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– Es el momento de trasladarse al comedor. Ahora, apáñense y déjenles ir delante, luego podrán saludarles en la puerta y todos podremos charlar y divertirnos durante el banquete.

Francesca le dedicó una mirada agradecida. El brazo de Chillingworth apareció delante de ella, y lo tomó, conservando su máscara de novia radiante de dicha mientras recibían los beneplácitos y felicitaciones todo a lo largo del pasillo.

Una vez fuera de la capilla, su sonrisa se evaporó. Antes de que pudiera volverse hacia Gyles, él la agarró de la mano.

– Por aquí.

Tuvo que recogerse las faldas y correr para seguir el ritmo de sus zancadas. Iba cortando pasillos, bajando escaleras, dando la vuelta a esquinas, llevándola lejos de sus invitados, lejos de los salones de recepción. En ningún momento aflojó el paso. De pronto, estaban corriendo por un pasillo estrecho y poco iluminado… Ella pensó que de la planta baja. La puerta del fondo estaba cerrada.

Francesca estaba a punto de plantarse y exigirle que le dijera adonde la llevaba cuando, justo delante de la puerta, Chillingworth frenó en seco, le dio la vuelta y la puso contra la pared.

Sintió el frío de la piedra en la espalda, sintió el calor del cuerpo de su marido delante, a su alrededor. Aspiró hondo al inclinarse él, acercándosele, encerrándola. Captó su mirada y se la sostuvo.

Gyles fue consciente de que ambos respiraban aceleradamente. El pulso que latía en la base de la garganta de Francesca apelaba a sus sentidos, pero no retiró la vista de sus ojos.

Si hubiera tratado de cualquier otra mujer, habría explotado su vínculo sexual para turbarla, para ponerse con ventaja.

Con ella, no se atrevía.

Había demasiado entre ellos, aun ahora, aun allí. Era un aliento ardiente que acariciaba la piel, algo casi palpable, la conciencia de un pecado tan viejo como el mundo.

Contaban con escasos minutos, y él no tenía ni idea de cuáles eran las intenciones de ella, si iba a seguir interpretando la escena hasta el final o estallaría a la mitad.

– Franni…

La pura furia que inflamó sus ojos, que la inflamó entera, le hizo callar.

– Yo no soy Franni.

Cada palabra, cuidadosamente pronunciada, era una bofetada.

– Sois Francesca Hermione Rawlings. -Más le valía, o le retorcería el cuello.

Ella asintió.

– Y mi prima, la hija de Charles, es Francés Mary Rawlings. Conocida por todos como Franni.

– ¿La hija de Charles? -La niebla empezó a disiparse-. ¿Por qué demonios le pusieron un nombre tan parecido al vuestro?

– Nacimos con unas semanas de diferencia, yo en Italia, Franni en Hampshire, y a las dos nos pusieron el nombre por nuestro abuelo paterno.

– ¿Francis Rawlings?

Ella asintió de nuevo.

– Ahora que hemos aclarado eso, tengo unas cuantas preguntas. ¿Conocisteis a Franni cuando visitasteis la mansión Rawlings?

Él vaciló.

– Dimos un par de paseos.

Ella inspiró; sus pechos se elevaron.

– ¿En algún momento le dijisteis algo que llevara a Franni a creer que estabais pensando en hacer una oferta por ella?

– No.

– ¿No? -Lo miró agrandando los ojos-. ¿Vinisteis a la mansión Rawlings a buscar una novia dócil, pensasteis que la habías encontrado, os paseasteis con ella dos veces…, y no le dijisteis nada…, ni una pista siquiera de cuáles eran vuestras intenciones?

– No. -El genio de Gyles estaba tan cerca de estallar como el de ella-. No sé si recordáis que insistí en atenernos a la más rígida y distante formalidad. Habría sido contraproducente para mis planes cortejar a vuestra prima aunque fuera de la forma más superficial.

Notaba que ella no sabía si creerle o no. Exhaló entre dientes.

– Juro por mi honor que nunca dije ni hice nada que le diera la menor razón para imaginar que tenía ningún interés en ella en absoluto.

Ella vaciló; luego inclinó rígidamente la cabeza.

