Me dedicó una sonrisa sesgada y un corte de mangas. Decidí pasar por alto el corte de mangas.
– Tengo treinta y tres años, pero con la luz adecuada admito sólo treinta. Soy dueña de un gato y un apartamento con dos habitaciones en el Upper West Side, pero actualmente no lo comparto con nadie. Hago stepping tres veces por semana y me gustan la comida china, la música soul y la cerveza con espuma. Mi última relación acabó hace seis meses y tengo la sensación de que me está creciendo el himen otra vez.
La miré con una ceja enarcada y se echó a reír.
– Te noto sorprendido -dijo-. Necesitas sonsacarme algo más.
– Da la impresión de que tú también lo necesitas. ¿Quién era el tipo?
– Un agente de Bolsa. Nos veíamos desde hacía un año y acordamos vivir juntos a modo de prueba. Él tenía un apartamento de una sola habitación y el mío era de dos, así que se instaló conmigo y utilizamos el segundo dormitorio como estudio compartido.
– Parece una situación idílica.
– Lo fue. Durante una semana más o menos. Resultó que él no soportaba al gato, no le gustaba compartir la cama conmigo porque, según decía, yo me movía continuamente y él se pasaba la noche en vela, y toda mi ropa empezó a oler a tabaco. Ésa fue la gota que colmó el vaso. Todo apestaba: los muebles, la cama, las paredes, la comida, el papel higiénico, incluso el gato. Una noche llegó a casa, me anunció que se había enamorado de su secretaria y a los tres meses se mudó con ella a Seattle.
– He oído decir que Seattle es una ciudad bonita.
– A la mierda Seattle. Espero que se hunda en el mar.
– Al menos no eres rencorosa.
– Muy gracioso. -Miró por la ventanilla durante un rato y sentí el impulso de alargar la mano y tocarla, un impulso que se acrecentó por lo que dijo a continuación-. Aún me cuesta hacerte demasiadas preguntas por lo que ocurrió.
– Lo sé.
Lentamente, tendí la mano derecha y le acaricié la mejilla. Tenía la piel suave y un poco húmeda. Inclinando la cabeza hacia mí, aumentó la presión contra mi mano, y entonces nos detuvimos frente a la entrada del cementerio y el momento pasó.
Algunos antepasados de los Fontenot habían vivido en Nueva Orleans desde finales del siglo XIX, mucho antes de que la familia de Lionel y David se estableciera en la ciudad, y los Fontenot poseían un enorme panteón en el cementerio de Metairie, el cementerio más grande de la ciudad, en el cruce de Metairie Road y Pontchartrain Boulevard. Tenía una extensión de sesenta hectáreas y había sido construido sobre el antiguo hipódromo de Metairie. Si uno era aficionado a las apuestas, aquélla era una última morada idónea, aunque al final siempre saliera ganando la casa.
Los cementerios de Nueva Orleans son lugares extraños. Si bien la mayoría de los cementerios de las grandes ciudades están muy cuidados e inducen a poner lápidas discretas, los difuntos de Nueva Orleans descansaban bajo tumbas recargadas y mausoleos espectaculares. Me recordaban el Père Lachaise de París, o las Ciudades de los Muertos de El Cairo, donde aún vivía gente entre los cadáveres. Una resonancia de dicho parecido se encontraba en la tumba de Brunswig en Metairie, que tenía forma de pirámide y la custodiaba una esfinge.
La arquitectura funeraria española y francesa no era el único motivo por el que los cementerios se habían construido de. ese modo. Casi toda la ciudad se hallaba bajo el nivel del mar, y, hasta la aparición de los modernos sistemas de drenaje, las tumbas cavadas en la tierra pronto se llenaban de agua. La solución natural estaba en hacerlas a ras de suelo.
La comitiva fúnebre de Fontenot ya había entrado en el cementerio cuando llegamos. Aparqué a cierta distancia de los vehículos del séquito y pasamos ante los dos coches patrulla estacionados enfrente de la verja, cuyos ocupantes ocultaban sus ojos tras unas gafas de sol. Siguiendo a los rezagados, dejamos atrás las estatuas que representaban a la Fe, la Esperanza, la Caridad y el Recuerdo, al pie de la alargada tumba de Moriarity, y llegamos a un panteón de estilo Greek Revival con un par de columnas dóricas. En el dintel de la puerta se leía fontenot.
