Le sostuve la mirada.
– Está usted muy bien informado sobre mi pasado.
– Cuando llega alguien nuevo a la ciudad y empieza a encontrar cadáveres en los árboles, me preocupo por averiguar quién es. Puede que sea una buena compañía.
Cogió un camarón del plato y lo examinó por un momento antes de comérselo.
– Según tengo entendido, estaba usted interesado en comprar las tierras de los Aguillard -dije.
Joe Bones chupó el camarón y dejó la cola cuidadosamente a un lado del plato antes de responder.
– Estoy interesado en muchas cosas, y las tierras de los Aguillard no son una de ellas. Sólo porque un viejo chocho decida aliviar su mala conciencia de toda una vida cediendo tierras a los negros no hace que éstas se conviertan en tierra de negros. -Escupió la palabra «negro» cada vez. Su barniz de cortesía había demostrado ser muy frágil y parecía dispuesto a provocar a Louis abiertamente. No era una actitud sensata, ni aun rodeado de armas.
– Parece que uno de sus hombres, Tony Remarr, estuvo en la casa la noche en que murieron los Aguillard. Nos gustaría hablar con él.
– Tony Remarr ya no participa en mis actividades -contestó Joe Bones, volviendo a su formalidad anterior después del exabrupto-. Acordamos que cada uno seguiría su camino, y hace semanas que no lo veo. No tenía la menor idea de que hubiera estado en la casa de los Aguillard hasta que me informó la policía.
Me sonrió. Le devolví la sonrisa.
– ¿Tiene algo que ver Remarr con la muerte de David Fontenot?
Joe Bones tensó la mandíbula pero siguió sonriendo.
– Ni idea. Me he enterado de la muerte de David Fontenot esta mañana en las noticias.
– ¿También le parece terrible? -insinué.
– La pérdida de una vida joven siempre es terrible -replicó-. Oiga, siento lo de su mujer y su hija, de verdad, pero no puedo ayudarlo. Y para serle sincero, empieza a ponerse grosero, así que le agradecería que cogiera a su negro y se largara de mi casa.
A Louis le palpitaron los músculos del cuello, el único indicio que dio de haber oído a Joe Bones. Éste lo miró con desdén, cogió un trozo de pollo y se lo tiró a la bestia encadenada. El perro no lo tocó hasta que el dueño chasqueó los dedos, y entonces se abalanzó sobre el pollo y lo devoró de un bocado.
– ¿Sabe de qué animal se trata? -preguntó Joe Bones. Me hablaba a mí, pero por sus gestos era evidente que se dirigía a Louis. Expresaban un absoluto desprecio. Al ver que yo no respondía, continuó-: Es un boerbul. Un tal Peter Geertschen, alemán, lo creó para el ejército y para las fuerzas antidisturbios en Sudáfrica cruzando un lobo ruso con un alsaciano. Es un perro guardián para hombres blancos. Huele a los negros.
Desvió la mirada hacia Louis y sonrió.
– Cuidado -le advertí-. A lo mejor se confunde y lo ataca a usted.
Joe Bones dio un respingo en la silla como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Entornó los ojos y escrutó mi rostro en busca de algún indicio de que yo era consciente del doble sentido de mis palabras. Lo miré fijamente.
– Vale más que se vaya -dijo Joe Bones, con voz baja y obviamente amenazadora. Me encogí de hombros y me levanté. Louis se acercó a mí. Cruzamos una mirada.
– Este tipo nos tiene en un puño -dijo Louis.
– Es posible, pero si nos vamos así, no nos respetará.
– Sin respeto, un hombre no es nada -convino Louis.
Cogió un plato del montón y lo levantó por encima de su cabeza. Al instante estalló en una lluvia de fragmentos de porcelana cuando una bala calibre 300 del Winchester lo alcanzó y fue a incrustarse en la madera de la casa. La mujer sentada en la silla se tiró a la hierba, los dos matones fueron a cubrir a Joe Bones, y tres hombres salieron corriendo de detrás de la casa cuando la detonación resonó en el aire.
Ricky, el hombre lagarto, fue el primero en llegar. Alzó la pistola y tensó el dedo en el gatillo, pero Joe Bones le empujó el brazo hacia arriba de un golpe.
