Regresé a mi habitación y me senté junto al balcón para contemplar a Rachel, que dormía intranquila. Movía los párpados rápidamente y una o dos veces emitió leves gemidos y movió las manos como si empujara algo al mismo tiempo que sacudía los pies bajo la sábana. Oí a Ángel y a Louis antes de verlos: Ángel hablaba en voz alta con aparente enfado; Louis le respondía en tono comedido y un tanto burlón.
Abrí antes de que llamaran a la puerta y, con gestos, les indiqué, que debíamos hablar en su habitación. No estaban informados del tiroteo de Metairie porque, según Ángel, no habían encendido la radio en el coche de alquiler. Tenía la cara roja y los labios pálidos. No recordaba haberlo visto nunca tan furioso.
En su habitación, la trifulca se desató de nuevo. Stacey Byron, una rubia teñida de poco más de cuarenta años, que conservaba una notable figura para su edad, por lo visto se había insinuado a Louis en el transcurso del interrogatorio, y Louis, en cierto modo, había correspondido.
– Sólo quería ventilar el asunto cuanto antes -explicó mirando a Ángel de soslayo con la boca contraída en una sonrisa.
Ángel no se dejó impresionar.
– Claro que querías ventilártela, pero el único asunto que te interesaba era la talla de su sujetador y las dimensiones de su culo -replicó.
Louis puso los ojos en blanco en un exagerado gesto de desconcierto y pensé, por un momento, que Ángel iba a pegarle. Apretó los puños y dio un paso hacia él antes de conseguir controlarse.
Sentí lástima por Ángel. Si bien no creía que Louis hubiera intentado realmente cortejar a la mujer de Edward Byron, al margen de la reacción natural de cualquier persona ante las atenciones favorables de otra y la convicción de Louis de que, siguiéndole la corriente, quizá facilitara información sobre su ex marido, sabía lo importante que Louis era para Ángel. Ángel tenía una turbia historia tras de sí, y Louis más aún, pero yo recordaba ciertos detalles de la vida de Ángel, detalles que Louis olvidaba a veces, o ésa era mi impresión.
Cuando Ángel cumplió condena en la isla de Rikers, atrajo la atención de un tal William Vance. Éste había matado a un tendero coreano durante un robo frustrado en Brooklyn y por eso acabó en Rikers, pero sobre él pesaban otras sospechas: que había violado y asesinado a una anciana en Utica, y que la había mutilado antes de morir; y que quizás estuviera relacionado con un crimen parecido en Delaware. No se tenían pruebas, aparte de rumores y conjeturas, pero cuando se presentó la oportunidad de encerrar a Vance por el asesinato del coreano, el fiscal no la dejó escapar.
Y, por alguna razón, Vance decidió que prefería a Ángel muerto. Había oído contar que Ángel había rechazado a Vance cuando éste se encaprichó con él, y que de un puñetazo le había roto un diente. Pero con Vanee nunca se sabía: su mente funcionaba de una manera oscura y confusa a causa del odio y de un extraño y amargo deseo. Ahora no sólo quería violar a Ángel; quería matarlo, y matarlo lentamente. Ángel había recibido una condena de entre tres y cinco años. Después de una semana en Rikers, sus probabilidades de sobrevivir más de un mes habían caído en picado.
Ángel no tenía amigos dentro y menos aún fuera, así que me telefoneó. Me constaba que le había supuesto un gran esfuerzo hacerlo. Era orgulloso y creo que, en circunstancias normales, habría intentado resolver él solo sus problemas. Pero William Vanee, con sus tatuajes de cuchillos ensangrentados en los brazos y una telaraña en el pecho, no era ni mucho menos normal.
Hice lo que pude. Busqué los expedientes de Vanee y copié las transcripciones del interrogatorio por el asesinato de Utica y otros percances similares. Copié detalladamente las pruebas reunidas contra él y la declaración de una testigo presencial que se retractó cuando Vanee la llamó por teléfono y la amenazó con follárselos a ella y a sus hijos hasta que muriesen si atestiguaba contra él. A continuación viajé a Rikers.
