Выбрать главу

Daddy Helms murió dos años más tarde de un cáncer de estómago.

Se calculaba que, a lo largo de su vida, había estado involucrado, directa o indirectamente, en más de cuarenta asesinatos, algunos de ellos en lugares tan alejados como Florida. Las personas que asistieron a su funeral podían contarse con los dedos de una mano.

Volví a acordarme de Daddy Helms mientras Rachel y yo dejábamos atrás el lugar de los asesinatos en Metairie. No sé por qué. Quizá porque me daba la impresión de que compartía parte de su resentimiento con Joe Bonnano, un rencor hacia el mundo que surgía de algo podrido en su interior. Recordé a mi abuelo, recordé a Daddy Helms, y también las lecciones que habían intentado enseñarme, lecciones que aún no había aprendido del todo.

41

Fuera de la verja de entrada al cementerio, la policía de Nueva Orleans reunía a los testigos y despejaba el camino para que se trasladase a los heridos a las ambulancias. Unidades de las televisiones WWDL y WDSU intentaban entrevistar a los supervivientes. Permanecimos cerca de uno de los guardaespaldas de Lionel Fontenot, el hombre a quien se le había confiado el cuidado de la M 16, mientras nos aproximábamos en diagonal a la verja. Lo seguimos hasta que llegó a una parte rota de la valla contigua a la autovía y salió por allí en dirección a un Lincoln que lo esperaba. Cuando se alejó, Rachel y yo saltamos la valla y regresamos al coche por el oeste sin dirigirnos una palabra. Estaba aparcado lejos del núcleo principal de actividad y conseguimos escabullimos sin llamar la atención.

– ¿Cómo es posible que haya pasado una cosa así? -preguntó Rachel en voz baja cuando nos adentrábamos en la ciudad-. Tendría que haber habido policía. Alguien debería haberlo impedido… -Su voz se apagó y luego permaneció en silencio durante el camino de regreso al Quarter, con las manos cruzadas ante el pecho.

Decidí no molestarla.

En cuanto a qué había ocurrido, cabían varias posibilidades. Quizás algún alto cargo de la policía había cometido el error de asignar a Metairie efectivos insuficientes pensando que Joe Bones no intentaría eliminar a Lionel Fontenot en el funeral de su hermano en presencia de testigos. Las armas habrían sido escondidas la noche anterior, o bien esa mañana a primera hora, y no se había registrado el cementerio. También podía ser que Lionel hubiera mantenido a raya a la policía, como había hecho con los medios de comunicación, reacio a convertir el entierro de su hermano en un circo. La otra posibilidad era que Joe Bones hubiese sobornado o amenazado a algunos o a todos los policías de Metairie, y éstos hubieran vuelto la espalda mientras los hombres de Bones se ponían manos a la obra.

Cuando llegamos al hotel, llevé a Rachel a mi habitación; no quería que en un momento así estuviera rodeada de las imágenes que había colgado en las paredes de la suya. Fue derecha al baño y cerró la puerta. Oí el sonido de la ducha. Se quedó allí durante un buen rato.

Cuando por fin salió, se había envuelto en una gran toalla blanca desde los pechos hasta las rodillas y se secaba el pelo con otra más pequeña. Me miró y vi que tenía los ojos enrojecidos; de pronto le tembló la barbilla y se echó a llorar otra vez. La abracé y le besé la cabeza, la frente, las mejillas, los labios. Noté su boca cálida cuando respondió al beso, recorriéndome los dientes con la lengua y entrelazándola con la mía. Le quité la toalla y la estreché contra mí. A tientas, buscó el cinturón y la cremallera de mi pantalón. Luego metió la mano por la bragueta y me apretó el pene. Con la otra mano me desabrochó la camisa a la vez que me besaba el cuello y paseaba la lengua por mi pecho y alrededor de mis tetillas.

Me sacudí los zapatos y, torpemente, me incliné para intentar quitarme los calcetines. Los malditos calcetines. Sonrió cuando estuve a punto de caerme mientras me quitaba el izquierdo, y al instante me encontré sobre ella, que me bajaba el pantalón y el calzoncillo.

