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La ilustración mostraba a un hombre crucificado contra un árbol, y tras él una pared de piedra. Su cabeza y sus brazos extendidos se apoyaban en las ramas del árbol. Estaba despellejado desde el pecho hacia abajo y quedaban a la vista los pulmones, los riñones y el corazón. Junto a él, sobre una plataforma, había un órgano casi irreconocible, probablemente el estómago. Tenía el rostro intacto, pero también esta vez la postura de la ilustración se correspondía con la del cadáver de Tee Jean Aguillard.

– Otra vez Marsias -dijo Rachel-. O al menos una adaptación del mito. Ésta pertenece a De dissectione partium corporis humani, de Estienne, otro manual antiguo.

– ¿Estás diciendo que este tipo toma como referencia un mito griego para matar? -preguntó Ángel.

Rachel dejó escapar un suspiro.

– No es tan fácil. Supongo que, para él, el mito tiene alguna resonancia, por la sencilla razón de que lo ha utilizado dos veces. Pero la teoría de Marsias se viene abajo con Tante Marie, y con la esposa y la hija de Bird. Di con las ilustraciones de Marsias casi por casualidad, pero aún no he localizado correspondencias para las otras muertes. Sigo buscando. Lo más probable es que se basen también en manuales de medicina antiguos. Si es así, las encontraré.

– Esto plantea la posibilidad de que andemos tras alguien con formación médica -comenté.

– O con un buen conocimiento de los textos crípticos -añadió Rachel-. También sabemos que ha leído el Libro de Enoch, o material derivado de éste. No se requiere una gran formación médica para llevar a cabo la clase de mutilaciones que hemos visto en los cadáveres hasta el momento, pero no estaría de más partir del supuesto de que posee cierta experiencia quirúrgica o incluso que está más o menos familiarizado con la metodología médica.

– ¿Y qué puedes decirnos de la extracción de los ojos y las caras? -pregunté. Arrinconé en el fondo de mi mente una fugaz imagen de Jennifer y Susan-. ¿Tienes idea de dónde encaja?

Rachel negó con la cabeza.

– Sigo en ello. Para él, la cara parece una especie de prueba. Devolvió la de Jennifer porque murió antes de que él se pusiera manos a la obra, supongo, pero también porque quería asustarte a ti personalmente. La extracción podría indicar asimismo un desprecio por sus víctimas como personas. Al fin y al cabo, cuando se elimina la cara de alguien, se le despoja de la representación más inmediata de su individualidad, su principal rasgo distintivo.

»En cuanto a los ojos, existe el mito de que la imagen del asesino permanece en la retina de la víctima. Hay muchos mitos como éste asociados al cuerpo. En fecha tan relativamente cercana como principios del siglo pasado, algunos científicos aún creían que el cuerpo de la víctima de un homicidio sangraba cuando se encontraba en la misma habitación que el asesino. Tengo que seguir investigándolo, así que ya veremos. -Se puso en pie y se desperezó-. No quiero parecer grosera, pero me apetece una ducha. Después saldré a cenar como Dios manda, y luego quiero dormir doce horas.

Ángel, Louis y yo nos disponíamos a marcharnos cuando ella levantó una mano para detenernos.

– Sólo una cosa más. No quiero dar la impresión de que se trata simplemente de un bicho raro que se dedica a imitar imágenes violentas. No dispongo de información suficiente sobre la materia para emitir un juicio así y quiero consultar a algunas personas con más experiencia que yo en este campo. Aun así, no puedo evitar pensar que hay cierta filosofía subyacente detrás de sus crímenes, una pauta. Mientras no averigüemos cuál es, dudo que sea posible atraparlo.

Tenía la mano en el picaporte cuando llamaron a la puerta. Abrí despacio y me coloqué de modo que mi cuerpo impidiese ver el interior de la habitación mientras Rachel recogía sus papeles. Ante mí se hallaba Woolrich. A la luz procedente de la habitación, noté que la barba empezaba a asomar en su rostro.

– El conserje me ha dicho que quizá te encontraría aquí si no estabas en tu habitación. ¿Puedo pasar?

Vacilé por un instante y me aparté. Advertí que Rachel se había puesto de pie ante el material de la pared, para ocultarlo, pero Woolrich no mostró interés en ella. Fijó la mirada en Louis.

