– ¿Te encuentras bien? -preguntó.
– Eso creo.
– Morphy se ha dejado llevar por una buena intuición, pero no debería haberte traído. En cuanto se entere Durand de que has sido el primero en llegar al escenario de otro asesinato no voy a poder quitármelo de encima.
Durand era el agente especial al mando de la delegación de Nueva Orleans. Aunque yo no lo conocía personalmente, sabía cómo eran, en general, los federales de ese rango. Gobernaban sus delegaciones como reinos, asignando agentes a las brigadas y dando el visto bueno a todas las operaciones. La competencia para el cargo de jefe de delegación era feroz. Así pues, Durand tenía que ser, como mínimo, un tipo de armas tomar.
– ¿Sigues en el Flaisance?
– Allí estoy.
– Pasaré a verte. Quiero comentarte un asunto.
Se dio media vuelta y regresó hacia la casa de Carole Stern. Al cruzar la verja, entregó la bolsa de buñuelos chafados a un par de agentes sentados en su coche patrulla. La aceptaron con reticencia, como si fuera una bomba. En cuanto Woolrich entró en la casa, uno de ellos salió del coche y tiró los buñuelos a un cubo de basura.
Morphy me dejó en el Flaisance. Antes de irse, le di mi número de móvil. Lo anotó en un pequeño cuaderno negro firmemente sujeto con una goma elástica.
– Si mañana estás libre, Angie nos preparará una cena. Sólo por eso vale la pena hacer el viaje. Prueba sus guisos y no te arrepentirás. -De pronto cambió de tono-. Además, creo que tenemos que hablar de algunas cosas.
Le contesté que me parecía buena idea, pero una parte de mí deseaba no volver a ver nunca más a Morphy ni a Woolrich ni a ningún policía. Cuando estaba a punto de arrancar, le di una palmada al techo del coche. Morphy bajó la ventanilla.
– ¿Por qué haces esto? -pregunté. Morphy se había tomado muchas molestias para involucrarme, para mantenerme al corriente de lo que ocurría. Necesitaba saber por qué. Creo que también necesitaba saber si podía confiar en él.
Se encogió de hombros.
– Los Aguillard murieron en mi territorio. Quiero encontrar al hombre que los mató. Tú tienes información sobre él. Ha ido a por ti, a por tu familia. Los federales llevan a cabo su propia investigación y nos cuentan lo menos posible. Tú eres mi única opción.
– ¿Eso es todo? -dije. Veía algo más en su rostro, algo que casi me resultaba familiar.
– No. Tengo esposa. Me propongo formar una familia. ¿Me entiendes?
Asentí con la cabeza y lo dejé estar, pero en su mirada se advertía algo más, algo que resonaba en mi interior. Di otra palmada al techo del coche en señal de despedida y lo observé alejarse mientras me preguntaba hasta qué punto deseaba Morphy la absolución por lo que quizás había hecho.
38
Cuando regresaba a mi habitación del Flaisance, sentí como si una abrumadora sensación de podredumbre se me metiera en la nariz y casi me impidiera respirar. Se alojaba bajo mis uñas y me manchaba la piel. La notaba en el sudor que me corría por la espalda y la veía en los hierbajos que se abrían paso entre las grietas del pavimento bajo mis pies. Era como si la ciudad estuviera corrompiéndose a mi alrededor. Fui a mi habitación y me duché con agua caliente hasta que tuve la piel roja y en carne viva. Luego me puse un jersey y unos pantalones de algodón, telefoneé a la habitación de Ángel y Louis y acordamos reunimos en la habitación de Rachel cinco minutos después.
Rachel abrió la puerta con la mano manchada de tinta. Llevaba un lápiz encajado sobre la oreja y con otros dos se recogía el pelo rojo en un moño. Tenía ojeras, y los ojos enrojecidos de leer.
Su habitación se había transformado. Sobre la mesa había un Power-Book de Macintosh abierto, rodeado de un revoltijo de papeles, libros y anotaciones. De la pared, por encima de la mesa, pendían diagramas, notas en Post-it y dibujos que parecían esbozos anatómicos. En el suelo, al lado de la silla, tenía una pila de faxes, junto a una bandeja con sándwiches a medio comer, una cafetera y una taza sucia.