– ¡No! Tarado de mierda, ¿quieres que me maten?
Escudriñó la hilera de árboles más allá de los límites de su finca y luego se volvió hacia mí.
– Entran aquí, me disparan, asustan a mi mujer. ¿Con quién coño se creen que están tratando?
– No me ha gustado el tono que ha empleado para hablar de los negros -dijo Louis con calma.
– Tiene razón -coincidí-. Yo también me he dado cuenta.
– Me he enterado de que tienen amigos en Nueva Orleans -dijo Joe Bones con voz amenazadora-. Ya tengo bastantes problemas sin que los federales me anden detrás, pero si usted o su -hizo una pausa y se tragó la palabra- amigo vuelven a acercarse a mí, correré el riesgo. ¿Me han oído?
– Te he oído -contesté-. Voy a encontrar a Remarr, Joe. Si resulta que nos has estado ocultando algo y nuestro hombre se escapa por tu culpa, volveré.
– Y si nos haces volver, Joe, tendremos que hacerle daño a tu perrito -dijo Louis, casi con pena.
– Si volvéis, os clavaré al suelo con estacas y le serviréis de comida -gruñó Joe Bones.
Retrocedimos hacia la avenida flanqueada de robles, atentos a los movimientos de Joe Bones y sus hombres. La mujer se acercó a él para consolarlo, su ropa blanca manchada por la hierba. Le masajeó con delicadeza los trapecios con sus cuidadas manos, pero él la apartó de un brusco empujón en el pecho. Tenía saliva en el mentón.
A nuestras espaldas, oí abrirse la verja mientras nos alejábamos bajo los robles. No me había hecho muchas ilusiones en cuanto a Joe Bones, y las pocas que me había hecho no se habían cumplido, pero al menos habíamos conseguido ponerlo en guardia. Estaba seguro de que se pondría en contacto con Remarr y quizás eso bastara para hacerlo salir de su escondrijo. Parecía una buena idea. El problema con las buenas ideas es que nueve de cada diez veces se le han ocurrido a alguien antes.
– No sabía que Ángel tenía tan buena puntería -dije a Louis cuando llegamos al coche-. ¿Has estado dándole clases?
– Ajá -contestó Louis. Se notaba sinceramente sorprendido.
– ¿Podría haberle dado a Joe Bones?
– Ajá. Lo que me extraña es que no me haya dado a mí.
Oí que se abría la puerta y que Ángel entraba en la parte trasera del coche, con el Mauser ya en el estuche.
– ¿Qué? ¿Vamos a ser amigos de Joe Bones, jugaremos al billar juntos quizá, silbaremos a las chicas?
– ¿Y tú cuándo les has silbado a las chicas? -preguntó Louis, desconcertado mientras nos alejábamos de la verja y nos dirigíamos a St. Francisville.
– Es cosa de hombres -dijo Ángel-. Yo sé hacer cosas de hombres.
37
Era media tarde cuando regresamos al Flaisance, donde me esperaba un mensaje de Morphy. Le telefoneé a la oficina del sheriff y desviaron la llamada a un móvil.
– ¿Dónde estabas? -preguntó.
– He ido de visita a casa de Joe Bones.
– Joder, ¿y cómo se te ocurre hacer una cosa así?
– Para causar problemas, supongo.
– Ya te lo advertí, tío. No le hagas la pascua a Joe Bones. ¿Has ido solo?
– He llevado a un amigo. A Joe no le ha caído bien.
– ¿Y qué ha hecho para no caerle bien?
– Nació de padres negros.
Morphy se echó a reír.
– Sospecho que Joe es un tanto susceptible por lo que se refiere a su herencia, pero conviene recordársela de vez en cuando.
– Ha amenazado con echar a mi amigo al perro para que se lo coma.
– Ya -dijo Morphy-, Joe adora a ese perro.
– ¿Has averiguado algo?
– Quizá. ¿Te gusta el marisco?
– No.
– Estupendo, entonces iremos a Bucktown. Allí tienen un marisco excelente, los mejores camarones de los alrededores. Pasaré a buscarte dentro de dos horas.