Hablé con Vanee a través de un panel transparente. Se había tatuado en tinta china otra lágrima bajo el ojo izquierdo, con lo cual el número total de lágrimas tatuadas ascendía a tres, y cada una representaba una de las vidas que había quitado. En el nacimiento de su cuello se veía la silueta de una araña. Le hablé en susurros durante unos diez minutos, le advertí que si le ocurría algo a Ángel, cualquier cosa, me encargaría de que todos los presos de aquella cárcel se enteraran de que estaba a un paso de ser acusado de homicidio sexual, y de que las víctimas eran ancianas indefensas. A Vanee le quedaban por cumplir cinco años antes de poder aspirar a la libertad condicional. Si los otros internos descubrían las sospechas que recaían sobre él, algunos se asegurarían de que tuviera que pasar cinco años en aislamiento para evitar la muerte. Aun así, tendría que examinar a diario su comida en busca de cristal pulverizado, y rezar para que la atención del carcelero no se extraviara ni por un instante cuando lo escoltaran al patio para su hora de recreo o cuando lo llevaran al médico de la cárcel el día que el estrés empezara a pasarle factura a su salud.
Incluso sabiendo todo esto, dos días después de nuestra conversación intentó castrar a Ángel con un pincho improvisado. Ángel se salvó sólo gracias a la fuerza con que arremetió con el talón contra la rodilla de Vance, pero aun así necesitó veinte puntos de sutura entre el vientre y el muslo, porque Vance le lanzó un tajo a la desesperada mientras caía al suelo.
A la mañana siguiente, a Vanee le atacaron en las duchas. Unos agresores no identificados lo sujetaron, utilizaron una llave inglesa para mantenerle la boca abierta y vertieron por su garganta agua mezclada con detergente. El veneno hizo estragos en sus entrañas, le destrozó el estómago y casi le costó la vida. Durante el resto de sus días en la cárcel fue la mínima expresión de un hombre, sacudido por intensos dolores en el vientre que lo hacían aullar por las noches. Aquello sólo había requerido una llamada telefónica. También vivía con eso en mi conciencia.
Cuando lo pusieron en libertad, Ángel se lió con Louis. Ni siquiera sé cómo llegaron a conocerse exactamente aquellos dos seres solitarios, pero ya llevaban juntos seis años. Ángel necesitaba a Louis, y Louis, a su manera, también necesitaba a Ángel, pero a veces yo pensaba que el equilibrio de la relación dependía de Ángel. Hombres y hombres, hombres y mujeres, sea cual sea la combinación, al final una de las dos partes tiene unos sentimientos más profundos que la otra y, normalmente, es esa parte la que más sufre.
Resultó que no habían averiguado gran cosa de Stacey Byron. La policía vigilaba la casa por delante, pero Louis y Ángel, éste vestido con el único traje que tenía, habían entrado por detrás. Louis había mostrado fugazmente su carnet del gimnasio y su sonrisa al mismo tiempo que le explicaba a la señora Byron que sólo llevaban a cabo un registro de rutina en el jardín, y se pasaron una hora hablando con ella de su ex marido, sobre la frecuencia con que Louis hacía ejercicio, y al final sobre si se había acostado alguna vez con una mujer blanca. Fue en ese punto cuando Ángel empezó a indignarse.
– Dice que no lo ha visto desde hace cuatro meses -informó Louis-. Que la última vez que lo vio, apenas le contó nada, sólo se interesó por su salud y la de los niños y recogió ropa vieja del desván. Según parece, llevaba una bolsa de plástico de un supermercado de Opelousas y los federales han concentrado su búsqueda allí.
– ¿Sabe por qué lo buscan los federales?
– No. Le han dicho que quizás él podía facilitarles información sobre ciertos delitos sin resolver. Pero no es tonta, y le he contado un poco más para ver si mordía el anzuelo. Parece que a él siempre le ha interesado la medicina; por lo visto, en otro tiempo tuvo ambiciones de ser médico, aunque no tenía estudios ni para podar árboles.