Era imposible saber cuántos Fontenot reposaban en el panteón familiar. En Nueva Orleans la tradición era dejar el cadáver durante un año y un día, después de lo cual el panteón volvía a abrirse, los restos se trasladaban al fondo y el féretro podrido se sacaba para dejar espacio al siguiente ocupante. Muchos de los panteones de Metairie ya estaban a esas alturas muy concurridos.
La verja de hierro forjado, rematada con cabezas de ángeles, se hallaba abierta y la pequeña comitiva rodeaba el panteón formando un semicírculo. Un hombre destacaba sobre los demás, y supuse que se trataba de Lionel Fontenot. Llevaba un traje negro con una ancha corbata negra. Su cara, de tan curtida, era de un color moreno rojizo, y unas profundas arrugas le surcaban la frente e irradiaban de las comisuras de los ojos. Tenía el cabello oscuro pero canoso en las sienes. Era un hombre corpulento, de un metro noventa como mínimo y cercano a los ciento diez kilos, quizá más. El traje parecía luchar por no reventar.
Más allá de la comitiva, apostados a intervalos junto a los panteones y tumbas o bajo los árboles del cementerio, había cuatro hombres de expresión severa vestidos con chaquetas y pantalones oscuros. Bajo las chaquetas se adivinaba el bulto de las pistolas. Un quinto hombre, con un abrigo oscuro sobre los hombros, se dio media vuelta junto a un viejo ciprés y vislumbré la reveladora imagen de una metralleta con armazón de M16 oculta bajo los pliegues. Otros dos flanqueaban a Lionel Fontenot. Éste no estaba dispuesto a correr riesgos.
La comitiva -compuesta de blancos y negros, blancos jóvenes con elegantes trajes negros, ancianas negras que llevaban vestidos negros con puntillas doradas en el cuello- quedó en silencio cuando el sacerdote empezó a leer el oficio de difuntos en un ajado ritual de exequias con el borde de las hojas dorado. Como no soplaba ninguna brisa que pudiera llevarse sus palabras, éstas flotaron en el aire, reverberando entre las tumbas igual que las voces de los propios muertos.
– «Padre nuestro, que estás en los cielos…»
Los hombres que portaban el féretro lo alzaron y, con grandes dificultades, hicieron pasar el ataúd por la estrecha entrada del panteón. Cuando estuvo en el interior, un par de policías de Nueva Orleans apareció entre dos bóvedas a unos treinta y cinco metros al oeste del cortejo fúnebre. Otros dos asomaron desde el este y un tercer par se acercó lentamente a un árbol que quedaba al norte. Rachel siguió mi mirada.
– ¿Una escolta?
– Quizá.
– «…venga a nosotros tu reino y hágase tu voluntad aquí en la tierra…»
Sentí cierto nerviosismo. Tal vez habían enviado a los agentes por si Joe Bones tenía la tentación de importunar a los deudos, pero ocurría algo raro. No me gustaba la forma en que se movían. Parecían incómodos con los uniformes, como si les molestaran los cuellos de las camisas y les apretaran los zapatos.
– «…perdona nuestros pecados…»
Los hombres de Fontenot también los habían visto, pero aparentemente no les preocupaban demasiado. Los policías mantenían los brazos relajados a los lados y las pistolas enfundadas. Estaban a unos diez metros de nosotros cuando algo caliente me salpicó la cara. Una anciana de cara redonda con un ajustado vestido negro, que había estado sollozando en silencio junto a mí, se dio de pronto la vuelta y se desplomó con un agujero oscuro en la sien y un brillo húmedo en el pelo. Una esquirla de mármol saltó del panteón, y una mancha de vivo color rojo se extendió alrededor. El sonido del disparo se oyó casi simultáneamente, un ruido sordo y amortiguado como el de un puño al golpear un saco de boxeo.
– «…mas líbranos del mal…»
La gente de la comitiva tardó unos segundos en tomar conciencia de lo que ocurría. Contemplaron atónitos a la mujer, en torno a cuya cabeza se formaba ya un charco de sangre. Empujé a Rachel hacia el hueco entre dos panteones protegiéndola con mi cuerpo. Alguien gritó y los presentes empezaron a dispersarse al tiempo que silbaban más balas sobre el mármol y la piedra. Vi a los guardaespaldas de Lionel Fontenot apresurarse a protegerlo y obligarlo a echarse cuerpo a tierra mientras las balas rebotaban en la tumba y resonaban en la verja de hierro.