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– No lo sé. -Acabábamos de empezar a construir el retrato de Byron, como una figura en el centro de un rompecabezas en torno a la cual podían encajarse otras piezas-. Ya llegaremos a él. En primer lugar, quiero averiguar qué vio Remarr la noche en que murieron Tan-te Marie y Tee Jean. Y quiero saber por qué David Fontenot estaba solo en Honey Island.

No cabía duda de que Lionel Fontenot arremetería contra Joe Bones. Éste también lo sabía, y por eso se había arriesgado a atacar en Metairie. En cuanto Lionel regresara a su complejo residencial, ya no estaría al alcance de los hombres de Joe Bones. El siguiente paso correspondía a Lionel.

Llegó la cuenta. Pagué y Louis dejó una propina de veinte dólares con un intencionado exceso de generosidad. El camarero miró el billete como si la imagen de Andrew Jackson fuera a morderle el dedo cuando intentara cogerlo de la mesa.

– Me parece que vamos a tener que hablar con Lionel Fontenot -dije mientras salíamos-. Y con Joe Bones.

Louis sonrió abiertamente.

– A Joe no le va a entusiasmar la idea de hablar contigo, por la manera como intentó liquidarte su esbirro.

– Eso ya lo supongo -contesté-. Quizá Lionel Fontenot nos eche una mano.

Regresamos al Flaisance. Las calles de Nueva Orleans no son las más seguras del mundo, pero yo dudaba de que alguien fuera a importunarnos.

No me equivocaba.

42

A la mañana siguiente me levanté tarde. Rachel se había ido a dormir a su habitación. Cuando llamé a la puerta, tenía la voz ronca por el cansancio. Me dijo que quería quedarse en la cama un rato más, y que cuando se encontrara mejor iría otra vez a Loyola. Pedí a Ángel y a Louis que cuidaran de ella y me marché del Flaisance en coche.

El incidente de Metairie me inquietaba, y la perspectiva de encontrarme otra vez ante Joe Bones no me atraía. Sentía asimismo una opresiva sensación de culpabilidad por lo que había pasado con Rachel, por el lío en que la había metido y por lo que la había obligado a hacer. Necesitaba salir de Nueva Orleans al menos durante un rato. Quería despejarme la cabeza, tratar de ver la situación desde un ángulo distinto. Tomé un tazón de caldo de pollo en la Gumbo Shop de St. Peter y luego abandoné la ciudad.

Morphy vivía a unos siete kilómetros de Cecilia, a unos cuantos kilómetros al noroeste de Lafayette. Había comprado una casa de una antigua plantación junto a un riachuelo y la estaba reformando, se trataba de una versión económica de las clásicas mansiones de Louisiana construidas a finales del siglo XIX, con una mezcla de influencias arquitectónicas de la Francia colonial, las Indias Occidentales y Europa.

La casa ofrecía un extraño espectáculo. El principal espacio de la vivienda se alzaba sobre un sótano por encima del nivel del suelo que en otro tiempo había servido para almacenamiento y como protección contra las inundaciones. Esa parte de la casa era de obra vista, y Morphy había revestido las aberturas en arco con lo que parecían marcos labrados a mano. El espacio destinado a vivienda, que normalmente habría estado recubierto de madera o rebozado de yeso, era de listones. Un tejado de dos aguas, con parte de las tejas nuevas, se extendía sobre la galería.

Había telefoneado a Angie y le había anunciado que iba de camino. Morphy acababa de volver a casa cuando llegué. Lo encontré en el jardín trasero levantando unas pesas de cien kilos tendido en un banco.

– ¿Qué te parece la casa? -preguntó cuando me acercaba, sin parar de hacer ejercicio.

– Es fantástica. Da la impresión de que aún te queda mucho por reformar para acabarla.

Gruñó por el esfuerzo de la última repetición y yo lo ayudé a colocar la barra en el soporte. Se levantó e hizo unos estiramientos. A continuación contempló la parte de atrás de la casa con admiración apenas disimulada.