– ¿Visteis qué le pasó? No estaba en la capilla cuando nos fuimos, pero yo no la vi marcharse.

No estaba seguro de qué estaba pasando.

– Sólo la vi un instante, justo antes de que llegarais junto a mí. Me reconoció, y parecía conmocionada. Estaba con una dama de más edad.

– Ester… La cuñada de Charles, y tía de Franni. Vive con ellos.

– No vi a ninguna de las dos más tarde. Debieron marcharse cuando todo el mundo se arremolinaba a nuestro alrededor.

Francesca hizo un mohín.

– Charles no parecía preocupado…

Su mirada se tornó ausente. Gyles se preguntó por qué parecía antes tan segura de que le hubiera hablado a su prima de su oferta. ¿Pensaba acaso que le hacía concebir ilusiones? Pero ella había sabido en todo momento…

Necesitaba más tiempo, mucho más tiempo para aclarar quién había sabido qué.

Les llegaron voces desde el otro lado de la puerta.

Él se enderezó.

– Están requiriendo nuestra presencia. -Tomándola de la mano, abrió la puerta y entró al salón situado justo antes del comedor formal.

– ¡Allí están!

Los invitados y la familia, que habían llegado y descubierto que no estaban donde se suponía que estarían, se volvieron hacia ellos y todos a la vez les dedicaron una amplia sonrisa.

Francesca sabía qué estaban pensando. Su rubor no hacía más que reforzar la impresión que creaban su marido y la sonrisita de suficiencia de sus hermosos labios.

– Sólo un pequeño rodeo para enseñarle a Francesca algo más de sus nuevos dominios.

La multitud rió y se abrió en dos para hacerles paso. Mientras caminaban juntos para encabezar la entrada en el comedor principal, al festín dispuesto en su honor, Francesca oyó numerosas alusiones procaces sobre la parte de sus dominios con que se habría estado familiarizando.

Tales comentarios no contribuyeron a mejorar su humor, pero supo disimular su contrariedad, sus sentimientos. Ninguno de los invitados, ni ningún miembro de sus respectivas familias, pudo detectar indicio alguno de lo que bullía bajo su incólume fachada de felicidad.

Chillingworth y ella, la pareja perfecta el uno al lado del otro, fueron saludando a sus invitados conforme entraban al salón. Charles lo hizo entre los primeros; estrechó la mano a Gyles y luego la abrazó a ella calurosamente y la besó en la mejilla.

– Me siento tan feliz por ti, querida…

– Y yo tengo tanto que agradecerte… -Francesca le apretó las manos-. ¿Y Franni?

La sonrisa de Charles se marchitó un poco.

– Me temo que tanta excitación resultó excesiva, como preveíamos. -Miró a Gyles, que escuchaba atentamente-. Franni no es fuerte, y la excitación a veces la supera. -Se volvió de nuevo a Francesca-. Ester está con ella en estos momentos, pero se unirá a nosotros más tarde. Franni está sólo un poco desorientada… Ya sabes cómo se pone.

Francesca no lo sabía, de hecho, pero no podía seguir hablando con Charles. Con una sonrisa de comprensión, le soltó la mano, y él pasó al comedor mientras el siguiente invitado ocupaba su lugar.

Un caballero alto y desgarbado, a todas luces otro Rawlings, sacudió la mano de Gyles y sonrió rebosante de satisfacción.

– ¡Fantástico, primo! ¡No sé cómo darte las gracias! Menudo peso me has quitado de encima, te lo digo yo. -El caballero, que vestía una casaca que no le estaba bien, un chaleco oscuro y deslucido y un fular lacio y caído, aparentaba algunos años menos que Chillingworth.

Gyles se volvió a Francesca.

– Permitidme que os presente a mi primo, Osbert Rawlings. Hoy por hoy, Osbert es mi heredero.

– ¡Sólo de momento…, ja, ja! -Osbert se volvió hacia ella, radiante, e inmediatamente se dio cuenta de lo que había dicho-. Bueno, quiero decir… O sea, no es que…

Se fue poniendo progresivamente rojo como una remolacha.

Francesca lanzó una mirada relampagueante a Chillingworth, y a continuación sonrió radiante a Osbert, tomando la flácida mano que le había tendido y que había quedado colgando en el aire.