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Me entregó una fotografía de Byron ampliada. Era un hombre atractivo, sin más defecto que un mentón un tanto hundido. Tenía la boca y la nariz finas, y los ojos alargados y oscuros. El cabello era de color castaño y lo llevaba peinado con raya a la izquierda. Aparentaba menos de treinta y cinco años, la edad que contaba al hacerse la foto.

– Es nuestra mejor pista -añadió Woolrich-. Quizá te informo porque creo que tienes derecho a saberlo. Pero también te diré otra cosa: no te acerques a la señora Byron. Le hemos pedido que no hable con nadie para evitar que se entere la prensa. En segundo lugar, mantente alejado de Joe Bones. Uno de sus hombres, el tal Ricky, en una conversación a través de un teléfono intervenido juraba en hebreo por tu hazaña de esta mañana. Pero no saldrás tan bien parado una segunda vez.

Dejó dinero en la mesa.

– ¿Ha averiguado algo que pueda servirnos ese equipo que tienes en el hotel?

– Todavía no. Suponemos que es un hombre con cierta experiencia médica, quizá con una psicopatología sexual. Si descubro algo más, te tendré informado. Pero he de hacerte una pregunta: ¿qué estupefacientes robaban en Park Rise?

Ladeó la cabeza y torció ligeramente los labios, como si dudase sobre la conveniencia de decírmelo.

– Clorhidrato de ketamina. Es de la familia de la fenciclidina.

Aparenté no saber nada al respecto. Los federales joderían vivo a Morphy si se enteraban de que me había facilitado información como ésa, aunque ya debían de albergar sospechas. Woolrich dejó de hablar un momento y luego prosiguió.

– Apareció en los cadáveres de Tante Marie Aguillard y su hijo. El asesino lo utilizó como anestésico. -Hizo girar la taza en el platillo hasta que el asa apuntó hacia mí. Bajando la voz, preguntó-: ¿Te da miedo ese tipo, Bird? Porque a mí sí, te lo aseguro. ¿Recuerdas la conversación que mantuvimos sobre los asesinos en serie cuando te traje a ver a Tante Marie? -Asentí-. Por entonces yo pensaba que ya lo había visto todo. Creía que esos asesinos eran individuos propensos a los malos tratos y la violación, gente con disfunciones que habían rebasado cierta línea, pero que resultaban tan dignos de lástima que aún podían reconocerse como seres humanos. En cambio, éste… -Observó pasar a una familia en un carruaje mientras el cochero acicateaba al caballo con las riendas y ofrecía su propia versión de la historia de Jackson Square. Un niño pequeño de cabello oscuro iba sentado aparte del grupo familiar. Nos miró en silencio con la barbilla apoyada en el antebrazo desnudo-. Siempre habíamos temido que apareciese uno distinto de los demás, uno que actuase impulsado por algo que fuera más allá de una sexualidad frustrada y retorcida o un sadismo extremo. Vivimos en una cultura dominada por el dolor y la muerte, Bird, y la mayoría de nosotros pasamos por la vida sin comprenderlo realmente. Quizás era sólo cuestión de tiempo que creásemos a alguien capaz de entender eso mejor que nosotros, alguien que viera el mundo sólo como un gran altar donde sacrificar a la humanidad, una persona que creyese que debía darnos un castigo ejemplar.

– ¿Y crees que este tipo encarna a esa persona?

– «Me he convertido en la Muerte, el destructor de los mundos.» ¿No es eso lo que dice Bhagavadgita? «Me he convertido en la Muerte.» Quizás este tipo sea eso: muerte pura.

Se dirigió hacia la calle. Lo seguí y de pronto me acordé de la hoja de papel con las anotaciones de la noche anterior.

– Woolrich, una cosa más.

Me miró con irritación cuando le entregué las referencias del Libro de Enoch.

– ¿Qué carajo es el Libro de Enoch?

– Forma parte de los textos apócrifos. Creo que ese individuo posiblemente los conozca.

Woolrich plegó la hoja y se la guardó en el bolsillo del pantalón.