– Yo le conozco -dijo.

– No creo -contestó Louis con expresión fría en los ojos.

Woolrich se volvió hacia mí.

– ¿Has traído a tus asesinos a sueldo a mi ciudad, Bird?

No respondí.

– Como le decía, creo que se confunde -dijo Louis-. Soy un hombre de negocios.

– ¿En serio? ¿Y a qué negocios se dedica?

– Desratización -contestó Louis.

La tensión pareció chisporrotear en el aire hasta que Woolrich se dio media vuelta y salió de la habitación. Se detuvo en el pasillo y me hizo un gesto para que me acercara.

– Tenemos que hablar. Te espero en el Café du Monde.

Lo observé alejarse y luego miré a Louis. Enarcó una ceja.

– Parece que soy más famoso de lo que creía.

– Eso parece, sí -dije, y salí tras Woolrich.

Lo alcancé en la calle, pero no dijo una sola palabra hasta que nos sentamos y tuvo ante sí un buñuelo. Al arrancar un trozo, se espolvoreó el traje con azúcar, luego tomó un largo trago de café, y dejó la taza medio vacía y con un churrete pardusco resbalando por el lado.

– Vamos, Bird, ¿qué te propones? -dijo con tono de hastío y decepción-. Ese tipo…, conozco su cara. Sé en qué anda. -Mordió otro trozo de buñuelo.

No contesté. Nos miramos hasta que Woolrich desvió la vista. Se sacudió el azúcar de los dedos y pidió otro café. Yo apenas había probado el mío.

– ¿Te dice algo el nombre Edward Byron? -preguntó por fin al comprender que Louis no sería tema de conversación.

– No me suena de nada. ¿Por qué?

– Era conserje en Park Rise. Allí tuvo Susan a Jennifer, ¿no?

– Sí.

Park Rise era una clínica privada de Long Island. El padre de Susan había insistido en que fuéramos allí aduciendo que el equipo médico estaba entre los mejores del mundo. Sin duda estaba entre los mejor pagados. El ginecólogo que asistió a Jennifer en el parto ganaba más en un mes que yo en un año.

– ¿Adónde nos lleva esto? -pregunté.

– A principios de este año lo despidieron, discretamente, después de que se mutilara un cadáver. Alguien practicó una autopsia sin autorización al cuerpo de una mujer. Abrió el abdomen y extrajo los ovarios y las trompas de Falopio.

– ¿No se presentaron cargos?

– Las autoridades de la clínica contemplaron la posibilidad y al final lo descartaron. Encontraron unos guantes quirúrgicos con restos de sangre y tejidos de la mujer en una bolsa guardada en la taquilla de Byron. Alegó que alguien pretendía incriminarlo. No fue una prueba concluyente. En teoría, alguien podría haber colocado aquello en su taquilla. Pero la clínica lo despidió de todos modos. No hubo juicio ni investigación policial. Nada. Sólo consta en nuestros archivos porque por esas mismas fechas la policía local investigaba el robo de estupefacientes en la clínica, y el nombre de Byron aparecía en el informe. A Byron lo echaron después de iniciarse los robos y a partir de entonces prácticamente se acabaron, pero tenía coartada cada vez que se descubría la desaparición de estupefacientes.

»Eso fue lo último que se supo de Byron. Disponemos de su número de la seguridad social, pero no ha solicitado subsidio de desempleo, ni ha presentado declaración de renta, ni ha tenido contacto alguno con la administración del Estado, ni ha visitado la clínica desde el despido. No ha utilizado sus tarjetas de crédito desde el 19 de octubre de 1996.

– ¿Por qué ha salido a la luz su nombre ahora?

– Edward Byron nació en Baton Rouge. Su mujer…, su ex mujer, Stacey, aún vive aquí.

– ¿Habéis hablado con ella?

– La interrogamos ayer. Dice que no lo ve desde abril, que le debe la pensión de seis meses. Libró el último cheque a cuenta de un banco del este de Texas, pero ella piensa que vive en la zona de Baton Rouge o en los alrededores. Dice que siempre quiso volver aquí, que no le gustaba Nueva York. También hemos puesto en circulación fotos suyas, sacadas de su ficha de empleo en Park Rise.