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Nació en Chilson, cerca de las estribaciones de los montes Adirondacks. Su padre era abogado, su madre puericultora. Le gustaba correr y jugar al baloncesto, y el chico que iba a llevarla a la fiesta de graduación cogió paperas dos días antes del baile, así que la acompañó el hermano de su amigo enfermo e intentó tocarle los pechos mientras sonaba Only the Lonely. Ella también tenía un hermano, Curtís, diez años mayor. Curtís había sido policía durante cinco años. Murió dos semanas antes de cumplir los veintinueve.

– Era inspector de la policía del estado, recién ascendido. Ni siquiera estaba de servicio el día que lo mataron. -Hablaba sin vacilar, ni muy despacio ni muy deprisa, como si hubiera repetido la historia miles de veces examinando sus defectos, volviendo al principio, al desenlace, eliminando todo detalle superfluo hasta dejar sólo el resplandeciente núcleo del asesinato de su hermano, el corazón hueco de su ausencia-. Eran las dos y cuarto de la tarde de un martes. Curtís había ido a visitar a una chica en Moriah. Siempre le iban detrás dos o tres chicas a la vez. Les rompía el corazón. Llevaba un ramo de flores, unas azucenas que había comprado en una floristería a cinco puertas del banco. Oyó gritos y vio salir a dos personas corriendo del banco, ambas armadas, ambas enmascaradas, un hombre y una mujer. Otro hombre los esperaba en un coche.

»Curtis estaba desenfundando la pistola cuando lo vieron. Los dos llevaban escopetas de cañones recortados y no se lo pensaron dos veces. El hombre vació en él los dos cañones y, mientras yacía en el suelo moribundo, la mujer lo remató. Le disparó en la cara, y era tan guapo, tan encantador…

Se interrumpió, y supe que aquélla era una historia que había contado sólo para sí, que no era algo destinado a ser compartido, sino que debía salvaguardarse. A veces necesitamos nuestro dolor. Lo necesitamos para considerarlo nuestro.

– Cuando los atraparon, llevaban encima tres mil dólares. Era todo lo que habían robado en el banco, el valor que tenía para ellos la vida de mi hermano. La mujer había salido de un centro penitenciario hacía una semana. Alguien decidió que ya no representaba una amenaza para la sociedad. -Levantó la copa y apuró el vino. Yo pedí más y ella permaneció en silencio mientras el camarero le llenaba la copa. Por fin dijo-: Y aquí me tienes. Ahora intento entenderlo, y a veces me acerco. Y a veces, con suerte, consigo impedir que a otras personas les ocurran cosas parecidas. A veces.

De pronto tomé conciencia de que estaba estrechando su mano con fuerza, y no recordaba cómo había sucedido. Con su mano en la mía, hablé por primera vez en muchos años del momento en que abandoné Nueva York y mi madre y yo nos trasladamos a Maine.

– ¿Aún vive?

Negué con la cabeza.

– Me metí en problemas con un personaje importante del pueblo, un tal Daddy Helms -dije-. Mi abuelo y mi madre acordaron mandarme a trabajar fuera aquel verano, hasta que se calmaran las cosas. Un amigo de mi abuelo tenía una tienda en Filadelfia, así que trabajé allí durante una temporada aprovisionando estanterías, limpiando por la noche. Dormía en una habitación encima del local.

»Mi madre empezó a acudir a sesiones de fisioterapia por un pinzamiento en el hombro, pero resultó que se habían equivocado en el diagnóstico. Tenía cáncer. Creo que lo sabía, pero prefirió no decir nada. Quizá pensó que, si no lo admitía, podría engañar a su organismo para que le diera más tiempo. Pero un día le falló un pulmón al salir de la consulta del fisioterapeuta.

»Yo volví dos días después en autobús. Hacía dos meses que no la veía y, cuando la busqué en la sala del hospital, no la reconocí. Tuve que mirar los nombres al pie de las camas por lo cambiada que estaba. Vivió seis semanas más. Hacia el final recobró la lucidez a pesar de los sedantes. Parece ser que pasa muy a menudo. Uno llega a engañarse pensando que mejora. Es como una broma del cáncer. La noche antes de morir intentó hacer un dibujo del hospital, para saber por dónde había que ir cuando llegara el momento de marcharse. -Tomé un sorbo de agua-. Lo siento. No sé por qué he tenido que acordarme de esto.

