Выбрать главу

Rachel se tapó la cabeza con los brazos y se agachó para ofrecer un blanco lo más pequeño posible. Por encima del hombro descubrí que los dos policías situados al norte se separaban y que sacaban ametralladoras de entre los arbustos a cada lado de la avenida. Eran Steyrs provistas de silenciadores: los hombres de Joe Bones. Vi que una mujer echaba a correr para ponerse a cubierto tras las alas extendidas de un ángel de piedra, el faldón de su abrigo se agitaba en torno a sus piernas desnudas. Dos orificios aparecieron en su abrigo a la altura del hombro y cayó de bruces al suelo, con las manos extendidas. Intentó seguir avanzando a rastras, pero otro orificio traspasó el abrigo y acabó con su vida.

Se oían disparos de pistola y ráfagas de una semiautomática; eran los hombres de Fontenot que devolvían el fuego. Desenfundé mi Smith & Wesson y me acerqué a Rachel al mismo tiempo que una silueta de uniforme aparecía en el hueco entre las tumbas, con una Steyr en las manos. Le disparé en la cara y se desplomó.

– ¡Pero si son policías! -exclamó Rachel, su voz casi ahogada por el fuego cruzado.

Alargué el brazo y la obligué a agacharse aún más.

– Son los hombres de Joe Bones. Han venido a liquidar a Lionel Fontenot.

Pero no era sólo eso: Joe Bones quería sembrar el caos y cosechar sangre, miedo y muerte. No se conformaba con matar a Lionel Fontenot. Quería que murieran también otros -mujeres, niños, la familia de Lionel, sus colaboradores- y que los supervivientes recordaran lo ocurrido y temieran a Joe Bones más aún. Quería acabar con los Fontenot, y lo haría allí, ante el panteón donde habían enterrado a sus muertos durante generaciones. Aquello era obra de un hombre que había rebasado los límites de la razón y entrado en un lugar oscuro, iluminado con llamas, un lugar donde la sangre lo cegaba.

A mis espaldas oí unos pasos vacilantes, y uno de los hombres de Fontenot, el individuo del abrigo con la semiautomática, cayó de rodillas al lado de Rachel. La sangre le salió a borbotones de la boca, y ella gritó al verlo desplomarse hacia delante ante sus pies. La M 16 quedó en la hierba junto a ella. Me dispuse a alcanzarla pero Rachel se me adelantó, movida por un profundo e insaciable instinto de supervivencia. Con la boca y los ojos muy abiertos, disparó una ráfaga por encima del cuerpo caído del guardaespaldas.

Yo me abalancé hacia el fondo de la tumba y apunté en la misma dirección, pero ella había abatido ya al hombre de Joe Bones; éste yacía de espaldas, con espasmos en la pierna izquierda y un sanguinolento dibujo en el pecho. A Rachel le temblaban las manos por efecto de la adrenalina que fluía por su organismo. La M 16 empezó a resbalársele de los dedos. La correa se le enredó en el brazo y lo sacudió con vehemencia para desprenderse de ella. Detrás, vi a varios miembros de la comitiva fúnebre correr agachados por las avenidas entre las tumbas. Dos mujeres blancas, tirando de los brazos de un joven negro, lo llevaban a rastras por la hierba. Tenía la camisa teñida de sangre en el vientre.

Supuse que un cuarto par de hombres de Joe Bones se había aproximado desde el sur y había iniciado el fuego. Al menos tres habían caído: los dos que habíamos matado Rachel y yo y un tercero que yacía desmadejado junto al viejo ciprés. El hombre de Fontenot había eliminado a uno de ellos antes de ser alcanzado él mismo.