Oí que llamaban a la puerta. Abrí para dejar entrar a Ángel y a Louis. Ángel contempló la pared con cara de incredulidad.
– El tipo de recepción ya piensa que estás loca, con toda esa mierda que va llegando por fax. Si ve esto, avisará a la policía.
Rachel se sentó en su silla y se quitó los lápices del pelo para soltarse el moño. Se sacudió el cabello con la mano izquierda y torció el cuello para distender los músculos agarrotados.
– ¿Y bien? -dijo-. ¿Quién quiere empezar?
Les hablé de Remarr y, al instante, el cansancio desapareció del rostro de Rachel. Me pidió que describiera con todo detalle la postura del cuerpo dos veces, y luego revolvió los papeles de la mesa durante un par de minutos.
– ¡Aquí! -exclamó, y me entregó una hoja con una rúbrica-. ¿Así?
Era una ilustración en blanco y negro; en lo alto se leía, en caligrafía antigua: tab. primera del lib. segvndo. Al pie, Rachel había escrito de su puño y letra: valverde 1556.
Representaba a un hombre desollado con el pie izquierdo apoyado en una piedra, un largo cuchillo con el mango en forma de gancho en la mano izquierda, y su propia piel desollada sujeta con la derecha. En la piel se veía la silueta de la cara y los ojos permanecían en las cuencas, pero, con esas excepciones, la figura de la ilustración presentaba una postura muy similar a la de Remarr. Palabras en griego designaban las distintas partes del cuerpo.
– Así -contesté en voz baja mientras Ángel y Louis miraban la ilustración por encima de mi hombro-. Así lo encontramos.
– La Historia de la composición del cuerpo humano -explicó Rachel-. La escribió el español Juan de Valverde de Hamusco en 1556 como manual de medicina. Este dibujo -tomó la hoja para que todos la viéramos- es una imagen del mito de Marsias. Marsias era un sátiro del séquito de la diosa Cibeles. Sobre él cayó una maldición cuando se hizo con una flauta de hueso de la que se había desprendido Atenea. La flauta sonaba por sí sola, ya que seguía inspirada por Atenea, y su música era tan hermosa que los campesinos decían que era superior incluso a la de Apolo.
»Apolo desafió a Marsias a una competición donde las Musas serían jueces, y Marsias perdió porque fue incapaz de tocar con la flauta invertida y cantar al mismo tiempo.
»Entonces Apolo se vengó de Marsias. Lo desolló vivo y clavó su piel a un pino. Según el poeta Ovidio, un momento antes de morir, Marsias gritó: "Quid me mihi detrahis?", que puede traducirse aproximadamente como: "¿Quién me arranca de mí mismo?". Tiziano pintó una versión del mito. También Rafael. Supongo que encontrarán restos de ketamina en el cuerpo de Remarr. Para reproducir el mito, el desollamiento tenía que realizarse mientras la víctima estaba aún viva; es difícil crear una obra de arte si el modelo no deja de moverse.
Louis la interrumpió.
– Pero en este dibujo parece que se ha desollado a sí mismo. Sostiene el cuchillo y la piel. ¿Por qué eligió el asesino esta imagen?
– Es sólo una conjetura, pero quizá sea porque Remarr, en cierto modo, se desolló a sí mismo -contesté-. Se encontraba en casa de los Aguillard cuando no debía. Sospecho que al Viajante le preocupaba qué podía haber visto. Remarr estaba donde no debía, así que fue responsable de lo que le pasó.
Rachel asintió con la cabeza.
– Es una interpretación interesante, pero quizás haya algo más, teniendo en cuenta cómo murió Tee Jean Aguillard.
Me entregó dos hojas. La primera era una fotocopia de la foto de Tee Jean en el lugar del crimen. La segunda era otra ilustración, esta vez con el rótulo de dissect. partivm. Al pie, Rachel había apuntado la fecha: «1545».