Tenía los pechos pequeños, la cadera un poco ancha, el triángulo de vello entre sus piernas de un rojo intenso. Sabía dulce. Cuando se corrió, arqueó la espalda y rodeó mis muslos con las piernas. Tuve la sensación de que nunca me habían abrazado con tanta fuerza, ni amado tanto.

Después se durmió. Me levanté de la cama, me puse una camiseta y unos vaqueros, y saqué de su bolso la llave de su habitación. Recorrí descalzo la galería hasta llegar a ella, cerré la puerta al entrar y me quedé observando durante un rato las ilustraciones de la pared. Rachel había comprado un gran cuaderno de dibujo donde plasmaba diagramas e ideas. Arranqué dos de las hojas, las uní con cinta adhesiva y las añadí a las imágenes de la pared. A continuación, frente a las ilustraciones de Marsias diseccionado y las fotocopias de las fotografías del lugar de los asesinatos de Tante Marie y Tee Jean, tomé un rotulador y empecé a escribir.

En un ángulo anoté los nombres de Jennifer y Susan, y una punzada de arrepentimiento y culpabilidad me traspasó al escribir el de Susan. Intenté apartarlo de mi mente y proseguí con mis anotaciones. En otro ángulo puse los nombres de Tante Marie, Tee Jean y, un poco apartado, el de Florence. En el tercer ángulo escribí el nombre de Remarr y en el cuarto un interrogante y la palabra «chica» al lado. En el centro anoté «Viajante» y, luego, como un niño al dibujar una estrella, añadí una serie de rayas que irradiaban del centro e intenté consignar todo lo que sabía, o creía saber, sobre el asesino.

Al acabar, la lista incluía: un aparato de síntesis de voz; el Libro de Enoch; conocimientos de mitología griega y manuales de medicina antiguos; conocimientos de las actividades y la técnica policiales, como se desprendía de los análisis que había hecho Rachel posteriormente de Jennifer y Susan, del hecho de que sabía que los federales tenían controlado mi teléfono móvil y del asesinato de Remarr. Al principio pensaba que, si hubiera visto a Remarr en la casa de los Aguillard, lo habría matado allí mismo; sin embargo me replanteé la hipótesis pensando que el Viajante no habría querido prolongar su presencia en el lugar del crimen ni enfrentarse con Remarr, alerta como estaba, y habría preferido esperar una oportunidad mejor. La otra opción era que el asesino se hubiera enterado de la existencia de aquella huella digital y, de algún modo, más tarde se hubiera encontrado con Remarr.

Agregué otros elementos basados en supuestos generales: hombre blanco, probablemente entre veinte y cuarenta y tantos años; una base en Louisiana desde donde cometer el asesinato de Remarr y los Aguillard; ropa para cambiarse, o un mono para taparse la ropa a fin de no mancharse de sangre; conocimiento de la ketamina y acceso a ella.

Tracé otra raya desde el Viajante a los Aguillard, puesto que el asesino sabía que Tante Marie había hablado, y una segunda raya hasta Remarr. Añadí una línea de puntos hasta Jennifer y Susan, y escribí el nombre de Edward Byron con un interrogante al lado. Después, de forma impulsiva, agregué una tercera línea de puntos y anoté el nombre de David Fontenot entre los de los Aguillard y Remarr, basándome sólo en la conexión de Honey Island y la posibilidad de que si el Viajante lo había atraído hasta allí y había dado el soplo a Joe Bones, el asesino era conocido de la familia Fontenot. Por último escribí el nombre de Edward Byron en una hoja aparte y la clavé junto al diagrama principal.

Me senté en la cama de Rachel y aspiré el aroma de ella en la habitación mientras observaba lo que había escrito y, en mi cabeza, cambiaba de sitio las piezas para ver si encajaban en alguna otra parte. No encajaban, pero añadí una cosa más antes de volver a mi habitación y esperar a que Ángel y Louis regresaran de Baton Rouge: tracé una raya fina entre el nombre de David Fontenot y el interrogante que representaba a la chica del pantano. En ese momento aún no lo sabía, pero con esa raya había dado el primer paso significativo hacia el mundo del Viajante.