Ayudé a Rachel a ponerse en pie y rápidamente la llevé hacia un panteón mugriento con la verja corroída. Golpeé la cerradura con la culata de la M 16 y cedió al instante. Rachel entró. Le di mi Smith & Wesson y le dije que se quedara allí hasta que yo volviera. A continuación, empuñando la M 16, corrí hacia el este por la parte de atrás del panteón de los Fontenot cubriéndome tras otras tumbas mientras avanzaba. Ignoraba cuántas balas quedaban en la M 16. El selector estaba fijado en ráfagas de tres balas. Según cuál fuera la capacidad del cargador, podían quedarme entre diez y veinte balas. Casi había llegado a un monumento coronado por la figura de un niño dormido cuando algo me golpeó en la nuca y caí de bruces; la M 16 se me escapó de las manos. Alguien me asestó un puntapié con todas sus fuerzas en los ríñones, y el dolor me recorrió el cuerpo hasta el hombro. Recibí otro puntapié en el estómago, que me hizo rodar hasta yacer boca arriba. Alcé la vista y vi a Ricky de pie junto a mí, los rizos serpenteantes de su pelo y su pequeña estatura en contradicción con el uniforme del Departamento de Policía de Nueva Orleans. Había perdido la gorra y tenía rasguños a un lado de la cara por el impacto de esquirlas de piedra. Me apuntaba al pecho con la boca de su Steyr.

Intenté tragar saliva pero tenía la garganta contraída. Notaba el contacto de la hierba bajo las manos y el intenso dolor del costado, sensaciones de vida, existencia y supervivencia. Ricky levantó la Steyr para apuntarme a la cabeza.

– Joe Bones te manda saludos -dijo.

Apretó el gatillo en el mismo instante en que, con una sacudida, echó atrás la cabeza y arqueó la espalda. Una ráfaga, de la Steyr barrió la hierba junto a mi cabeza y Ricky cayó de rodillas y luego se desplomó de lado sobre mi pierna izquierda. Tenía un agujero rojo e irregular en la espalda de la camisa.

Detrás de él, Lionel Fontenot, aún en posición de tiro, empezaba a bajar la pistola. Tenía la mano izquierda ensangrentada y un orificio de bala en la parte superior de la manga izquierda del traje. Los dos guardaespaldas que lo flanqueaban en el cementerio corrieron hacia él desde el panteón familiar. Me lanzaron un vistazo y de inmediato centraron su atención en Fontenot. Yo oía acercarse sirenas por el oeste.

– Ha escapado uno, Lionel -dijo uno de los guardaespaldas-. Los demás están muertos.

– ¿Y nuestra gente?

– Tres muertos, como mínimo, y muchos más heridos.

A mi lado, Ricky se sacudió un poco y agitó débilmente la mano. Noté el movimiento de su cuerpo contra mi pierna. Lionel Fontenot se aproximó y por un momento quedó inmóvil junto a él antes de dispararle una sola vez en la nuca. Me dirigió una mirada de curiosidad y luego agarró la M 16 y se la lanzó a uno de sus hombres.

– Ahora id a socorrer a los heridos -ordenó. Se sujetó el brazo herido con la mano derecha y volvió al panteón de los Fontenot.

Me dolían las costillas cuando, después de quitarme el cadáver de Ricky de encima de la pierna, regresé al lugar donde había dejado a Rachel. Me acerqué con cuidado, recordando que le había dejado la Smith & Wesson. Al llegar a la tumba, Rachel no estaba.

La encontré a unos cincuenta metros, en cuclillas al lado del cuerpo de una joven que apenas pasaba de veinte años. Cuando me aproximaba, Rachel alargó la mano hacia el arma que había colocado a su lado y se volvió hacia mí.

– Eh, soy yo. ¿Estás bien?

Asintió y volvió a dejar la pistola. Me fijé en que había mantenido la mano apretada contra el estómago de la joven durante todo el tiempo.

– ¿Cómo está? -pregunté, pero al mirar por encima del hombro de Rachel, supe la respuesta. La sangre que emanaba de la herida de bala era casi negra. Un disparo en el hígado. La chica, temblando de manera incontrolable, con los dientes apretados por el dolor, no sobreviviría.

Alrededor, los miembros de la comitiva fúnebre abandonaban sus escondites, unos sollozando, otros estremecidos de miedo. Vi a dos de los hombres de Lionel Fontenot correr hacia nosotros, los dos con pistolas, y agarré a Rachel del brazo.

– Tenemos que irnos. No podemos esperar a que llegue la policía.