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– ¿Le has preguntado si, en su opinión, era capaz de matar?

– No ha sido necesario. Según ha confesado, una vez la amenazó de muerte cuando discutían las condiciones del divorcio.

– ¿Recuerda qué le dijo?

Louis movió la cabeza una sola vez en un largo gesto de asentimiento.

– Ajá. Le dijo que le arrancaría la puta cara.

Ángel y Louis se separaron sin haber resuelto sus diferencias; Ángel se retiró a la habitación de Rachel mientras Louis se quedaba sentado en el balcón de la suya atento a los sonidos y olores de Nueva Orleans, no todos ellos agradables.

– Estaba pensando en salir a comer algo -comentó-. ¿Te apetece?

Me sorprendió. Supuse que quería hablar, pero yo nunca había estado con Louis sin que Ángel se encontrara presente.

Fui a ver cómo seguía Rachel. La cama estaba vacía y oí el agua de la ducha. Llamé suavemente a la puerta.

– Está abierto -contestó ella.

Cuando entré, se había tapado con la cortina de la ducha.

– Te favorece -dije-. Este año se lleva el plástico trasparente.

El sueño le había servido de poco. Aún tenía ojeras y se la veía nerviosa. Intentó sonreír sin convicción, pero fue más una mueca de dolor que otra cosa.

– ¿Te apetece salir a comer?

– No tengo hambre. Voy a trabajar un rato. Luego me tomaré un par de somníferos y trataré de dormir sin soñar.

Le dije que Louis y yo íbamos a salir y después fui a comunicárselo a Ángel. Lo encontré hojeando las notas de Rachel. Señaló mi diagrama en la pared de la habitación.

– Hay muchos huecos.

– Me falta averiguar un par de detalles.

– Como quién lo hizo y por qué. -Me dirigió una sonrisa irónica.

– Sí, pero procuro no obsesionarme demasiado con cuestiones menores. ¿Estás bien?

Asintió con la cabeza.

– Creo que todo este asunto me está sacando de quicio, sólo eso. -Abarcó con un ademán las ilustraciones de la pared.

– Louis y yo vamos a salir a comer. ¿Vienes?

– No, sería un estorbo. Puedes quedarte con él.

– Mañana daré la mala noticia de mi despertar sexual a las modelos de Swimsuite Illustrated. Se les romperá el corazón. Cuida de Rachel, ¿quieres? Éste no ha sido uno de sus mejores días.

– Estaré en la habitación de al lado.

Louis y yo nos sentamos en la marisquería Felix, en la esquina de Bourbon con Iberville. No había demasiados turistas; en general, a éstos les atraía más la marisquería Acme, en la acera de enfrente, donde servían alubias rojas y un sabroso arroz en un recipiente que habían hecho ahuecando un pan, o un establecimiento más elegante del French Quarter como el Nola. El Felix era más corriente. A los turistas no les gusta mucho lo corriente. Al fin y al cabo, eso ya lo tienen en sus lugares de origen.

Louis pidió unas ostras y las roció con salsa picante, acompañadas de una cerveza Abita. Yo tomé patatas fritas y pollo, regados con agua mineral.

– El camarero piensa que eres un mariquita -comentó Louis mientras yo tomaba un sorbo de agua-. Si hubiera una compañía de ballet de visita en la ciudad, te abordaría para que le regalaras unas entradas.

– Ideas preconcebidas -contesté-. Tú confundes a la gente porque no te ajustas al estereotipo. Quizá deberías ser más amanerado.

Hizo una mueca y levantó la mano para pedir otra Abita. Llegó al instante. El camarero se las arreglaba perfectamente para que no nos faltara de nada sin tener que pasar más tiempo del imprescindible cerca de nuestra mesa. Otros comensales optaban por tomar la ruta panorámica para llegar a sus mesas con tal de no pasar demasiado cerca de nosotros, y aquellos que se veían obligados a ocupar las mesas contiguas parecían comer un poco más deprisa que los demás. Louis ejercía ese efecto en la gente. Parecía tener alrededor una aureola de violencia potencial, y algo más: si esa violencia estallara, no sería la primera vez.

