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Daddy Helms sostenía la colilla de un puro en su mano deforme y me sonreía. Era una sonrisa como un destello en la hoja de un cuchillo. Vestía un traje blanco con chaleco, entre cuyos bolsillos pendía la cadena de oro de un reloj, y una pajarita de lunares roja y blanca perfectamente anudada le ceñía el cuello de la camisa blanca de algodón. Junto a mí, Clarence Johns movía los pies en la arena buscando apoyo para levantarse, pero uno de los hombres de Daddy Helms, un rubio brutal llamado Tiger Martin, plantó la suela del zapato en el pecho de Clarence y lo obligó a seguir tendido en la arena. Clarence, advertí, no estaba desnudo.

– ¿Tú eres el nieto de Bob Warren? -preguntó Daddy Helms al cabo de un rato.

Asentí con la cabeza. Pensé que iba a ahogarme. Tenía la nariz llena de arena y no conseguía llenar de aire los pulmones.

– ¿Sabes quién soy? -preguntó Daddy Helms sin dejar de mirarme. Volví a asentir-. Pero es imposible que me conozcas, chico. Si me conocieras, no habrías hecho lo que hiciste. A menos que seas idiota, claro, y eso sería peor que no conocerme.

Dirigió la atención a Clarence por un momento, pero no le dijo nada. Me pareció percibir un asomo de compasión en sus ojos mientras le miraba. Éste era tonto, de eso no cabía la menor duda. Por un instante tuve la sensación de ver a Clarence con ojos nuevos, como si sólo él no formara parte de la banda de Daddy Helms y nosotros cinco nos dispusiéramos a acometer alguna atrocidad con él. Pero yo no era uno de los hombres de Daddy Helms y la idea de lo que estaba a punto de ocurrir me devolvió a la realidad. Mientras notaba la arena en contacto con mi piel observé a Tiger Martin, que se acercaba con una pesada bolsa de basura negra en los brazos. Miró a Daddy Helms, éste hizo un gesto de asentimiento y, acto seguido, Tiger Martin vació sobre mi cuerpo el contenido de la bolsa.

Era tierra, pero había algo más: percibí millares de diminutas patas sobre mí; correteaban entre el vello de mis piernas y mi pubis, exploraban los pliegues de mi cuerpo como minúsculas amantes. Las noté sobre mis párpados apretados y sacudí la cabeza con fuerza para apartarlas de mis ojos. Poco después empezaron las picaduras, pequeños alfilerazos en los brazos, los párpados, las piernas e incluso el pene, cuando las hormigas de fuego comenzaron a atacar. Se me metían por la nariz y también allí empezaron a picarme. Me retorcí y me restregué contra la arena en un intento de matar el mayor número posible, pero era como tratar de quitarme la arena grano a grano. Pataleé, rodé sobre la arena y me corrieron las lágrimas por las mejillas. De pronto, cuando tenía la impresión de que no iba a resistirlo más, una mano enguantada me agarró del tobillo y me arrastró por la arena hacia las olas. Me quitaron las esposas y me zambullí en el agua al mismo tiempo que me arrancaba la cinta adhesiva de la boca, sin tener en cuenta el dolor del tirón en los labios movido por mi deseo de frotarme y rascarme. Hundí la cabeza cuando las olas me embistieron, y, aun así, me pareció sentir finas patas deslizándose sobre mí y las últimas picaduras de los insectos antes de ahogarse. Gritaba de dolor y pánico y también lloraba. Lloraba de vergüenza y de dolor, de miedo y de rabia.

Durante días me fui encontrando entre el pelo restos de hormigas. Algunas eran más largas que la uña de mi dedo medio, con unas pinzas serradas que se curvaban hacia delante para clavarse en mi piel. Tenía el cuerpo cubierto de bultos, casi a imagen del propio Daddy Helms, y el interior de la nariz hinchado y dolorido.

Salí del agua y, tambaleándome, avancé por la arena. Los hombres de Daddy Helms habían vuelto al coche y nos habían dejado en la playa a Clarence y a mí con Daddy Helms. Clarence estaba ileso. Daddy Helms percibió en mi cara que acababa de darme cuenta de eso y sonrió a la vez que chupaba el puro.

– Anoche nos encontramos con tu amigo -dijo. Apoyó una gruesa mano como la cera fundida en los hombros de Clarence. Clarence se encogió, pero permaneció inmóvil-. Nos lo contó todo. Ni siquiera tuvimos que hacerle daño.

El dolor de la traición eclipsó el de las picaduras y el escozor, la persistente sensación de movimiento sobre la piel. Miré a Clarence Johns con ojos nuevos, con ojos de adulto. Estaba de pie en la arena, tembloroso, con los brazos alrededor del cuerpo. En su mirada se traslucía un dolor que brotaba de lo más hondo de su ser. Deseé odiarlo por lo que había hecho, y eso era lo que Daddy Helms quería, pero yo sólo sentí un profundo vacío y cierta lástima.

Y también sentí cierta lástima por Daddy Helms, con su piel estragada, sus bultos y sus pliegues de pesada grasa, porque se había visto obligado a administrar aquel castigo a dos muchachos a causa de unos cristales rotos; y el castigo no sólo consistía en el daño físico, sino, además, en la pérdida de la amistad que los había unido.

– Chico, esta noche has aprendido dos lecciones. Has aprendido a no tontear conmigo nunca más y has aprendido algo acerca de la amistad. Al final, tu único amigo eres tú mismo porque los demás, llegado el momento, te dejarán todos en la estacada. Al final, todos estamos solos.

A continuación se dio media vuelta y, con su torpe andar, se encaminó entre los matorrales de barrón y las dunas en dirección a su coche.

Nos dejaron allí y tuvimos que volver a pie por la Interestatal 1, yo con la ropa rota y mojada. No nos dijimos una sola palabra, ni siquiera cuando nos separamos ante la verja de la casa de mi abuelo. Clarence se alejó en la noche acompañado del chacoloteo de sus baratos zapatos de plástico contra el asfalto. Después de aquello nos distanciamos, y prácticamente me había olvidado de Clarence hasta que, hace doce años, murió durante un intento de robo frustrado en un almacén de informática en las afueras de Austin. Clarence trabajaba allí como guardia de seguridad. Los ladrones dispararon contra él cuando intentó defender una remesa de ordenadores.

Cuando llegué a casa de mi abuelo, tomé un antiséptico del botiquín, me desnudé y, metido en la bañera, me extendí el líquido por las picaduras. Me escoció. Al acabar, me quedé sentado llorando en la bañera vacía, así fue como me encontró mi abuelo. Estuvo un rato sin decir nada. Luego desapareció y volvió con un recipiente rojo que contenía una pasta hecha de bicarbonato de sosa y agua. Me la aplicó concienzudamente por los hombros y el pecho, las piernas y los brazos, y después vertió un poco en mi mano para que yo mismo me la pusiera en la entrepierna. Me envolvió con una sábana blanca de algodón y me hizo sentar en la silla de la cocina, donde sirvió dos grandes copas de coñac. Era Remy Martin, recuerdo, añejo, del bueno. Tardé un rato en acabármelo pero ni él ni yo despegamos los labios. Cuando me levanté para acostarme, me dio una suave palmada en la cabeza.

– Un hombre duro -repitió mi abuelo, y apuró su café. Se puso en pie y el perro se levantó con él-. ¿Me acompañas a pasear al perro?

Le dije que no. Él se encogió de hombros, y observé cómo bajaba por los peldaños del porche; el perro corría ya ante él, ladrando, husmeando y volviendo la vista atrás para asegurarse de que el anciano lo seguía antes de alejarse otro trecho.