– Bird -dijo, y casi sonrió-, a veces dudo entre mantenerte al corriente de lo que ocurre o no decirte nada. -Hizo una mueca y luego suspiró como dando a entender que ni siquiera merecía la pena hablar del asunto-. No te metas en líos, Bird, y lo mismo puedes decirles a tus amigos.

Se alejó hasta confundirse con la multitud nocturna.

Llamé a la puerta de la habitación de Rachel, pero no contestó. Llamé por segunda vez, con más insistencia, y oí ruidos procedentes de dentro. Salió a abrir envuelta en una toalla y con el cabello recogido bajo otra toalla más pequeña. Tenía la cara enrojecida por el calor de la ducha y le brillaba la piel.

– Lo siento -dije-. He olvidado que estarías duchándote.

Sonrió y me dejó pasar.

– Siéntate. Me vestiré y te dejaré que me invites a cenar. -Tomó de encima de la cama un pantalón gris y una blusa blanca de algodón, sacó de la maleta ropa interior blanca a juego y volvió a entrar en el cuarto de baño. No cerró la puerta por completo para que pudiéramos hablar mientras se vestía.

– ¿Sería mucha indiscreción preguntar a qué ha venido ese intercambio de palabras?-dijo.

Me acerqué al balcón y miré hacia la calle.

– Lo que Woolrich ha dicho de Louis es verdad. Quizá no sea así de sencillo, pero ha cometido asesinatos en el pasado. No estoy muy seguro de si lo sigue haciendo. No hago preguntas, y no estoy en situación de juzgarlo. Pero confío en Ángel y en él. Les pedí que vinieran porque sé que hacen bien su trabajo.

Salió del baño abrochándose la blusa, con el pelo mojado y suelto. Se lo secó con un secador de viaje y luego se maquilló un poco. Había visto hacer eso mismo a Susan miles de veces, pero al ver a Rachel experimenté una extraña sensación de intimidad. Algo se estremeció dentro de mí, un cambio pequeño pero significativo en mis sentimientos hacia ella. Se sentó en el borde de la cama y se calzó unos zapatos negros sin tacón. Cuando se inclinó vi el brillo de su piel húmeda en la parte baja de la espalda. Me sorprendió mirándola y sonrió con cautela, como si temiera interpretar mal lo que había visto.

– ¿Nos vamos? -propuso.

Le abrí la puerta y, cuando salió, su blusa rozó mi mano y emitió un sonido como el crepitar del agua sobre un metal caliente.

Cenamos en el Mr. B's de Royal Street, con su gran salón de caoba frío y oscuro. Yo comí un bistec, tierno y delicioso, y Rachel pidió salmón al horno; las especias la hicieron respirar hondo al primer bocado. Charlamos de obras de teatro y películas, de música y libros. Dio la casualidad de que los dos habíamos asistido a la misma representación de La flauta mágica en el Metropolitan en 1991, tanto ella como yo solos. La observé mientras tomaba un sorbo de vino, la luz reflejándose en su rostro y brillando en la oscuridad de sus pupilas como la luz de la luna vista desde la orilla del lago.

– ¿Tienes por costumbre seguir a desconocidos hasta tierras lejanas?

Sonrió.

– Seguro que llevabas toda la vida esperando el momento de usar esa frase.

– Quizá la uso continuamente.

– Oh, por favor. Lo próximo que hagas será empuñar un bate y pedirle al camarero que se aparte.

– De acuerdo, culpable de los cargos que se me imputan. Hacía bastante tiempo.

Noté que me ruborizaba y percibí una expresión picara pero insegura en su mirada, una especie de tristeza, de miedo a sufrir y a hacer sufrir. En mi interior algo se retorció y sacó las uñas, y sentí un pequeño desgarro en el corazón.

– Lo siento. Apenas te conozco -susurró.

Alargó el brazo y me acarició la mano izquierda, desde la muñeca hasta la punta del meñique. Siguió las curvas de mis dedos trazando círculos en las yemas con delicadeza, su contacto era suave como la hoja de un árbol. Al final, dejó la mano apoyada en la mesa con las puntas de los dedos sobre los míos, y empezó a hablar.