– La construyó un francés en 1888 -explicó-. Sabía lo que hacía. Está orientada en dirección este-oeste y la fachada principal da al sur. -Señaló las líneas del edificio mientras hablaba-. La diseñó tal como los europeos diseñaban sus casas, de manera que en invierno el sol, en su ángulo inferior, calentara el edificio. En verano el sol sólo lo iluminaba a primera hora de la mañana y a última de la tarde. La mayoría de las casas americanas no se construyen así; simplemente las plantan donde les apetece, lanzan un palo al aire y ven donde cae. El bajo coste de la energía nos tenía mal acostumbrados. De pronto vinieron los árabes y subieron los precios del petróleo y la gente empezó a replantearse la disposición de las casas. -Sonrió-. Aunque no sé de qué demonios sirve aquí una casa con orientación este-oeste. En cualquier caso, el sol pega todo el santo día.

Cuando acabó de ducharse, nos sentamos a la mesa en la cocina y hablamos mientras Angie guisaba. Angie, una mujer esbelta y de piel oscura, con una melena de color caoba que le caía por la espalda, medía casi treinta centímetros menos que su marido. Era profesora de enseñanza primaria, y en su tiempo libre pintaba un poco. Sus lienzos, oscuros cuadros impresionistas centrados en el agua y el cielo, adornaban las paredes de la casa.

Morphy bebió una cerveza Breaux Bridge, y yo un refresco. Angie se tomó una copa de vino blanco mientras hacía la comida. Cortó cuatro pechugas de pollo en unos dieciséis trozos y los dejó a un lado mientras se disponía a preparar el roux.

El gumbo cajún se elabora con roux, una salsa espesante, como base. Angie echó aceite de cacahuete en una sartén de hierro fundido puesta sobre un fuego vivo, añadió igual cantidad de harina y lo removió continuamente con un batidor para que no se quemara; gradualmente el roux pasó de amarillo claro a beige, luego a color caoba y al final a chocolate oscuro. En ese punto lo retiró del fuego y dejó que se enfriara sin parar de revolver.

Observados por Morphy, la ayudé a cortar los tres ingredientes básicos, cebolla, pimiento y apio, y miré cómo los rehogaba en aceite. Añadió un aliño de tomillo y orégano, paprika y cayena, cebolla y sal de ajo, y luego echó gruesos trozos de chorizo. Agregó el pollo y más especias, y el aroma fue impregnando el aire. Al cabo de media hora sirvió arroz blanco con un cucharón y vertió encima el delicioso gumbo. Comimos en silencio, saboreando cada bocado.

Cuando terminamos de lavar y secar los platos, Angie se despidió y fue a acostarse. Morphy y yo nos quedamos en la cocina. Le hablé de Raymond Aguillard y de que éste estaba convencido de haber visto la figura de una chica en Honey Island. Le hablé de los sueños de Tante Marie y de mi presentimiento de que, de algún modo, la muerte de David Fontenot en Honey Island podía guardar relación con la chica.

Morphy permaneció callado durante un largo rato. No se rió con desdén de las visiones de fantasmas, ni de que la anciana tuviera el convencimiento de que las voces que oía eran reales. En lugar de eso, se limitó a preguntar:

– ¿Estás seguro de que sabes dónde está ese sitio?

Asentí con la cabeza.

– En ese caso lo intentaremos. Mañana tengo fiesta, así que mejor que te quedes aquí a dormir. Hay una habitación libre.

Telefoneé a Rachel al Flaisance y le conté lo que me proponía hacer al día siguiente y en qué parte de Honey Island estaríamos. Dijo que se lo comunicaría a Ángel y a Louis, y que se encontraba un poco mejor después de haber dormido. Recuperarse de la muerte del hombre de Joe Bones iba a costarle mucho tiempo.

Era temprano, alrededor de las siete menos diez, cuando nos preparamos para salir. Morphy calzaba unas pesadas botas de trabajo Caterpillar con puntera de acero, unos vaqueros viejos y una sudadera sin mangas sobre una camiseta de manga larga. La sudadera estaba salpicada de pintura y los vaqueros manchados de alquitrán. Llevaba la cabeza recién afeitada y olía a loción de hamamélide de Virginia.