– En cuanto a tu amigo Woolrich -dijo mientras se bebía media Abita de un solo trago-. ¿Te merece confianza?

– No lo sé. Va por libre.

– Es del FBI. Todos los federales van por libre. -Me observó por encima de la botella-. Me parece que si estuvieras escalando una roca con tu amigo, resbalaras y te quedaras colgando de un extremo de la cuerda con él en el otro extremo, él cortaría la cuerda.

– Eres un cínico.

Hizo otra mueca.

– Si los muertos hablaran, llamarían realistas a todos los cínicos.

– Si los muertos hablaran, nos aconsejarían que disfrutáramos más del sexo ahora que podemos. -Tomé una patata frita-. ¿Tienen algo contra ti los federales?

– Sospechas, quizá; nada más. No es ahí adonde quería llegar.

Me miraba sin pestañear y en sus ojos se advertía una extrema frialdad. Me parece que si hubiera creído que Woolrich le seguía los pasos, lo habría matado sin pensárselo dos veces.

– ¿Por qué nos está ayudando Woolrich? -dijo por fin.

– También yo me lo he preguntado -contesté-. No estoy seguro. En parte podría ser porque comprende mi necesidad de permanecer en contacto con lo que ocurre. Si me facilita información, puede controlar mi grado de implicación.

Pero yo sabía que no se reducía sólo a eso. Louis tenía razón. Woolrich iba por libre. Había en su interior abismos que yo sólo vislumbraba muy rara vez, como cuando la superficie del mar muestra colores diferentes y se insinúan los abruptos declives y los espacios abisales del fondo. En algunos aspectos era un hombre de trato difíciclass="underline" era él quien ponía las condiciones de nuestra amistad, y, desde que lo conocía, a veces pasaba meses sin saber nada de él. Compensaba esa actitud con una extraña lealtad, una sensación de que, incluso cuando se ausentaba de la vida de uno, nunca olvidaba a las personas cercanas a él.

Pero, como federal, Woolrich jugaba fuerte. Había ascendido a agente especial con rango de subjefe haciendo méritos, vinculando su nombre a operaciones de alto nivel y cortando el paso a otros agentes cuando se interponían en su camino. Era en extremo ambicioso y quizá veía en el Viajante una manera de alcanzar cimas más altas: jefe de delegación, subdirector, adjunto a la dirección, quizás incluso podía llegar a ser el primer agente designado de manera directa al cargo de director. Sobrellevaba una gran presión, pero si Woolrich conseguía poner fin al Viajante, se aseguraría un futuro brillante y poderoso en el FBI.

Yo tenía un papel que desempeñar en aquello; Woolrich lo sabía y le atribuía la importancia necesaria para utilizar la amistad que existía entre nosotros con el propósito de poner fin a lo que estaba ocurriendo.

– Sospecho que me usa como cebo -dije por fin-. Y él sostiene el sedal.

– ¿Cuánta información crees que nos oculta? -Louis terminó la cerveza y se relamió satisfecho.

– Es como un iceberg -contesté-. Sólo vemos el diez por ciento sobre la superficie. Los federales no comparten con la policía local lo que saben, sea lo que sea, y Woolrich desde luego no lo comparte con nosotros. Aquí pasa algo más, y sólo Woolrich y quizás unos cuantos federales están enterados. ¿Juegas al ajedrez?

– A mi manera -contestó con parquedad.

Por alguna razón imaginé que esa manera no incluía el tablero tradicional.

– Este asunto es como una partida de ajedrez -proseguí-. Excepto que sólo vemos el movimiento del otro jugador cuando roba una de nuestras piezas. El resto del tiempo es como jugar a oscuras.

Louis levantó el dedo para pedir la cuenta. El camarero puso cara de alivio.

– ¿Y nuestro señor Byron?

Me encogí de hombros. Sentía una extraña distancia con respecto a lo que ocurría, en parte porque estábamos en la periferia de la investigación, pero en parte también porque yo necesitaba esa distancia para pensar. En cierto modo, lo ocurrido esa tarde con Rachel, y lo que ello implicaba en cuanto a mis sentimientos de dolor y pérdida por Susan, había originado de alguna manera esa distancia.