Rachel sonrió y noté que me apretaba la mano.

– ¿Y tu abuelo?

– Murió hace ocho años. Me dejó su casa de Maine, la que estoy intentando reformar.

No pasé por alto el hecho de que no preguntara por mi padre. Supuse que ella sabía ya todo lo que había que saber.

Más tarde, paseamos despacio entre la gente, con la música de los bares mezclándose en un fragor en medio del cual de vez en cuando lograbas identificar una melodía conocida. Cuando llegamos a la puerta de su habitación, nos abrazamos un momento y nos besamos con ternura, acariciándome ella la mejilla con la mano, antes de despedirnos.

A pesar de Remarr y Joe Bones y de mis conversaciones con Woolrich, esa noche dormí plácidamente, con la sensación de su mano aún en la mía.

39

Era una mañana fresca y clara y el sonido del tranvía de St. Charles flotaba en el aire mientras yo hacía jogging. Una limusina nupcial pasó junto a mí camino de la catedral con cintas blancas hondeando sobre el capó. Corrí hacia el oeste por North Rampart hasta Perdido y luego volví por Chartres a través del Quarter. Para entonces apretaba el calor y tenía la sensación de estar corriendo con la cara envuelta en una toalla húmeda y tibia. Mis pulmones se debatían para tomar aire y mi organismo se rebelaba, luchando por expulsarlo, pero seguí corriendo.

Tenía por costumbre hacer ejercicio tres o cuatro veces por semana, alternando circuitos durante un mes poco más o menos con sesiones de musculación intercaladas. Cuando interrumpía durante unos días mi rutina de entrenamiento me sentía hinchado y en baja forma, como si tuviera el organismo saturado de toxinas. Puestos a elegir entre el ejercicio físico y los laxantes, había optado por el ejercicio por ser la posibilidad menos incómoda.

De vuelta en el Flaisance, me duché y me cambié la venda del hombro; aún me dolía un poco, pero la herida estaba cicatrizando. Después dejé un fardo de ropa sucia en la lavandería más cercana, porque no había previsto una estancia tan larga en Nueva Orleans y mi provisión de ropa interior se estaba quedando corta.

El número de teléfono de Stacey Byron aparecía en el listín -no había vuelto a usar su apellido de soltera, al menos por lo que a la compañía telefónica se refería-, y Ángel y Louis se ofrecieron a ir a Baton Rouge y ver qué podían averiguar a través de ella o sobre ella. A Woolrich no le gustaría, pero si quería dejarla en paz, no debería haberme contado nada.

Rachel envió por correo electrónico los detalles de las ilustraciones que andaba buscando a dos de sus alumnos de Columbia, que colaboraban con ella en trabajos de investigación, y al padre Eric Ward, un profesor jubilado de Boston que había dado clases en la Universidad de Loyola en Nueva Orleans sobre cultura renacentista. En lugar de quedarse allí a esperar la respuesta, decidió acompañarme a Metairie, donde esa mañana enterraban a David Fontenot.

Permanecimos en silencio durante el viaje. El tema de nuestra creciente intimidad y sus posibles consecuencias no había salido a la luz, pero, por lo visto, los dos éramos muy conscientes de ello. Yo lo notaba en los ojos de Rachel cuando me miraba, y probablemente ella veía lo mismo en los míos.

– ¿Y qué más quieres saber de mí? -preguntó.

– Diría que no sé gran cosa acerca de tu vida personal.

– Aparte de que soy guapa e inteligente.

– Aparte de eso -admití.

– Cuando dices «personal», ¿te refieres a «sexual»?

– Es un eufemismo. No quería parecerte demasiado avasallador. Si lo prefieres, puedes empezar por la edad, ya que anoche no me la dijiste. Lo demás no costará tanto en comparación.