemos venido a ver a Joe Bones.

– Aquí no vive ningún Joe Bones -contestó uno de ellos, bronceado y de baja estatura, no más de metro sesenta y cinco. Llevaba el pelo en apretadas trenzas pegadas al cuero cabelludo, lo cual le daba aspecto de reptil.

– ¿Y el señor Bonnano? ¿Vive aquí?

– ¿Son policías?

– Somos buenos ciudadanos. Esperábamos que el señor Bones hiciera una donación para costear el funeral de David Fontenot.

– Ya la ha hecho -contestó el tipo que seguía junto al carrito, una versión del hombre lagarto en más gordo. Sus compañeros, ante la verja, se desternillaron de risa.

Me acerqué a la verja. El hombre lagarto levantó su arma al instante.

– Dígale a Joe Bones que ha venido Charlie Parker, que estuve en casa de los Aguillard el domingo por la noche, y que ando Buscando a Remarr. ¿Le parece que el graciosillo de ahí detrás será capaz de acordarse de todo?

Retrocedió un paso y, sin apartar la mirada de nosotros, transmitió mi mensaje al tipo del carrito. Éste alcanzó un walkie-talkie del asiento trasero, habló un momento y dirigió un gesto de asentimiento al hombre lagarto.

– Dice que los dejes pasar, Ricky.

– De acuerdo -dijo Ricky, y sacó un mando a distancia del bolsillo-. Apártense de la verja, den media vuelta y apoyen las manos contra el coche. Si van armados, díganlo ahora. Si encuentro algo que no me han dicho, les meteré una bala en la cabeza y los echaré a los caimanes.

Sacamos una Smith & Wesson y una SIG. Louis añadió la navaja del tobillo por si acaso. Dejamos el coche junto a la verja y nos dirigimos hacia la casa detrás del carrito de golf. Un hombre sentado en la parte de atrás nos encañonaba con su pistola y Ricky nos seguía.

Cuando nos acercamos al césped, me llegó desde la barbacoa un olor a camarones y pollo asado. Vi vasos y un surtido de bebidas sobre una mesa de hierro. En un recipiente de acero lleno de hielo había latas de Abita y Heineken.

A un lado de la casa se oyó un gruñido grave, malévolo y amenazador. Una gruesa cadena, anclada a un perno encastrado en cemento, sujetaba un animal enorme. Tenía el pelaje espeso de un lobo, salpicado de los colores de un alsaciano. La mirada inteligente de sus brillantes ojos hacía aún más amenazadora su evidente brutalidad. Debía de pesar al menos ochenta kilos. Cada vez que tiraba de la cadena, daba la impresión de que iba a arrancar el perno del suelo.

Advertí que concentraba su atención en Louis. Mantenía la mirada fija en él y de pronto se alzó sobre las patas traseras en un intento de atacarlo. Louis lo observó con el interés frío de un científico que encuentra una curiosa clase de bacteria nueva en su caldo de cultivo.

Joe Bones hundió un tenedor en un trozo de pollo con especias y lo puso en un plato de porcelana. Era sólo un poco más alto que Ricky, con el pelo largo y oscuro peinado hacia atrás. Se le había roto la nariz al menos una vez y tenía contraído el labio superior a causa de una cicatriz. Llevaba una camisa blanca, abierta hasta la cintura, y los faldones colgaban sobre un pantalón corto de licra para hacer deporte. Tenía el abdomen duro y musculoso, y el pecho y los brazos demasiado desarrollados para un hombre de su estatura. Parecía malvado e inteligente, como el animal sujeto de la cadena, lo cual explicaba seguramente por qué se había mantenido durante diez años en la cresta de la ola en Nueva Orleans.

Junto al pollo sirvió tomate, lechuga y arroz frío con pimiento y entregó el plato a una mujer sentada a su lado. Era mayor que Joe, calculé; aparentaba entre cuarenta y cuarenta y cinco años. No se veían raíces oscuras en su pelo rubio y llevaba muy poco maquillaje o nada, aunque unas Wayfarers ocultaban sus ojos. Llevaba una túnica de seda de manga corta encima de una blusa y unos pantalones cortos, todo blanco. Al igual que Joe Bones, iba descalza. A un lado había otros dos hombres de pie en mangas de camisa y pantalones de algodón, ambos armados con metralletas. Conté dos más en el balcón y uno sentado junto a la puerta de la casa.

– ¿Quiere comer algo? -preguntó Joe Bones. Tenía una voz grave, con sólo un ligero dejo de Louisiana. Mantuvo la mirada fija en mí hasta que contesté:

– No, gracias.

Noté que no le ofreció nada a Louis. Creo que Louis también se dio cuenta.

Joe Bones se sirvió camarones y ensalada. Luego indicó a los dos guardas que eligieran entre lo que quedaba. Lo hicieron por turno, y cada uno comió una pechuga de pollo con los dedos.

– Los asesinatos de los Aguillard. Terrible -comentó Joe Bones. Tras sentarse, me señaló la única silla libre. Crucé una mirada con Louis, me encogí de hombros y me senté-. Discúlpeme por tomarme estas confianzas con usted -prosiguió-, pero he oído decir que quizá el autor de esos crímenes sea el mismo hombre que mató a su mujer y a su hija. -Me dirigió una sonrisa de condolencia-. Terrible -repitió-. Terrible.